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María, Prados y Quintana la leyeron al mismo tiempo, los tres cabizbajos y serios.
Quintana silabeaba palabras silenciosamente, como hacen los niños que acaban de soltarse a leer solos.
A través de la ventana del despacho podía contemplarse un día limpio y azul, un anticipo joven de la primavera.
Prados fue el primero en reaccionar. Arrojó su copia sobre la mesa y dijo:
—Mierda.
Y miró a la sargento esperando su reacción. María terminó de leer y, en lugar de explotar en el arranque furioso que Prados esperaba, dejó con cuidado su copia de la sentencia sobre la mesa, cogió su taza de café y la apuró de un trago. Miró a Prados. Miró a Quintana.
—No he podido hacer más —dijo con aire triste.
Podría concluirse que, en ese instante, María era la viva imagen de la resignación.
La sentencia —«emitida en un tiempo récord», según publicaría IDEAL al día siguiente— ya podía intuirse a tenor del escrito de acusación que había elaborado el fiscal un par de semanas atrás.
No obstante, la benevolencia del juez Ibarra sorprendió a todo el mundo, desde la opinión pública hasta el propio Morillas, del que cuentan que celebró la absolución con un puro cubano de 31 centímetros que llevaba reservando en el frigorífico de su bufete desde que terminó la carrera.
En el escrito previo de acusación, el fiscal había expuesto de forma resumida una serie de conclusiones.
En primer lugar, decía que no se había podido acreditar la versión de la acusada en lo referente a la muerte de Hans, pero que tampoco había ninguna evidencia en contra, pues la investigación había concluido «sin hallazgos físicos relevantes».
En segundo lugar, no procedía la imputación por un delito o falta de enterramiento ilegal, pues este ya habría prescrito.
Por ello, centraba su acusación en los cargos de estafa y falsedad documental pues, según exponía el fiscal, Elina había estafado 14,3 millones de pesetas a la Seguridad Social de Suecia.
Solicitaban para ella una pena de cuatro años de prisión.
Además, acusaba a Jimmy de falsedad documental por haber firmado los documentos de fe de vida.
Posiblemente apremiado por presiones diplomáticas, la Audiencia Provincial apenas se demoró un par de semanas en emitir una respuesta al escrito de acusación en forma de sentencia.
En ella, el juez argumentaba de manera similar al fiscal en lo referente a la muerte de Hans.
Dudaba sobre «el método escogido» para deshacerse del cuerpo y ponía en duda la versión de Elina, pero no podía acusarla de delito alguno.
Con respecto a los cargos por falsedad documental, consideraba responsables a los funcionarios de La Umbría y señalaba con dureza su «escaso celo» y la «flagrante negligencia» que habían cometido; no obstante, el juez entendía que no podía derivar hacia ellos la responsabilidad penal, puesto que «las falsedades fueron cometidas por imprudencia, al no cerciorarse de que Hans Mattsen vivía, y este delito únicamente puede ser perseguido en su forma dolosa», concluía.
Finalmente, el juez consideraba que el delito de estafa a la Hacienda sueca era «incuestionable», pero añadía que «la jurisdicción para el conocimiento de esos hechos es la sueca y no la española».
Por ello, remataba la sentencia exponiendo que no había lugar a juicio y que, en lo tocante a la justicia española, Elina era libre de todos los cargos.
En los días que siguieron a la emisión de la sentencia, María recibió multitud de llamadas y mensajes cuyo tono condescendiente la mantuvo en un estado de irritación constante.
Su nueva pelota antiestrés —que imitaba una pelota de tenis— ya estaba cuarteada de tanta presión.
El caso, como es normal, fue desapareciendo de la prensa y de la televisión.
Tras la emisión de la sentencia, Morillas ofreció unas declaraciones a la puerta del juzgado donde obsequió al mundo con uno de esos discursos manidos y lastimeros basados en el axioma «Se ha hecho justicia».
Elina apareció en un par de fotos en el periódico, despeinada, con unos kilos de menos y mirando a la cámara con gesto alucinado, y también en televisión, en una fugaz caminata desde la puerta de los juzgados hasta un taxi.
Los periodistas intentaron que hablase haciéndole con voz melosa las típicas preguntas amables: «Elina, ¿contenta?
» o «¿Confiaste siempre en la justicia?», pero la sueca no levantó la vista del suelo, como quien busca un pendiente extraviado en una fiesta, como un zahorí persiguiendo un rastro subterráneo de agua.
Después de eso, la televisión matinal la sustituyó inmediatamente por el siguiente drama morboso, pues el circo de la miseria ajena es un pozo inagotable.
En conclusión: Elina regresó a la misma oscuridad de donde había emergido.
