Una fábula sueca 36 #3
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36 #3

—Fredrik —dijo Rasmus—. Solo queremos que nos hables un poco de tu hermano, de tu sobrina…, de Katja. No sé, que nos cuentes cosas sobre ellos. Aunque sean simples anécdotas. Solo queremos…

—Saber. Sí, ya me lo dijisteis ayer. Queréis saber. Queréis saber demasiado, diría yo. ¿Sabéis qué ocurre?

—¿Qué? —dijo María en un tono plano.

—Que, si uno remueve la mierda estancada, huele peor todavía. Dejadme, por favor.

Esa tarde, María fue con Rasmus a la comisaría para poder usar un ordenador seguro. Se sorprendió porque esperaba una comisaría más moderna, más luminosa, más nórdica , Pero aquello parecía una comisaría de extrarradio de cualquier ciudad portuaria de la España de los setenta.

—¿Puedo imprimir?

—Sí, claro. Envíalo y sale por allí.

El sábado, de camino a la plaza Stortorget, María le pidió a Rasmus una tarjeta de visita. La metió en el sobre donde llevaba los dos folios que había impreso en la comisaría.

—No pienso hablar con vosotros. Y creo que me estáis acosando.

—Mira, Fredrik —dijo María—. Te voy a enseñar algo.

Sin sentarse, María se acercó a la mesa y abrió el sobre marrón caramelo. Sacando el primer folio, dijo:

—Esta es la habitación donde Elina y Katja tenían a tu hermano atado.

Encadenado, desnudo en ese sótano, muerto de frío.

¿Sabes qué comía? —Fredrik miró a María sin abrir la boca—.

Comida de perro. Y mira. —María extrajo del sobre la segunda fotografía—.

Esta es la foto que tu sobrina quiso presentar para renovar el pasaporte de Hans.

Míralo, Fredrik. Está muerto. Muerto. Según el forense, recientemente muerto.

Y tuvo la sangre fría de hacerle una foto.

Fredrik miró a María. Siguió en silencio.

—Fredrik, me voy el lunes. Mañana es mi último día aquí.

Esto no es periodismo, no es cotilleo. Es comprender por qué; y eso, Fredrik, es una forma de justicia.

Dentro del sobre está la tarjeta de Rasmus.

Ahí nos puedes localizar. Mañana no vamos a venir porque vamos a esperar a que nos llames tú y que nos cuentes la historia de tu familia.

Porque estamos convencidos de que aquí hay una historia.

Y que esa historia tiene mucho que ver con lo que ha ocurrido en España. ¿Me equivoco, Fredrik?

Fredrik seguía mudo, los ojos clavados en los ojos muertos de Hans, que eran exactamente iguales a los s uyos pero inánimes, glaciares, ajenos para siempre del flujo incansable del tiempo.

Por la tarde, Rasmus llamó a María, que paseaba por un parque a rebosar de deportistas que parecían inmunes por completo al frío.

—Fredrik me ha llamado.

María no respondió.

—Y nos ha citado mañana a las once.

—Hostia. ¿En serio?

—Y tan en serio. Dice que quiere vernos en un pueblo que está a tres horas de aquí, en el campo. Al norte.

—¿El pueblo del que provienen?

—Exacto. Dice que quiere enseñarnos algo.

Así que, al día siguiente, Rasmus recogió a María en un Skoda azul petróleo a las siete y media de la mañana, mientras un viento tiránico azotaba Estocolmo con un látigo de escarcha invisible que a María le restallaba en las sienes, donde podía notar su propio pulso.

—Me cago en todo, qué puto frío —dijo tras subir al coche.

El trayecto transcurrió entre silencios y comentarios banales sobre el paisaje, que a María le parecía de cuento, todo campo nevado y granjas aisladas donde criar niños rollizos.

Rasmus le explicó que iban a una zona rural ubicada a unos veinte kilómetros de Ovanåker, un pueblo de unos cinco mil habitantes.

—Hace unos años, este trayecto hubiera durado más de seis horas. Esto estaba en medio de la nada.

En el último tramo del viaje hablaron sobre algunos casos peculiares que habían investigado.

María se notaba tensa, atenazada, medio ausente, y estrujaba y estrujaba la pelota antiestrés mientras Rasmus explicaba cómo un compañero suyo al que apodaban Sherlock desmontó a una testigo argumentando que frente a su casa había árboles de hoja caduca, y que era imposible que en julio, que es cuando ocurrieron los hechos, hubiera podido ver lo que vio, pues lo árboles no se lo habrían permitido.

