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Y justo cuando la lucha moral, el dilema, el choque de aguas empezaron a resolverse en favor del olvido, del «Ingrid deja ya todo esto y concéntrate en tus hoteles en tu familia, en follarte a tu marido y en disfrutar de tus amigos, y, por Dios santo, olvídate de eso de todo eso, de ellas, que ya se ha terminado, y vive un poco», justo cuando la redención y la calma se asentaban sobre su vida, justo cuando la bisagra que llevaba a Ingrid de la angustia a la liberación ansiada y merecida, ocurrió.
Otra vez. Y empezó como siempre: con una llamada de teléfono. Era una tibia mañana de marzo.
—¿Sí? —contestó Ingrid, que estaba a punto de marcharse a la oficina del Odysseus.
Pero al otro lado, lo único que se escuchaba era una respiración seca y sibilante, tranquila, un murmullo pulmonar que parecía provenir de una era prehistórica anterior al desarrollo del lenguaje.
—¿Sí? ¿Diga? —Silencio, respiración—. ¿Hola?
Como la mente de Ingrid ya había progresado a un nuevo estado, más tranquilo e inocente, al principio contempló la posibilidad de que fuera un fallo técnico del teléfono, una broma incluso, pero cuando ya pensaba en colgar ante el mutismo de aquel ser meramente respiratorio que había al otro lado de la línea y en continuar trabajando un rato antes de marcharse al Odysseus, un ladrido ronco, canino, voraz e inconfundible estalló tras la boca que respiraba en su oído, e Ingrid notó cómo su costado se activaba, cómo volvía a segregar ácido, cómo una aguja caliente y fantasmal se clavaba en sus costillas hasta colonizar la oscura cavidad de sus entrañas.
Otros ladridos salvajes replicaron la llamada inicial, e Ingrid sintió de nuevo aquel miedo visceral y atávico. Los perros. Ellas.
Colgó.
Esa misma tarde, asolada de nuevo por pensamientos febriles sobre maldiciones, masas negras de perros aglutinados, manos espectrales y pinchazos envenenados, aprovechando que los niños estaban en casas de amigos y que Nora había cobrado la pensión, lo que conllevaba una visita al bingo Europa junto a su amiga Ana, Ingrid sentó a Gabriel en el Rincón, abrió dos botellines de cerveza Alhambra y le contó lo del pinchazo.
Gabriel la escuchó con atención; quizá —según Ingrid intuía— también con cierto aire de incredulidad.
—Entonces, siempre que aparecen o interaccionas con ellas, se te activa.
—Siempre. Es como un recordatorio, como una huella.
Gabriel la miró con compasión.
—Pero, amor…, eso fue hace dos años. ¿Qué sustancia podría permanecer dos años ahí? Y con la cantidad de pruebas que te han hecho. La de medicación que has tomado.
—No lo sé, cielo, pero el caso es que…
—Mira, Ingrid, es que justamente ahí, en el pecho, has tenido la enfermedad. Te han mirado esa zona con lupa, te han hecho resonancias, tacs, yo qué sé. De todo. ¿No crees que habrían visto algo irregular si realmente tuvieses ahí lo que sea que te hubieran… inoculado?
—Entonces, ¿qué piensas?
Gabriel puso una cara que Ingrid conocía muy bien, un gesto de «pienso algo que no te va a gustar escuchar», así que Ingrid insistió:
—¿Qué? ¿Qué piensas?
—Cariño, creo que es posible que sea algo…
somático. No sé, que simplemente ella te rozase con algo al intentar levantarla, o que te pinchases accidentalmente con lo que sea, algo así, no sé.
Todo fue muy confuso aquella noche, y puede que hayas asociado ese episodio a ellas.
Y tú misma, de manera inconsciente… pues… lo activas.
Ingrid miraba a Gabriel sin expresión.
—Es que no hay muchas explicaciones, cariño. No me mires así… Han pasado dos años, te han hecho pruebas. No puede haber nada.
—Gabriel, no me pinché accidentalmente.
—Vale, vale, perdona. Solo quería decir que aquella noche fue muy extraña, que todos estábamos confusos y nerviosos, que muchas veces, en esas circunstancias, nuestra percepción…
—Gabriel —cortó Ingrid—. No me estoy inventando nada.
—Mira —dijo Gabriel con aire más sereno, con tono de querer dar otra perspectiva a sus argumentos—. Las fábulas. Las fábulas suecas que les leíamos a los niños.
—¿Qué les pasa?
—Pues, cielo, les pasa que hablaban de eso.
Precisamente de eso. ¿Te acuerdas de la familia aquella de trols que se apoderaba de una familia humana?
—Ingrid no contestó—. Recuerda que los trols les podían hacer daño justo porque ellos, los humanos, creían en su poder de hacerles daño.
Ellos los habían creado. Al final, una de las niñas propuso la solución: destruirlos con su mente.
Cariño… todo esto de las maldiciones, los pinchazos, los hechizos…
solo existe porque tú quieres que exista.
—Pero, cielo, a mí me pincharon. Y me duele donde me pincharon. Y me maldijeron, y justo después me caí al suelo y…
—Ingrid, Ingrid. Calma. Otra de las fábulas. La del príncipe y la muñeca, ¿te acuerdas? —Ingrid asintió—. Creo que era una bruja o algo así. Ella condicionó a toda la familia para que pensara en algo, y ese algo precisamente los llevó a lo que querían evitar. ¿No te suena?
