Una fábula sueca 36 #5
96%

36 #5

—Bueno, eso podría decirse que fue a través de mi mujer, pero vamos, la cosa fue que se fugaron.

Huyeron en cuanto tuvieron la oportunidad.

Era el año setenta y pico. Hans tuvo que ir inevitablemente a Finlandia a cerrar un negocio de maquinaria porque la granja empezaba a quedarse un poco atrás en temas de tecnología.

Así que Carmen le propuso que nos enviase a las niñas a Estocolmo.

Bueno, digo niñas, pero ya tenían dieciocho años.

Yo ya daba clases en la facultad, he sido profesor cuarenta años, y Carmen creo recordar que entonces estaba sin trabajo.

Así que Elina y Katja se vinieron a casa un par de semanas.

Allí coincidieron con Joaquín, un primo de Carmen que era torero o algo por el estilo.

El sinvergüenza con la cara más dura que he visto en mi vida.

Venía de vez en cuando, se corría cinco o seis juergas seguidas, nos sacaba algo de dinero y volvía a España.

Aun así, Carmen lo adoraba. Era la típica persona con ese encanto irresistible.

El caso es que los tres desaparecieron de un día para otro.

Yo me fui a trabajar y Carmen salió a hacer recados.

Cuando volvió, habían dejado una nota sobre la mesa de la cocina: «No nos busquéis».

Hans se enfadó muchísimo. De hecho, dejó de hablarme para siempre.

La nieve caía cada vez con más fuerza y Fredrik echó a andar en dirección a la granja.

María y Rasmus lo siguieron. Los tres iban encogidos sobre sí mismos y con las manos metidas en los bolsillos.

Los olmos, las vallas de madera cuarteada, los animales, los caminos, todo, absolutamente todo, se estaba cubriendo en silencio de un manto de espuma brillante, casi irreal.

Y Fredrik miraba el edificio amarillo como si contemplase un mundo que solamente él podía ver: ecos, sombras, voces, espectros que el tiempo ya había exorcizado.

—¿Esa es la granja de Hans?

—Esa es. Allí —Fredrik señaló un edificio medio en ruinas— tenía los animales. Y la casa amarilla era donde vivían. Allí estaban las niñas.

María se quedó mirando las ventanas con visillos y el tejado de color rojo inglés mientras la nieve crepitaba en su cabeza al caer sobre la capucha.

—Un tiempo después de que se fueran, me enteré de que el cabrón de Joaquín casó a Elina con un hindú o algo así; por lo visto, el tipo les pagó una buena pasta por los papeles.

Después se fueron a un pueblo de Sevilla, y ahí les perdí la pista.

No sé qué ocurrió en años; en décadas, mejor dicho.

Hasta que, hace no mucho, me encontré en Estocolmo con Erik, un amigo del pueblo con quien jugábamos de críos.

Nos metimos en un bar a tomar unas cervezas y me contó que a Hans le había dado un derrame cerebral, y que Elina había venido desde España a llevárselo a su casa.

Quienes la vieron contaron que estaba muy interesada en que se fuese con ella, a pesar de que el gobierno de aquí le daba algunas soluciones para internarlo en residencias suecas.

«Nadie mejor que yo para cuidarlo», le dijo a la mujer de Erik.

Y eso es todo lo que sé. Que se lo llevaron.

Para cuando Hans sufrió el derrame, su granja ya era una ruina, porque el peligro de poner en marcha la rueda del progreso es que ya no tienes más remedio que seguirle el ritmo.

No obstante, seguía siendo una de las personas más respetadas de toda esta comarca.

Y ya después de eso, lo único que sé es todo lo que ha salido en prensa.

Fredrik miró a María.

—¿Qué pensáis que ocurrió con él? —preguntó.

—Nosotros no pensamos —contestó María—. Buscamos pruebas y sacamos conclusiones a partir de esas pruebas. Pero cualquiera podría llegar a pensar que Elina y Katja se la devolvieron a tu hermano. Y bien devuelta, en mi opinión.

