Una fábula sueca 35 #3
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—¿Sudáfrica? —respondió con el diminuto resuello que le quedaba en sus pulmones atenazados—. No… no lo sé. Creo que no.

—Bueno, de acuerdo, Ingrid. Escúchame. ¿Me escuchas?

Ingrid asintió al médico, un latinoamericano bajito y grueso que la miraba con seriedad detrás de su máscara transparente.

—Hemos recibido una alerta epidemiológica.

Ha habido un caso en Sudáfrica de una cepa muy extraña de tuberculosis.

Y resulta que el paciente del que proviene la alerta estuvo en Granada la semana pasada.

Por eso nos han avisado. Es una variante de la enfermedad muy complicada, que no responde a tratamientos habituales.

Así que vamos a hacerte una biopsia de pulmón y vamos a intentar localizarla. ¿De acuerdo?

Ingrid asintió. Parecía que el médico le estaba hablando desde el fondo del océano.

—Por si acaso, ya hemos solicitado el tratamiento a un laboratorio; es algo tan específico que no lo tenemos, ya que en nuestro país nunca se ha dado un caso. En el supuesto de que des positivo, estaría preparado. Te van a bajar ya. Luego te veo.

Unos minutos después, un celador entró en la habitación y manipuló los pies de la cama de Ingrid.

—Nos vamos —dijo dando un tirón de la cama.

De camino a la sala de tac , que era donde le iban a hacer la biopsia, Ingrid sentía en su cabeza una extraña humedad algodonosa que le hacía percibir la realidad como un naufragio interminable. Dos celadores la ayudaron a subir a la camilla del tac . Llegaron un par de médicos.

—Te vamos a sedar, Ingrid. Cuenta desde diez hacia atrás.

Nueve.

Brazo frío.

Ocho.

Corazón frío.

Siete.

Negro. Nada.

—Ingrid. Ingrid. ¿Me oyes? Eh, Ingrid.

—Está todavía grogui. Ingrid.

Ingrid abrió levemente los ojos. A los pies de su cama estaba el médico latinoamericano y a un lado había dos enfermeras. Junto a ellas, estaba Gabriel. Ingrid hizo un gesto con la cabeza. El médico habló.

—Ingrid, has dado positivo. De algún modo te has contagiado de la cepa mixta de tuberculosis que te dije. Ya te hemos administrado una dosis de tratamiento. Ahora tenemos que esperar a ver cómo respondes. Solo quería que lo supieras. Ahora, descansa.

Ingrid intentó hablar, pero no pudo.

—Luego hablamos. Descansa, por favor.

Pero Ingrid consiguió articular un par de sílabas.

—No… no… —balbuceó.

—No, ¿qué? —dijo el médico.

—No es… tuberculosis. Es… —Todos se acercaron un poco a Ingrid para escucharla mejor—. Es… una maldición.

El médico, acostumbrado a los desvaríos posteriores a la anestesia, sonrió levemente y lo único que dijo fue:

—Duérmete, Ingrid. Tu cuerpo tiene que trabajar. Salgamos, por favor.

Y a partir entonces, todo el proceso que Ingrid había vivido hasta llegar a sentirse a un paso de la muerte se revertió con suma lentitud.

Mejoró levemente el primer día, y los tres siguientes los pasó en un estado de calma estable, con los pulmones burbujeando moco y sangre y comiendo exclusivamente puré de manzana —nunca más podría volver a probarlo—.

A causa de la virulencia del tratamiento, orinaba sangre por las mañanas.

A partir del sexto día, la mejoría fue notable, hasta el punto de que los médicos empezaron a barajar la posibilidad de darle el alta.

Durante ese tiempo recibió llamadas y obsequios de gran parte de la diplomacia con la que se relacionaba —Klara Pålson envió un ramo de flores de tal volumen que tuvieron que juntar dos mesillas para ponerlo encima—, y por fin pudo hablar con la tía Puri en un contexto que no fuese funerario.

Sus hijos iban a visitarla una tarde sí y otra no, y cada día la habitación se llenaba de amigos que se iban turnando para acompañarla: Naoko, Esteban, Jutta, Michael, un desfile que la hacía sentirse enormemente afortunada.

