Una fábula sueca 35 #2
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35 #2

—Bueno, estos días está saliendo una cantidad de basura acojonante, se dice de todo, ya sabéis.

Pero sí, siempre se ha dicho lo de la magia.

A veces se las ve por allí, por la casa, con las velas y todas esas gilipolleces.

Yo no creo en esa mierda, pero se cuenta que echan mal de ojo y que hechizan a la gente.

Yo qué sé. Por lo visto se cargaron así a un vecino.

Eso cuentan en el pueblo. Cotilleos, ya sabéis.

Pero lo de las mujeres…, eso es de locos.

Tienen unas negras que… —Morillas le hizo un gesto a Gabriel y al camarero para que se acercaran.

Cuando lo hicieron, las tres cabezas casi pegadas, Morillas susurró—: Se meten en la boca la polla y los huevos.

Todo. Al mismo tiempo. No os podéis imaginar el gusto que da eso. Pero ya se les ha acabado el rollo.

—Por lo del padre.

—Sí, claro, por lo del padre. Poco le hicieron a ese cabrón.

Gabriel se quedó petrificado. Se le tuvo que notar. De inmediato, Morillas se dio cuenta de que había dicho algo inapropiado y desvió el asunto:

—Luis, llénanos, ¿no ves que estamos secos, cojones? Bueno, Gabriel. Y tú, ¿qué me cuentas?

Pero Gabriel estaba completamente cegado por lo que acababa de escuchar.

—¿Qué pasó con el padre?

Luis colocó dos posavasos y puso encima las cervezas. Llenó los chupitos. Morillas agarró el suyo.

—Nada, déjalo. Ese viejo se murió y ya está. Brinda.

—No, no. ¿Qué pasó? ¿Qué pasó de verdad?

—Déjalo, coño. Ya está. Pasó que era un anciano y que la palmó.

Gabriel entornó los ojos.

—No estoy muy seguro.

En ese momento, Morillas levantó la vista y miró a Gabriel fijamente.

Sus ojos enrojecidos estaban cubiertos por una película brillante.

Tenía los mofletes arrebolados y los labios levemente cortados.

Sin decir nada, despacio, se acercó el chupito de tequila a la boca y, con un movimiento ágil de muñeca, se lo volcó en el gaznate.

Muy lentamente, al ritmo de un astronauta que se mueve en una gravedad distinta, dejó el pequeño vaso sobre la mesa, todo en un absoluto silencio, y de repente, tras soltar el vaso vacío, Morillas aceleró el mundo entero para pegarse a Gabriel en una milésima de segundo y agarrarlo por la pechera.

—Escúchame. —Sus rostros estaban prácticamente pegados, casi frente con frente—. Como seas un periodista te voy a joder bien. Pero como seas un puto policía esto te va a costar el puesto, pedazo de mierda.

—¡Eh! —gritó el camarero.

—¡No, joder! —exclamó Gabriel—. ¡Tranquilo, coño! ¡Suelta!

Morillas lo soltó. Gabriel se sacudió la camisa a abrió las manos como un predicador semita.

—¿Cómo voy a ser un policía? Soy artista, joder. Escultor. Doy clases de arte.

—¿Escultor? —gritó Morillas—. ¡Y una mierda! —Arrastraba las palabras—. Largo de aquí, me cago en Dios. Porque tú… —Señaló a Gabriel con el dedo—. Tú… Algo quieres, hostia. Algo quieres. Coño, largo de aquí de una puta vez.

Gabriel se puso el abrigo y le preguntó a Luis cuánto le debía. El camarero, serio, le dijo que le diera veinte euros y que se marchara. Morillas seguía señalando e increpando a Gabriel. Las mujeres del billar miraban la escena de reojo.

—A tomar por culo antes de que te meta una demanda por el culo, ¡payaso! ¡A tomar por culo!

Cuando Gabriel salió a la calle había empezado a llover y el neón de rojo del cartel del pub sangraba a causa del agua que le chorreaba. Se notaba borracho y acelerado.

—¿No te has cambiado? —le preguntó Nora cuando llegó.

—No, tenía cosas que hacer y no he pasado por casa. ¿Te han dicho algo?

A Nora se le enrojecieron los ojos levemente.

—Nora, qué pasa.

—Que… que está peor.

—¿Cómo que peor?

—No me he enterado muy bien. Me han enseñado análisis y la doctora me ha dicho que siguen sin saber qué tiene, pero que los valores están cada vez peor. Que está…

—¿Está?

—Muy grave.

A esa misma hora, Ingrid no necesitaba ver ningún gráfico para saber que las cosas no iban nada bien.

Se notaba exhausta y sentía que su interior estaba relleno de avispas que clavaban una y otra vez sus aguijones en cada órgano, en cada arteria, en cada tejido de su cuerpo.

Atardecía, y, por primera vez en aquellos tres días que llevaba en el hospital, Ingrid pensó que iba a morir.

Lo pensó tal cual, con sequedad, con una frase rápida y directa: «Me estoy muriendo».

Su mente le suplicaba que se metiera en la cama, pero intuyó que, si se acostaba, no volvería a levantarse.

Luchó contra ese instinto. Una vez, en Estocolmo, cuando tenía apenas diez años, Ingrid vio morir a una perra.

Fue en la gran casa con jardín de su tía Viktoria.

La perra era muy mayor, siempre dormía y ya no tenía ganas de jugar ni de pasear.

Aquella tarde, Ingrid estaba leyendo en el porche y escuchó un ruido.

