36 #2
—Pues porque esta mañana estaba comprobando las cámaras de seguridad de la plaza Stortorget.
Hay un grupo de carteristas que andan robando a los turistas.
Poca cosa. Bueno, pues estaba viendo el vídeo y resulta que en un momento dado aparece una persona, al fondo, dando de comer a un grupo de palomas.
Sale de lejos, muy pequeñito. Más adelante hay un tramo del vídeo en el que los carteristas entran en escena y justamente esa persona se levanta y camina hacia la cámara.
Por eso me he fijado en él, porque justo en el momento que nos interesaba, el hombre da la casualidad de que se acerca hacia nosotros.
Cuando estaba a punto de cerrar el programa, me he dado cuenta de algo.
Y ahí es cuando me he acordado de ti. ¿Tienes un ordenador cerca?
—Delante.
—Pues entra al correo electrónico. Al que aparece en tu tarjeta. Te acabo de enviar un par de capturas del vídeo.
La línea quedó en un silencio perturbado por la acústica simétrica de dos comisarías: cajones chirriando, mecheros prendiendo cigarros, tazas que se apoyan sobre la mesa y susurros broncos de despacho.
—Vale, sí, aquí está.
—Abre el adjunto.
María abrió las fotos, que le provocaron un instantáneo golpe de estupefacción. Un puñetazo seco.
—No puede ser.
—Ya lo sé. Pero es. ¿O acaso no es?
—Sí… pero… No… no…
—Claro que es, María.
María se acercó ostensiblemente al monitor para contemplar a aquel hombre congelado en el momento de lanzar un trocito de pan a un grupo de palomas cabizbajas en la primera foto, y que caminaba hacia la cámara en la segunda captura.
Aquellos ojos perdidos, aquella mirada turbia, aquel cuerpo delgado y fibroso que María había visto en los álbumes decomisados de casa de Elina. No había duda.
—La hostia puta, Rasmus —dijo María, y añadió dos palabras que jamás pensó que saldrían de su boca—: Es… Hans.
—Yo también he alucinado.
—…
—¿María?
—Joder, perdona. Estoy muy descolocada ahora mismo, Rasmus. ¿Es…?
—Tranquila, que ya te resuelvo el misterio. —En la voz de Rasmus se notaba un ligero aire mordaz—. Quería que sintieras lo mismo que yo.
—Soy toda oídos.
—Después de ver la cámara, he buscado a Hans en la base de datos.
No había mucha información, la verdad. Se nota que es viejo y que lleva bastante tiempo fuera.
Es la misma información que os llevé cuando estuve allí.
Pero —siguió, y después repitió con tono de revelación de truco de magia—, pero, he descubierto que Hans tiene un gemelo, Fredrik.
Fredrik Mattsen. Nuestro amigo de las palomas.
—Coño, Rasmus. Esto es…
Rasmus se rio sonoramente.
—Cosas que he averiguado —dijo Rasmus a modo de lista—: provienen, efectivamente, de una zona rural, que en su momento, era un lugar muy aislado, pero ahora ya no. El progreso, ya sabes. Más: Fredrik vive en Estocolmo, y creo que él puede ser la clave de la relación entre las suecas y España.
—¿Por qué?
—Porque su mujer se llama María del Carmen Sánchez.
—Hostia, pues sí.
—Y más cosas. He revisado las cámaras de los días anteriores.
Fredrik va cada día, sobre la una de la tarde, a la plaza Stortorget.
Me da la sensación de que se toma el aperitivo en una terraza de las que hay en los soportales de la plaza.
Después, se sienta en el banco unos diez minutos a echar de comer a las palomas.
Por lo que he visto, parece ser una rutina.
Voy a hablar con él. Tengo la intuición de que puede tener algo que contar.
—No, no, no, no —dijo María, tajante—. Vamos a hablar con él.
—¿Cómo que vamos?
—Me voy para allá. —María hablaba movida completamente por un arrebato irracional, por un ansia de saber que le atenazaba el estómago y la mente—. Me deben más de un mes de vacaciones. Me voy para allá.
—¿Y el vuelo?
—Mi exmarido trabaja en Iberia. Voy a llamarlo. No sabes la de favores que me debe ese cabronazo. Dame un número donde pueda localizarte y no te acerques todavía a ese tío, por Dios te lo pido.
María anotó el móvil de Rasmus y llamó a Jorge.
Lo había pillado en el trabajo, por lo que en diez minutos podría decirle algo.
Jorge tenía algo de lo que María era consciente: un callado sentimiento de culpa.
«Poco aprovecho yo eso», pensaba María de vez en cuando.
La llamó antes de que pasaran los diez minutos.
—Necesito que me respondas rápido porque tengo los billetes bloqueados. Podrías ir el miércoles a Estocolmo, pero tendrías que hacer escala en Milán. La vuelta sería lunes por la tarde.
—¿Este miércoles?
—Sí, claro. Pasado mañana.
—Reserva ahora mismo. Ya.
—Vale, vale, tranquilidad. No puedes llevar maleta facturada, ¿de acuerdo?
—Sin problema.
—El primer vuelo es a las doce de la mañana desde Málaga. Llegas a Milán a las dos y media. Allí estás dos horas y llegas a Estocolmo sobre las siete de la tarde. ¿Bien?
—Perfecto.
—Vale, pues dame un momento… —Se escuchaba un sonido machacón de teclas de ordenador—. ¿Tu dni sigue siendo el mismo?