—Mira, Gabriel. No estoy para cuentos. Solo quería desahogarme un poco, y te agradezco tu intención, de verdad. Tengo rehabilitación, llego tarde.
Ingrid besó a Gabriel en la mejilla, se puso una chaqueta fina color crema y abrió la puerta dejando un poso a perfume floral en el salón. Justo antes de que se marchara, Gabriel le dijo:
—Cariño, no existe.
Pero no llegó a saber si Ingrid lo escuchó.
Cuatro días después, un sábado por la mañana, Ingrid arreglaba las macetas de los arriates —que necesitaban con urgencia una buena poda y abono— mientras todos los demás dormían.
Su taza de café, apoyada en el marco de la ventana, expulsaba volutas de humo blanquecino y cremoso, a juego con las nubes bajas que se habían acumulado tras el amanecer.
Ingrid escuchaba un programa de variedades de Radio Nacional con los auriculares puestos.
Por eso no pudo escuchar cierto rumor a su espalda.
Pero una de las veces que se giró en busca de la regadera notó cierta presencia tras la verja trasera, un bulto.
Algo. Alguien. Se giró despacio, como quien no quiere hacer ruido en una casa donde todos duermen.
Y allí estaban. En silencio, como dos figuras de atrezo de un museo antropológico, quietas, mirándola, contemplando cada paso que daba.
Katja estaba en primer plano, Elina un poco detrás.
Lo primero que Ingrid pudo articular fue un murmullo lejano, un susurro completamente impregnado en la más absoluta incredulidad:
—No…
Ellas no hacían nada. La miraban. Miraban cómo la realidad de Ingrid volcaba y se convertía en un mundo de coordenadas rotas, mientras ella seguía murmurando, cada vez en un tono más alto.
Pero no les hablaba a las suecas; tampoco se hablaba a sí misma.
Era imposible conocer el destinatario de aquellos susurros aterrados que Ingrid pronunciaba mirando sin querer mirar a aquellas dos estatuas pasmadas:
—No, no, no…
Katja sonrió. Su jersey amarillo se había descuadrado y mostraba el arco de la clavícula derecha. Miró a Ingrid a los ojos y, muy despacio, agachó la cabeza y escupió al suelo. El salivazo —enorme, denso, espumoso— emitió un sonido líquido al impactar contra la acera. Fue Elina la que dijo:
— Förbannad .
Y Katja repitió:
— Förbannad .
Y el costado de Ingrid, activado por el negro revés de la memoria, explotó en un golpe de rubor ácido que se ramificó por su torso, por sus senos y por su barriga con tanta violencia que tuvo que agacharse, sostenerse la tripa como las dos veces que rompió aguas, claudicar ante una versión torcida de la realidad.
Ellas sonrieron con cinismo, se dieron la vuelta y se marcharon calle abajo como dos espectros flotantes.
Ingrid caminó hacia la entrada, toda impregnada en aquel picor nervioso que le brotaba del pecho, pero ya no alcanzó a verlas.
Abrió la reja y miró al suelo. Allí estaba el salivazo de Katja, aún con los bordes burbujeantes, y bajo él, dibujadas con tiza amarilla, unas piernas.
Sin cuerpo. Simplemente dos piernas amputadas que Ingrid miraba mientras continuaba con su letanía susurrante:
—No, no, no…
Al día siguiente, cuando volvieron, Ingrid estaba en la cocina.
Era aún más temprano, el cielo mostraba la tintura rosácea de la aurora, y mientras preparaba el café, las vio desde la ventana de la cocina.
El pinchazo, ya dormido desde la tarde anterior, se activó de inmediato.
Katja sacó una tiza amarilla y se agachó.
Ingrid apagó el fuego de la cafetera, se cerró la bata y salió al porche.
Ellas la miraron y sonrieron, e Ingrid notó en ese preciso momento cómo su cordura empezaba a desvanecerse.
A medida que la cónsul se acercaba, Katja se fue incorporando hasta ponerse de pie.
Ingrid se plantó delante de ellas, con la reja de por medio, abrumada por un odio y una compasión que en su interior habían colisionado como dos galaxias cercanas que habían generado un marasmo tan luminoso que todo su pensamiento se hallaba cegado por completo.
Apenas unos centímetros las separaban. Ingrid no pudo disimular un rostro de sufrimiento cuando dijo:
—Sé lo que os pasó. De niñas.
Pero ellas mantuvieron la mueca sonriente, el gesto inexpresivo de vaca.
—Os comprendo —continuó Ingrid en un tono que ya era de súplica—. De verdad, os comprendo. —Silencio, sonrisa—. Por favor, dejadme. Por favor os lo pido. —Ingrid agarró un barrote de la reja, su voz ya estaba quebrada, sus ojos levemente húmedos—. Por favor.
Katja miró a Ingrid y sonrió echando el aire por la nariz. Después miró al suelo, a las piernas que nuevamente había dibujado, y escupió. Levantó la cabeza y dijo:
— Förbannad .
Dio un paso atrás para que Elina se acercara. Ingrid lloraba, musitaba monosílabos que se extraviaban en el curso de la mañana templada. Elina también escupió. Y también le dijo a Ingrid, mirándola a los ojos:
— Förbannad .