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Ingrid lo recordaría después, mucho tiempo después, como un vaivén: olas que alzan y hacen descender un barco ingobernable, la oscilación nerviosa de un día caótico en la bolsa de Nueva York, el electrocardiograma de un piloto de rally recién accidentado…
Muchas son las imágenes posibles para narrar el inicio de aquella primavera en la que Ingrid vivió un desequilibrio emocional que le resultó —si no, no podría llamarse un desequilibrio— horroroso, desconcertante, turbio y emocionante a partes iguales.
La publicación de la sentencia se mezcló con la dureza de la rehabilitación y las secuelas en sus pulmones para hacer de Ingrid una especie de roedor asustado, siempre en su madriguera, esperando la llegada de la noche para salir a respirar un poco de aire y quizá alimentarse y cumplir con sus funciones vitales mínimas.
El golpe que la sumió en una tristeza aguda y torrencial se lo propinó Klara Pålson, la misma Klara Pålson que se había plantado en Granada y que había agitado el avispero de La Umbría sin que la mano le temblase lo más mínimo hasta conseguir que Elina acabase en un juzgado.
La misma Klara Pålson a la que Ingrid le pidió explicaciones por teléfono cuando la cónsul general la llamó para preguntar por su recuperación.
Ingrid, sincera y sin rodeos, le preguntó lo que todo el mundo había pensado en cuanto se conoció la sentencia, pero que nadie se había planteado seriamente porque el caso pasó al olvido como un ramo de flores marchitas:
—¿Me puedes explicar por qué Suecia no se ha presentado como acusación?
—Verás, Ingrid, no es tan sencill…
—¿Cómo que no? Es sencillísimo, Klara. Una mujer, cuyo padre ha muerto en circunstancias…
Bueno, eso lo obviamos. Que ha muerto, ya está.
Una mujer que ha estafado muchos millones de coronas a nuestro país, que se ha demostrado en un juzgado y que está identificada…
¿Y el gobierno no denuncia esa estafa? ¿Sabes la imagen que estamos dando?
La cónsul general no mostró un mínimo atisbo de irritación o de tensión, y ante el alegato nervioso de Ingrid, que estaba cerca de destrozar el cable espiral del teléfono, se limitó a argumentar en tono tibio:
—No es mi competencia, Ingrid. Y tampoco sé de quién es. Pero la orden, haya venido de donde haya venido, ha sido clara: dejarlo pasar.
Ingrid no dijo nada. Respiró con agitación y con dificultad a causa de las secuelas que aún arrastraba de la tuberculosis y dejó pasar unos segundos que establecieron una tirantez sorda en el silencio eléctrico la línea.
—No lo entiendo, Klara. Y como afectada, me indigna que, en calidad de país, nos comportemos así. Nuestro deber es ayudar a los ciudadanos suecos, tratarlos con respeto e igualdad, nuestro deber es…
—Los billetes.
—Perdona, ¿qué?
—Los billetes de avión, ¿te acuerdas?
—Qué… ¿qué billetes?
—En octubre del año dos mil, solicitaste dos billetes de avión con carácter urgente.
Un favor personal. Exteriores te los proporcionó el mismo día, para volar al día siguiente.
Ida y vuelta. Quiero que sepas una cosa: para que tú pudieras viajar y atender con rapidez a tu madre, una familia fue desalojada, Ingrid.
—¿Y qué me quieres decir con eso, Klara?
—Que el gobierno está para ayudar a los ciudadanos suecos, tú lo has dicho.
Y el caso es que tú fuiste ayudada. Pero hay veces en las que deben tomarse decisiones, Ingrid.
Se tomó una decisión contigo, y se ha tomado una decisión con ella.
Y, como te he dicho, yo no he tenido aquí nada que ver.
Pero te traslado la forma de pensar de quienes sí toman las decisiones.
—Ya —dijo Ingrid con aire sarcástico—.
Ya veo. Pero ¿sabes qué ocurre, Klara? Que, a diferencia de ella, yo no he cometido ningún delito.
Y lo que más me jode de todo esto, Klara, es que estas palabras y este argumento mafioso venga de ti, que removiste cielo y tierra buscando justicia.
Te creía más… honesta. Más fiel a lo que representas.
Al otro lado del teléfono, la cónsul general no se inmutó ante el afilado alegato de Ingrid. Se mantuvo serena y se limitó a replicar:
—Es el mal menor, Ingrid —y repitió con aire triste—: El mal menor.
—Entiendo —fue lo último que dijo Ingrid.
Ingrid y Klara Pålson solamente hablaron una vez más. Fue en junio de ese mismo año, cuando Ingrid le presentó su renuncia al cargo. Pero eso es algo que no forma parte de esta historia.
Al miedo insomne de roedor atenazado le siguió la indignación.