—Anda ya, gilipollas.
—Vale… Metemos esto… y listo. Ya los tienes, María. Te los envío al correo.
—Jorge, de verdad, muchísimas gracias. No sabes cuánto…
—¿Y Carlos? —cortó Jorge.
—Con mi madre.
—Ahora vive allí, por lo visto, ¿no?
—Ay, ahora no, de verdad. Haber pedido la custodia compartida si tanto te preocupa dónde pasa tiempo. No me calientes la cabeza, que estoy muy liada.
Jorge encajó el golpe desviando el tema.
—Ya tienes los billetes en tu mail. Los he pagado yo, así que hazme una transferencia cuando puedas. El precio está en el correo. Te dejo, que tengo que seguir trabajando.
—Yo también. Muchas gracias, Jorge.
Sin pararse a pensar, María fue a la mesa de Concha, la administrativa, y allí solicitó diez días de vacaciones desde ese mismo lunes.
—¿Y tus casos?
—Tengo poco lío ahora. Quintana se encarga, ahora hablo con él.
Después llamó a Rasmus para que le buscase un hotel barato cerca de la plaza a la que iba Fredrik.
Rasmus le dijo que por allí había un par medio decentes, que lo dejara en sus manos y que la recogería en el aeropuerto a su llegada.
Después fue al despacho de Granero para mentirle.
Le contó que se había dado cuenta de que necesitaba un descanso, y que iba a pasar una semana en una zona rural de Cantabria.
Se le ocurrió eso porque era algo que en realidad le apetecía hacer. Granero la miró con aire socarrón:
—¿Acompañada?
Y como María sabía que la sociedad ve extraño que una mujer viaje sola, claudicó para sonar más convincente:
—Acompañada.
Granero puso cara pícara.
—Pues hala, a disfrutar, sargento.
A su madre también le tuvo que mentir, pues tenía a todas sus amigas pendientes del caso, intentando sonsacarle información, especialmente en lo tocante a quien aquellas señoras llamaban «la asesina».
Y otra cosa no, pero su madre tenía la lengua un poco larga, así María no podía decir que iba a Estocolmo porque sabía que daría que hablar.
Para igualar mentiras, volvió a recurrir a la zona rural de Cantabria.
Su madre no opuso excesiva resistencia. Invirtió esa tarde y la del martes en pasar tiempo con Carlos —fueron al cine y a jugar a los bolos y le compró un par de juguetes—, y el miércoles a las tres de la tarde ya estaba almorzando un trozo de pizza margarita en el aeropuerto de Milán.
En el segundo vuelo, en el que la llevaba a Estocolmo, la tarde pareció acelerarse, como si las horas transcurrieran a una velocidad distinta.
Cuando el comandante anunció que se disponían a realizar la maniobra de aterrizaje, María dejó el libro que estaba leyendo y miró por la ventanilla.
Un sol sanguíneo y muriente se deslizaba tras la densa alfombra de nubes como una naranja podrida.
Rasmus la recibió con una sonrisa y un apretón de manos, la llevó a su hotel —decente, limpio, con vistas a una minúscula calle peatonal— y le dijo que pasaría a recogerla a las doce del día siguiente.
Esa noche, María paseó por Estocolmo como un explorador que se adentra en tierra inhóspita, sin mapa, sin rumbo alguno, sin la certeza de si encontrará vida hostil, vida salvaje.
Al día siguiente, a la hora pactada, se aproximaron a Fredrik con mucho cuidado. Estaba sentado en una terraza tomando una cerveza y una bolsa de cacahuetes. Lo saludaron por su nombre y le preguntaron si hablaba español.
—¿Quiénes sois? —preguntó con cara de sorpresa.
María se notaba impactada, abrumada por ver a aquella copia exacta de Hans hablar, moverse, gesticular, comer cacahuetes. Era la resurrección del fantasma que habitaba su negro castillo.
—Solo queremos hablar contigo. —Rasmus usaba el español. El de Fredrik era muy parecido al suyo: tosco y funcional—. Nada de esto va a tener repercusión alguna.
—Venimos como ciudadanos, no como policías —dijo María—. Yo he sido la que ha dirigido la investigación sobre tu hermano y tu sobrina allí en España.
Silencio. Veinte, treinta segundos.
—¿Y qué quieres? —Fredrik parecía no tener muy claro si ser amigable u hostil.
—Quiero algo muy sencillo: saber la verdad.
El caso está cerrado, supongo que ya lo sabes.
Pero no para mí. Porque no somos máquinas, Fredrik.
Somos personas, y las personas nos vinculamos.
Es inevitable. Y yo… necesito saber. Necesito entender qué ocurrió ahí.
Porque no sé qué pasaba en esa familia, y pienso que es algo, sea lo que sea, que venía de tiempo atrás.
Fredrik apuró su cerveza.
—¿Tú qué crees que pasó?
—No lo sé. Y nunca lo voy a saber. Pero sí quiero saber el porqué.
Fredrik clavó la mirada en María.
—Pues yo no lo sé —dijo mientras se levantaba y se marchaba sin mediar palabra.
—Mierda —le dijo María a Rasmus mientras Fredrik se perdía calle abajo.
Pero volvieron al día siguiente, y Fredrik sonrió al verlos cruzar la plaza en dirección a la terraza.
—No tengo nada que decir, ¿es que no lo entendéis?