Se adentró en el jardín y vio a la perra prepararse para morir.

Buscó un sitio en calma, miró al cielo, miró a Ingrid con indiferencia, y se echó de un lado.

Su mirada se perdió en el infinito mientras jadeaba con ansiedad.

Los jadeos se aceleraron, Ingrid no sabía qué hacer, así que se limitó a dejar que la situación la sobrepasara.

Poco a poco, la perra dejó de respirar hasta que se convirtió en una estatua blanda.

Sus primas llegaron, gritaron, los adultos llegaron, se echaron las manos a la boca y alguien hizo venir a un veterinario.

Ingrid no dijo una palabra. Y allí, sola en la habitación de hospital, se sentía igual que aquella perra.

Tenía un sitio tranquilo, un ocaso tras la ventana y unas ganas irrefrenables de tumbarse de lado y cerrar los ojos.

Pero intentó luchar. Cojeando, con el dolor insoportable en el pecho y el picor de la aguja persistiendo en el costado, rascándose irrefrenablemente, caminó hacia la ventana y, tras forcejear con el cierre, consiguió abrirla.

El aire, que arrastraba un denso olor azulado, un olor a ozono vivo y f resco, golpeó su cara y su cabello sin brillo.

Vio nubes, vio las luces naranjas de la ciudad, intuyó la estación de esquí sobre la nieve al fondo.

Ingrid estaba al borde de sus fuerzas. Echó un último vistazo a la plaza de La Caleta, donde apenas había nadie.

Había parado de llover. Sus ojos se fueron hacia algo en movimiento: una paloma picoteaba de lo que parecía un enorme charco de vómito.

Rápidamente, intentó buscar una imagen más agradable: un par de críos cogidos de la mano de su madre, quizá una pareja abrazada que se cobija del primer aire gélido de la noche.

Pero no pudo. Todo lo que había en la plaza era aquella paloma comiendo con avidez de un enorme vómito rosáceo.

Ingrid cerró la ventana con lágrimas en los ojos y pensó fugazmente en el misterio del futuro, donde nadie sabe en qué momento se tuerce el camino ni a qué lugar le van a llevar sus pasos.

Pensó en Katja y en Elina. En sus escupitajos al suelo, en aquella mano saliendo del coche en la madrugada de Viernes Santo, en la aguja clavándose en su costado.

Pensó en Hans, en sus ojos vacíos. Después anduvo con dificultad hasta el baño, orinó entre jadeos y toses y se echó sobre la cama, de lado y mirando al suelo, llorando con el desconsuelo de sentir que la última imagen del mundo que había visto en su vida era la de una paloma picoteando de aquel gigantesco vómito, pues estaba convencida de que al día siguiente no podría levantarse.

Y si algo hemos aprendido de Ingrid hasta el momento es que sus intuiciones solían ser especialmente certeras.

Efectivamente, Ingrid al día siguiente no se levantó.

Ese fue el primer día que la pudieron visitar.

Primero entró Gabriel, quien se había obligado a no llorar.

Y no lo hizo. Ingrid, con apenas un hilo de voz ronca, le preguntó por los niños.

Gabriel le dijo que estaban muy bien, que Adam había recuperado el examen de lengua que tenía suspenso de la anterior evaluación y que Camilla había acertado el rosco casi completo de Pasapalabra durante la cena del día anterior Ingrid lloró y Gabriel la consoló.

Le dijo que los médicos la iban a curar, que estaban buscando soluciones.

—No hay solución para una maldición —dijo Ingrid.

—No, cielo, no. Esto no es ninguna maldición. Es una enfermedad. Y las enfermedades se curan, mi amor. Solo tienen que encontrar lo que te pasa.

Ingrid sonrió con melancolía. Sus ojos, hundidos y ojerosos, transmitían un vacío oscuro. Después tosió y respiró de la mascarilla de oxígeno. Miró a Gabriel.

—¿Quién hay fuera?

—Tu madre y yo. Y hoy va a venir mi tía Puri, que me llamó ayer por la mañana.

Ingrid sonrió. Después, entre toses y sibilancias, se echó a reír. Gabriel no pudo evitar sonreír también.

—¿Qué pasa, cielo?

Pero Ingrid seguía riendo, mirando a la pared de enfrene. Cuando se calmó, se giró hacia Gabriel.

—¿Sabes cuántas veces he visto a tu tía Puri? —Gabriel negó con la cabeza—. Dos veces. En el entierro de tu padre y en el de tu madre.

Esa tarde, todo se precipitó. Mientras Gabriel leía en la sala de espera, la doctora lo llamó.

—Pase.

—¿Cómo está?

La doctora, una mujer con cara de ave que llevaba el pelo dorado recogido en una trenza que lo hacía parecer una preciosa espiga, no contestó, sino que hizo una pregunta que descolocó a Gabriel.

—¿Sabe si su mujer ha tenido contacto con alguien de Sudáfrica recientemente?

—¿Cómo?

—Hemos recibido un aviso epidemiológico. Necesito que piense en lo que le acabo de preguntar. ¿Sabe si ha tenido contacto con alguien que provenga de Sudáfrica?

—No… no sé. No sé. Verá, Ingrid es cónsul. Ella trata constantemente con gente de otros países. Hace un par de años estuvimos en Sudáfrica. ¿Qué pasa?

—Me refiero a últimamente, Gabriel. La semana pasada.

—No, ni idea. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

Mientras tanto, en la octava planta, a Ingrid le estaban haciendo la misma pregunta.