Una fábula sueca 36 #4
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36 #4

—Que creo que hoy día mi hermano podría definirse como un…

depredador sexual. Pero, y esto es importante, siempre —y repitió con énfasis—, siempre, lo que hacía lo hacía de puertas para adentro.

Es muy importante que entendáis que, hacia afuera, Hans era el ciudadano más ejemplar que jamás dio esta región.

Daba trabajo, contribuía a causas sociales y a la iglesia.

Ayudaba realmente a las personas. Los gatitos los ahogaba en el silencio de la granja.

Creo que debería matizar lo del sexo. Lo que acabo de decir.

Os voy a contar lo que me dijo una noche de Navidad.

Yo había venido de Estocolmo a la granja a pasar unos días con él.

Por aquel entonces, ya había conocido a Carmen, mi exmujer; ya éramos novios, pero vine solo.

Hans y yo estábamos muy borrachos y nos sinceramos sobre muchas cosas.

Lo típico, ya sabéis. Lo que uno guarda y está deseando soltar y lo suelta cuando lleva seis o siete copas.

Embriagado por el aguardiente, me dijo algo así como que solo le gustaba el sexo cuando él tenía superioridad.

Algo por el estilo. Pero recuerdo claramente la palabra: «superioridad».

Le gustaban las prostitutas sumisas y todas las mujeres a las que él consideraba inferiores.

Como Astrid. La tonta de Astrid. Pero Astrid, la pobre, murió unos meses después de aquella Navidad de una extraña pulmonía que ningún médico, y Hans trajo médicos de todas partes, acertó a curar.

Dicen que echaba sangre hasta por los ojos.

¿Y sabéis? —Fredrik hizo una pausa, dio un sorbo al té, que probablemente ya estuviera helado, y dijo—: Desde entonces, desde que Astrid murió, Hans tuvo en casa, a mano, a la mujer más inferior de todas.

—A Elina.

—A Elina —corroboró.

Silencio. Cinco, seis segundos.

—No obstante, no es tan sencillo —continuó Fredrik—.

Pero hay una cosa que sí que es sencilla: mi hermano se metía en la cama de Elina cada noche.

Cada noche. —María y Rasmus hicieron con el rostro dos gestos leves que a pesar de ser distintos expresaban la misma angustia—.

Y ella… —Sonrió con amargura—. Ella era…

afortunada. A pesar de haber perdido a su madre, tenía un bienestar económico envidiable y su padre era un pilar de la sociedad, el gran Hans Mattsen.

¿Cómo se iba a quejar? ¿Cómo iba a salir aquello a la luz?

Esa niña era una privilegiada. Una privilegiada violada, cada día, durante años y años.

—¿Qué edad tenía Elina cuando su madre murió?

—Once —dijo Fredrik, pensativo—. Once.

Entonces explicó que Hans, dos años después y a través de unos amigos que formaban una especie de lo que calificó como «grupo extraño», se enteró de que una de las mujeres que trabajaban para él —de la que no recordaba el nombre y que tenía fama de ser bruja en toda la región— fue la que maldijo a Astrid, y que por eso no la pudieron curar.

Por lo visto, su idea era seducir a Hans aprovechando su vulnerabilidad tras fallecer su esposa, pero no pudo, posiblemente porque él no vio en ella la inferioridad que activaba sus ansias sexuales.

No obstante, Hans, que se tomaba en serio el tema de las maldiciones, cuando se enteró no quiso armar un escándalo público, y se limitó a despedirla.

Pero luego encargó su asesinato. Dos tipos le sacaron las tripas delante de su hija, una niña asustada que se llamaba Katja.

María hizo ademán de hablar, pero solamente movió la boca, como un crío que se asombra al echar vaho en una mañana de invierno.

—Esa niña se quedó sola. Sin nada. Al poco tiempo, ya era un personaje que vivía de la caridad, que vagaba por el pueblo y por las puertas de las granjas, que se comía las sobras de los animales.

No sé cómo ocurrió, pero Elina se hizo su amiga.

Más que eso, pienso. Yo creo que fueron un poco más allá, que se hicieron algo parecido a amantes.

Tened en cuenta que ya tendrían quince años o así.

Pero yo diría que no eran amantes movidas por una…

pasión, sino por otra cosa, por algo mucho más fuerte.

—¿El qué?

—El instinto por sobrevivir. Eso son Katja y Elina, y eso serán hasta el día de sus muertes: dos supervivientes natas.

Fredrik levantó la mano e hizo un gesto de escribir en el aire con un bolígrafo invisible. El camarero llevó la cuenta y Rasmus pagó.

—Vamos a dar una vuelta —dijo Fredrik—. Ya hace menos frío.

Una vez fuera, los adentró en un camino rural que les empapaba los zapatos en un barro pegajoso y de olor dulzón.