Un par de semanas después, con María trabajando en casos más pequeños, Granero la citó en su despacho y le propuso invitarla a cenar el sábado siguiente: «Mi mujer está en un congreso y creo que nunca hemos hablado tú y yo fuera de aquí», le expuso.
La sargento aceptó y Granero la llevó al restaurante Las Tinajas, donde compartieron una botella de vino, una ración de croquetas y una pierna de cordero.
—¿Qué crees que ocurrió? —Granero ya iba un poco achispado.
—Que se les murió. —María también parecía algo bebida. De hecho, ya habían pedido la segunda botella—. ¿Qué quieres que piense? ¿Que lo embrujaron?
Granero sonrió con ironía.
—Mi mujer cree que se lo cargaron sin querer. Que se les fue la mano con una medicación o algo así.
—Te voy a decir lo mismo que nos dijo el juez. ¿Te acuerdas?
—No, pero me lo imagino.
—Nosotros no estamos para eso.
Granero sonrió, levantó su copa y María brindó. Bebieron.
—¿Qué sabor de boca te ha dejado el caso?
María pensó.
—Malo. Creo que había mucha más política de la que pensábamos.
—Pero si pensábamos que había mucha…
—Pues eso. Más todavía.
—No te frustres, sargento.
—No, no te preocupes. Ya no me afecta como antes. Me cabreo rápido, pero se me pasa rápido. Ya me conoces.
—¿Has visto todas las vacaciones que se te deben?
—No lo he mirado, la verdad.
El camarero dejó sobre la mesa la carta de postres y les dijo que fuera de carta tenían torta real de Motril. Pidieron dos raciones y un par de licores de hierbas.
—Tienes casi un mes acumulado. Deberías ir cogiéndote algo, ¿no?
—Bueno, ya lo veré. Por ahora no estoy cansada. —María apuró su copa de vino—. Creo.
Después de la cena con Granero, la sargento llamó a Carolina, que estaba a punto de salir de casa.
Quedaron en un pub junto a los jardines del Triunfo y María no tardó en echarle el ojo a un amigo de un amigo de Carolina que también se fijó en ella.
Ya en la discoteca, el muchacho —Samuel: alto, un poco de barriga, barba, divertido, hombros recios—, que parecía pensar igual que María en materia de ligues, es decir, que llegados a cierta edad uno no está como para perder el tiempo, la interceptó de camino al baño y, mientras sonaba One More Time de Daft Punk, le preguntó que si podía besarla, a lo que María contestó —sonriendo— que quién coño se había creído, a lo que él replicó: «Me he creído el tío que te va a besar dentro de medio minuto».
Ella dijo que no estuviera tan seguro, y él no dijo nada, sino que se quedó mirándola fijamente a los ojos.
—¿Qué pasa? —dijo María.
—Que estoy esperando a que pasen los treinta segundos.
Fueron a casa de él, un piso levemente desordenado en la calle Paz, y esa noche María por fin pudo hacer algo que ansiaba con locura: perder la cuenta de los orgasmos. Después del sexo, Samuel se vistió y la acompañó hasta la casa de su madre. Por el camino se compraron un trozo de pizza cada uno.
—Vente mañana.
María lo miró con extrañeza mientras mordisqueaba su pizza.
—Vamos, mujer. Si no tienes planes, que ya me lo has dicho. Vente a comer y vemos una película o algo así.
María sonrió.
—¿Ya ofreciendo planes de domingo? ¡Eres todo un romántico!
Samuel la miró. Su pelo y su barba estaban anárquicamente despeinados.
—Es que va a llover.
María claudicó ante aquel argumento irrefutable, pero al día siguiente Carlos amaneció con fiebre y no tuvo más remedio que cancelar el plan.
Intentó por todos los medios que no sonase a excusa, pero, tras colgar, se sintió como si acabara de ofrecer un pretexto barato, el que dan todos los padres cuando quieren anular algo: el niño está malo.
El lunes prometía ser un día anodino. María tenía previsto invertir toda la mañana en rellenar papeleo, y por la tarde quería pasarse por una cafetería a interrogar a un testigo de un apuñalamiento, aunque estaba pensando seriamente en mandar a Prados, que estaba de guardia.
Mientras se tomaba el segundo café de la mañana, sonó el teléfono.
—¿María? —La voz se escuchaba lejana, como si aquel hombre hablase desde una remota base de investigación extraplanetaria.
—¿Sí?
—¡María, hola! Soy Rasmus. Rasmus, de Suecia.
—¡Coño, Rasmus! ¿Qué tal?
—Bien, bien. ¿Tú qué tal?
—Bastante bien, no me quejo.
—Ya me enteré de lo de Elina. Tenía pinta de que iba a acabar así, la verdad.
—Qué le vamos a hacer.
—Sí, sí, qué te voy a contar. Oye, te llamo porque no he tenido más remedio que acordarme de ti.
—¿Y eso?