En todo ese tiempo, ni ella preguntó, ni nadie hizo referencia alguna a Elina, Hans, la investigación o La Umbría… Todo había dejado de existir.

Al final de la tarde, Ingrid se sentaba frente a la ventana a mirar el ocaso arrebolado, la avenida surcada por coches veloces, en silencio, como si la vida se hubiese convertido en una sala de cine mudo.

Por las noches, el pasillo de la tercera planta bañaba su habitación en una luz rojiza que parecía emanar de otro planeta y que solía despertarla varias veces.

Uno de los últimos días que pasó en el hospital, durante uno de esos despertares, Ingrid sufrió un latigazo que provenía directamente de los caprichos de la memoria: el músico.

¿Cómo no había caído en la cuenta? El pub, Cecilia, los dos músicos sudafricanos.

Ella habló durante toda la noche con el que tosía sin parar y que se marchó al hotel porque no se encontraba bien.

Él la había contagiado. Y pese a aquel ataque de racionalidad, aquel ramalazo de la lógica más absoluta, dentro del pensamiento más profundo de Ingrid seguía vigente la idea de que había sido maldecida.

Los escupitajos en el suelo, los símbolos, las salmodias extrañas, el aguijón en su costado…

Todo desfilaba por su mente en una danza macabra.

Y ahí estaba la verdadera maldición: en el hecho de ser incapaz de pensar de forma racional, en el empeño de hacer encajar la realidad dentro de un sistema interiorizado de supersticiones que relacionaban a Ingrid con el mundo ancestral más que con su propia época.

Podría decirse que Ingrid, al igual que aquellas niñas a quienes los trols habían encerrado para suplantarlas, estaba protagonizando su propia fábula sueca.

El veintidós de enero, martes, Ingrid y Gabriel tuvieron una reunión con el equipo de neumología para recibir las consignas finales acerca del tratamiento: tendría que acudir a fisioterapia pulmonar dos veces en semana.

La revisión neumológica será quincenal, y debería tomar antibióticos durante, al menos, seis meses más.

Después de la reunión, Ingrid fue dada de alta.

Entró en casa sumida en un pozo de irrealidad.

Se había olvidado de la textura del mundo y todo le parecía extraño: el aire, la luz solar, su propio hogar.

Pesaba once kilos menos y tosía sin parar, aunque al menos ya había dejado de escupir sangre.

El espejo le devolvía una imagen escuálida, un rostro todo pómulos y las costillas marcadas como las teclas de un piano antiguo.

Nora le tenía preparada una sopa de pollo y col que a Ingrid le pareció deliciosa.

Después de comer, durmió toda la tarde mientras el viento de la sierra azotaba las contraventanas de su habitación y, cuando bajó al salón y se sentó con Gabriel en el sofá, aún aturdida, Ingrid se dio cuenta de dos cosas.

La primera fue que aún no había visto a Vinbär.

—¿Dónde está el gato?

—No lo sabemos —dijo Gabriel—. El día que te ingresaron desapareció y no lo hemos vuelto a ver.

—¿De verdad?

—Y tanto —dijo Nora—. Hemos preguntado a los vecinos y Camilla puso carteles por el pueblo, pero nada.

Se instaló un momento de silencio en el salón, y Gabriel encendió la televisión para ver las noticias.

Al comenzar el telediario, Ingrid se dio cuenta de la segunda cosa: no sabía nada de Elina.

Absolutamente nada. No había preguntado y nadie había sacado el asunto.

Fue el presentador de las noticias el encargado de informar a la familia antes de que Klara Pålson llamase, veinte minutos después.

Vestido con un traje negro y con una imagen a su espalda del juzgado de Granada, el presentador explicó que el juez había desestimado la petición del fiscal, que solicitaba cuatro años de cárcel para Elina por estafa.

También contó que, con respecto a la muerte de Hans, era imposible imputarle delito alguno.

Ingrid, Gabriel y Nora sacaron la conclusión de inmediato, antes de que el presentador lo dijera: Elina había sido absuelta.