A raíz de la conversación con la cónsul general, Ingrid pasó un par de semanas rabiando por los pasillos, mirando en los recortes de periódico las fotos de la casa de La Umbría, la cara de niña lenta de Elina en el juzgado, la finca acordonada por agentes, y, al ver todo aquello, sentía cómo el manantial de su ira desbordaba oleadas de un furor que la desgarraba, la inflamaba, la convertía en alguien que únicamente veía el mundo a través de un filtro de amargura insoportable.
E imaginaba a Katja y a Elina continuando con su vida como si nada hubiese ocurrido, haciendo fiestas, esnifando cocaína, dándoles whisky a los perros y dejándose bajar las bragas por albañiles sudorosos y embrutecidos.
Pero todo aquel torrente de rabia se disipó un martes de mediados de marzo, cuando el timbre de la casa sonó y tras la puerta apareció, con cierto aire de estatua trágica, la sargento de la Policía Judicial María Infante, quien se presentó, se sentó, sacó una pelota antiestrés que imitaba la cabeza colorada de Elmo, rechazó una bebida y, de una forma directa, como alguien que sin previo aviso da una bofetada, le dijo a Ingrid:
—He venido a disculparme porque te olvidamos por completo en la investigación. Ni siquiera hablamos contigo, y probablemente tenías algo que decir. Además, he pensado que necesitabas saber lo que pasó con esas niñas.
Esas fueron las primeras palabras de aquella conversación que empezó con el sol iniciando su descenso a otro hemisferio y terminó con un cielo completamente sanguíneo y oscuro, y con María diciendo mientras abrazaba a Ingrid:
—Tranquila, Ingrid. Ya está. Ya está. No llores más.
Pero en ella se había producido una explosión emocional que culminaba dos años de sufrimiento, de angustia, de preocupación y de obsesión por esas mujeres a las que María les había otorgado algo que Ingrid necesitaba: una motivación.
Cuando se tranquilizó, no sabía cómo dar las gracias a la sargento.
Lo hizo tantas veces y de tantas formas que María llegó a sentirse ligeramente incómoda.
Cuando María se marchó, dejando un leve rastro de perfume cítrico, Ingrid se quedó absorta mirando por la ventana, contemplando las últimas luces de la tarde, el pueblo que emitía un resplandor gaseoso.
Se sentía triste, difuminada en el aire raro y silencioso de la casa, sentada en el mismo sillón en el que Elina decía sin cesar aquellas dos palabras que aún perturbaban y martirizaban su mente como una letanía de muertos alzados en el Monte de las Ánimas: «Destino, destino».
Ingrid habló con Gabriel y con Nora, que la invitaron a olvidar todo aquello apoyándose en la historia triste que María le había contado y que Gabriel remató con una conclusión que parecía ser una especie de cita literaria o filosófica:
—El grado sumo del saber es contemplar el porqué.
Y ahí empezó de nuevo la lucha. Una lucha interior en la que Ingrid se debatía entre el desprecio hacia Katja y Elina y la compasión, la misma compasión que ya había sido capaz de atisbar aquella Semana Santa y que se quebró tras el par de días que Ingrid no soportaba recordar —cristal sucio, whisky, pinchazo, coche—, una compasión que la llevaba a ver a Elina como una criatura a la que le han pegado tanto y con tanta intensidad que no había remedio posible para paliar mínimamente el destrozo de su triste interior devastado.
¿Era aquello realmente así? ¿O acaso tenía que olvidarse de toda esa misericordia y limitarse a juzgar a Katja y a Elina simplemente por la crueldad que habían mostrado con ella?
Cada vez que Ingrid, insomne, hastiada, humillada, pensaba en todo esto, el pinchazo de su costado volvía a activarse, a irradiar oleadas de calor y de picor y a emitir un bombeo ácido y venoso, como si la hubieran apuñalado estando anestesiada y el tajo, vertical y profundo, empezase a reclamar tras el letargo el papel que le correspondía en el mapa de su desolación.
En mitad de esta lucha interior, y con el objetivo de no bloquearse, dado que la rehabilitación pulmonar avanzaba más rápido de lo previsto, Ingrid tomó decisiones e instaló nuevas rutinas.
Por un lado, decidió darse unos meses para dejar en orden todo lo referente al consulado y presentar su renuncia antes del verano.
No quería seguir formando parte de aquello.
Por otro lado, habló con Berta para negociar de nuevo los términos laborales de los hoteles y volver al cincuenta-cincuenta.
Berta se alegró mucho, y ambas trabajaron juntas en la temporada turística del final de la primavera y de principios de verano, donde preveían una ocupación total de los tres hoteles.
Además, Ingrid empezó a sentir un ardor sexual completamente desaforado.
Cada noche, prácticamente sin excepción y sin saber qué le estaba ocurriendo, pensando que quizás podría ser una estrategia antiestrés que su cerebro estaba siguiendo de manera unilateral, se entregaba al sexo más violento y crudo que había practicado en su vida.
Cuando calculaba que los niños se habían dormido, se abalanzaba sobre Gabriel, al que prácticamente arrancaba la ropa, le lamía la boca, el cuello, el pecho, y le decía:
—Fóllame. Fóllame todo lo fuerte que puedas.