Fredrik miró al frente.

—Entiendo —dijo.

La nieve había cobrado tanta fuerza que tenían que moverse continuamente para que no los cubriese.

La conversación mostró signos de agotamiento, se llegó a ese momento en el que alguien suele dar las gracias por la asistencia a los demás y propone disolver la reunión.

Pero ahí permanecieron los tres, dando pasos cortos en torno a la granja que albergó la pesadilla de dos niñas abandonadas, de dos personas marcadas por la urgencia de la supervivencia extrema.

—Una cosa, Fredrik —dijo Rasmus.

Fredrik lo miró sin decir nada.

—¿Todos tus remordimientos son por no haber denunciado? Es que… no sé…

En cuanto Rasmus dijo aquel «no sé», Fredrik cambió por completo la cara.

Su rostro se volvió aún más lívido y sus ojos adquirieron esa consistencia acuosa que confiere el miedo.

No dijo nada, se limitó a alejarse de María y de Rasmus.

Tres, cuatro pasos inscritos en la nieve con pisadas fugaces.

De espaldas, apenas susurrando palabras que se llevó la ventisca, Fredrik musitó:

—Yo… yo… solo fue una vez, lo prometo. Solo fue una vez.

Habíamos bebido y ella creyó que yo era su padre.

Solo fue una vez y eran otros tiempos. Eran otros tiempos.

—Y, girándose hacia Rasmus y María, con los labios temblorosos y los ojos estallando en lágrimas que ya nacían medio congeladas, preguntó—: ¿Verdad?

Y ante el mutismo de los agentes, repitió, en un tono de súplica desesperada:

—¿Verdad?

A diferencia de lo que pueda pensarse, durante el trayecto de vuelta, María y Rasmus apenas hablaron.

Si sacaron conclusiones sobre el horror humano, sobre el machismo arraigado en las purulentas raíces del mundo o sobre la inocencia arrebatada, solamente fue en sus cabezas.

De vez en cuando, María abría levemente la boca para decir algo, pero callaba.

Nada salía de sus labios. Rasmus miraba al frente sin desviar la vista ni un instante.

A mitad de camino, cuando atravesaban una zona de árboles sin hojas, esqueletos del invierno, encendió la radio y sintonizó una emisora de música clásica que los sumió aún más en sus pensamientos.

La tristeza que conferían las densas bandadas de pájaros migrantes y las nubes trasquiladas hizo que los dos agentes sacasen sus conclusiones en silencio: no cabía más pena en ese momento.

Ya en Estocolmo, en la puerta del hotel, se abrazaron durante casi un minuto.

—Gracias.

—Gracias a ti por venir.

Se quedaron un momento en silencio, quietos, mirándose, pero la ciudad siguió en movimiento: un camión descargaba verduras en la puerta trasera de un supermercado, dos parejas de adolescentes fumaban con despreocupación y una anciana cruzaba la calle con un andador mientras los conductores la contemplaban con cierta prisa que intentaban camuflar con miradas compasivas.

—Eran otros tiempos —dijo Rasmus.

—No —dijo María clavando la mirada en los ojos casi transparentes de Rasmus—. Los monstruos no entienden de tiempos.

Durante el vuelo de vuelta, una ansiedad tenaz empezó a apoderarse del interior de María.

Pero no provenía de haber conocido el horror indescriptible de Elina, ni de imaginar lo que le podrían haberle hecho a Hans.

Lo que sentía era algo primitivo, algo que la remitía a la parte atávica de nuestras emociones, a momentos prehistóricos donde el espectro de sentimientos humanos quizá fuese más sencillo, pues María, mirando la turbia capa de nubes sangrantes, teñidas de reflejos fucsia, a diez mil metros de altura, lo único que deseaba era llegar a casa y abrazar a su hijo, a su dulce niño.

Y nada más.