A lado y lado todo eran campos de cereal nevado y arbustos cebados de bayas rojizas.

El cielo era un velo espectral de ozono y el sol parecía un reflejo filtrado de sí mismo.

Fredrik se detuvo frente a un olmo y lo contempló en silencio. Después se giró y dijo:

—Yo lo sabía. Yo sabía lo que mi hermano le hacía a su hija. Y no hice nada.

—Bueno, Fredrik, no te… —empezó a decir María.

Pero él, sin escuchar una sola palabra, la cortó:

—Pero no era solamente mi hermano. Con el paso del tiempo, sus amigos, los que formaban aquel…

grupo, también se metían en la cama con la niña.

Todos esos hombres respetados, todos esos pilares de la comunidad que proporcionaban bienestar y representaban el progreso, la luz, todos aquellos que convirtieron una subdivisión rural casi en vías de desarrollo en un territorio económicamente próspero, todos, todos ellos, abusaban de esa chiquilla, de la tonta, de la niña de las gafas.

Y lo hacían con tanta discreción, de una manera tan silenciosa, que era imposible que se supiera.

—Fredrik miró a María—. Bienvenida a la Suecia profunda.

No es oro todo lo que reluce, ¿verdad? —Se giró de nuevo hacia el árbol—.

Y yo lo sabía. Yo lo sabía y no hice nada.

Eran otros tiempos, eso hay que entenderlo. Sí, eran otros tiempos, ¿verdad?

—¿Qué fue de Katja? —preguntó Rasmus.

—Que Hans la acogió en su casa. No sé los términos ni las condiciones.

Solo sé que Elina y ella se convirtieron en inseparables.

A ella, imaginaos, aquello le cayó del cielo.

Hans lo arregló para vender la casa de Katja; él podía arreglar cualquier cosa en aquel entonces, era el gran jefe de todo esto.

Después de eso, Katja se mudó a la granja.

—¿También abusaban de ella?

—No lo sé. Eso no lo sé.

En ese momento, Fredrik se apoyó en la corteza leñosa del olmo, se giró en dirección contraria a donde estaban María y Rasmus y rompió a llorar. Lloró en silencio durante unos veinte segundos y después se recompuso con esfuerzo. Se limpió los ojos.

—Yo… —dijo—. Yo lo sabía. Yo sabía que a mi sobrina la maltrataron durante años, él y toda aquella gente.

Y no quise verlo. Miré para otro lado, y esa es la realidad.

Esa es la realidad que tengo que asumir.

—Se dirigió entonces a Rasmus, quizás viendo en él la encarnación del concepto de patria, como si él fuera el representante de toda la sociedad sueca, y le dijo—: Lo siento muchísimo.

—¿Y ella? ¿Ella cómo llevaba eso? —quiso saber María.

—Ella… —Fredrik pensó, miró a la granja amarillenta del fondo y se giró hacia María—.

Ella fue educada según los principios de la zona y de la época: no protestes, no digas nada, no toques nada.

Teme a Dios. Teme a los adultos. Teme a tu padre.

Y eso fue lo que la niña hizo. ¿Que cómo lo llevaba?

—Fredrik bajó la mirada—. No lo sé. Era tan callada, tan buena, tan…

invisible. Era la niña tonta de Hans. Supongo… Supongo que lo llevaba como podía.

Empezaron a caer densos copos de nieve que poco a poco acolchaban el campo y acrecentaban su silencio. María se echó la capucha del abrigo sobre la cabeza.

—¿Sabéis? Un día me prometí a mí mismo hablar con mi hermano.

Pensé incluso en amenazarlo con denunciar, con airear lo que le hacía a Elina.

No sé. Me podían los remordimientos. Tenía unos días libres, así que cogí un tren en Stockholm C y vine.

El tren me dejó allí. —Señaló la entrada del pueblo, quizás un kilómetro más al sur de donde estaban parados—.

Caminé hasta aquí. Toda aquella zona de casas no estaba, claro.

Y llegué a este árbol. —Fredrik dio una palmada al olmo que apenas emitió sonido—.

Me quedé aquí, de pie, tal y como estamos ahora.

La granja está ahí, apenas a cincuenta metros.

Algunos trabajadores iban y venían, salía humo por la chimenea.

Y… —Fredrik dudó, balbuceó algo ininteligible, miró al edificio amarillo del fondo.

Parecía que iba a romper de nuevo a llorar—.

Y… me di la vuelta. Regresé a la estación y me emborraché mientras esperaba un nuevo tren que me llevara a Estocolmo.

Un pájaro con el pecho de color limón se posó en una rama del olmo, miró oblicuamente al cielo y se marchó sin emitir un solo sonido. La nieve empezó a arreciar.

—¿Cómo acaba todo esto en España? —preguntó Rasmus. Sobre los hombros de su abrigo negro se habían formado dos pequeños montículos de copos blandos.