A eso de las diez y cuarto, Rasmus tomó un desvío, condujo durante unos minutos por un camino de tierra empapada y dijo:

—Ahí es. Hemos quedado en el Drop Kaffe.

La brisa era aún más fría que en Estocolmo y transportaba los aromas condensados del campo escandinavo en su letargo de invierno.

Un golpe de aire de chimenea los abofeteó al entrar.

El camarero, detrás de la barra y con un trapo en el hombro, los miró extrañados.

En la zona de mesas solo había una persona, sentada al fondo, encogida sobre una taza de té.

Fredrik. María y Rasmus lo saludaron y el camarero se acercó a tomar nota.

Cuando se marchó, el hermano de Hans rompió el hielo de inmediato.

—¿Sabéis por qué os he citado?

—No —dijo Rasmus.

—Por remordimientos. Por eso.

Su voz se notaba levemente emocionada. Dio un sorbo a su té y no dijo nada más.

—¿De qué tienes remordimientos, Fredrik? —preguntó entonces María.

Él levantó la vista y miró por la ventana, donde se veían las primeras casas del pueblo y un pedazo de cielo del color de una manta infantil. Después miró a María.

—De lo que ocurrió en ese pueblo. De mi hermano. De esas niñas. Yo… yo no era así… yo no… Eso tiene que quedar claro, ¿de acuerdo?

—Vale, Fredrik, no te preocupes. ¿Por qué no nos cuentas qué ocurrió?

—Porque no sé ni cómo empezar. No sé cómo haceros entender… que…

—Bueno —dijo Rasmus—. Háblanos de las… niñas. De tu hermano. Cuéntanos lo que tú creas que es el principio.

Pero Fredrik repitió el sordo estribillo que a partir de entonces gobernaría toda la conversación.

—Eran otros tiempos.

El camarero llevó los cafés de María y de Rasmus.

Fredrik lo miraba fijamente, con una evidente ansiedad por que se marchase.

Cuando volvió a la barra, la narración de Fredrik explotó como explota la energía que lleva decenas de milenios acumulada, como explotan los volcanes o las supernovas en el silencio del universo.

Fredrik empezó haciendo un esbozo de su hermano.

Contó que Hans siempre fue una persona profundamente respetada en la pequeña comunidad en la que vivían, y utilizó una expresión que repetiría muchas veces a lo largo de la conversación: «Era un pilar de la comunidad».

De niño, contó, tras morir su padre —coceado en la sien por un caballo negro—, Hans dejó la escuela y sacó adelante a su familia trabajando en la granja todas las horas posibles del día.

Los adultos del pueblo y de las granjas cercanas contemplaban al pequeño con admiración, asombrados de cómo crecían sus cosechas, de cómo prosperaba su ganado y de cómo consiguió darle una vida digna a su madre y estudios a sus dos hermanas y a Fredrik, a quien nunca le pidió nada salvo que estudiase.

—Somos dos mitades, me decía. Uno trabaja, el otro estudia. Lo abarcamos todo, decía sonriendo. Pero tenéis que entender que yo no era como él, ¿de acuerdo?

—Por supuesto —respondió Rasmus.

Cuando murió la madre, siguió contando Fredrik, Hans se quedó solo en la granja, donde contrató a varias mujeres para poner en marcha algo inaudito en aquella época en el campo sueco: algo parecido a una factoría.

Envasaba leche, mantequilla, huevos, legumbres, harina…

, y usaba ya una imagen corporativa, un logotipo y una manera personal de vender.

Un método empresarial. A su lado, el resto de los productores parecían estancados en una edad histórica muy anterior.

Unos años después, se casó con una de esas mujeres que trabajaban para él, una morena estrábica, medio tonta y casi muda que se llamaba Astrid, y unos meses después de la boda, a la que acudieron, según Fredrik, más de doscientas personas para homenajear al gran Hans Mattsen, nació Elina.

—Pero nadie en el pueblo veía su otro lado. Su carácter… oscuro. Para todos, él era el pilar de la comunidad. El gran hombre. El que estaba consiguiendo prosperidad para toda esta región. La persona, de largo, más respetada de la comarca.

—¿Qué quieres decir cuando hablas de su... carácter oscuro? —preguntó María.

—No sé explicarlo. Era siniestro, de una crueldad…

extraña. Desde pequeño disfrutaba ahogando las camadas de gatitos que nacían en la granja y luego iba a comulgar tan tranquilo…

No sé, cosas así. No, no es un buen ejemplo; no vienen a cuento los gatitos.

No sé explicarlo bien. Y además… —Fredrik se quedó callado, apretó los labios, miró al frente.

—¿Qué, Fredrik?