Una fábula sueca 35
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Lo único que recordaba Ingrid del día completo que pasó en la UCI era una inagotable sucesión de personal sanitario que revoloteaba a su alrededor, que ajustaba el suero y el oxígeno, pinchaba medicación, tomaba temperaturas, susurraba datos entre sí y circulaba por los lados de su cama como circula una nube de mosquitos alrededor de una fogata.

Todo eso ocurría con Ingrid en un estado de letargo y somnolencia extremos, con la losa del pecho apretando todo su interior y con una sed desértica en la boca.

Esa misma noche, ya estable, fue trasladada a una habitación de aislamiento en la octava planta —reservada a enfermedades contagiosas— y, tras dormir diez horas entre pesadillas insondables y agotadoras, se despertó algo mejor.

La enfermera, ataviada con una máscara transparente y una bata de plástico que la hacían parecer una apicultora francesa, le explicó que la medicación parecía haberle sentado bien y la invitó a levantarse al baño, donde Ingrid constató ante el espejo que en un lapso de un día y medio parecía haber perdido un tercio de su peso, por lo que no le quedó más remedio que concluir que se estaba consumiendo.

Una hora más tarde, la doctora le explicó que manifestaba síntomas de una infección grave, que en ese momento no podían determinar cuál era la causa y que estaban llevando a cabo estudios con su sangre, su esputo y su orina.

Le contó que su familia estaba fuera, informada en todo momento, y le pidió que se concentrara en descansar.

Ingrid escuchó todo aquello sumida en un pozo de indefensión donde resonaba, como el eco oscuro de las mareas, un caudal de rabia sorda y contenida.

Desbordada por el asco, intentó comerse un yogur, pero a las tres cucharadas no pudo reprimir las náuseas y se levantó para vomitar en el baño.

Su debilidad la hizo moverse medio borracha, trastabillar y vaciar el estómago a medio camino, sobre el suelo de la habitación y sobre sus pies.

El vómito era blanquecino y rezumaba un olor acre que se expandió en el aire de la habitación en oleadas ácidas.

Pidió perdón a la limpiadora que apareció con una fregona y que le dedicó una mirada en la que Ingrid intuyó repugnancia y condescendencia.

Después, se acostó. Y en ese momento empezaron los sudores.

Durante horas, Ingrid sintió que estaba en el lugar más cálido imaginable: en el oscuro fondo de una mina, en el núcleo incandescente de un volcán hawaiano, en uno de los más profundos círculos del infierno.

Porque todo lo que hacía era sudar tan intensamente que las enfermeras no sabían qué hacer para contrarrestarlo.

Y, para colmo, fruto del desamparo, le brotaban ataques de llanto que intentaba neutralizar pensando en banalidades absurdas: en los barrios de París, en el ranking definitivo de los sabores de helados o en lo poco que le gustaba el cine de Bergman.

—Estás sudando más cantidad del suero que te inyectamos —le dijo un enfermero que le dejó sobre la mesilla un vaso de agua antes de marcharse.

Ingrid dio un trago, sintió una náusea y pensó que todo cuanto bebía l e sabía a lágrimas.

No podía dejar de temblar, de llorar y de sudar.

Y nadie le decía nada. Nadie era capaz de explicarle lo que le ocurría.

A media tarde se quedó dormida entre sollozos y despertó a la mañana del día siguiente, empapada en sudor y con una sensación de electricidad interna, como si el rayo que la había atravesado en su jardín se hubiera instalado definitivamente dentro de su columna vertebral y prendiera en llamas minúsculas el interior de todas sus vértebras.

Cuando se levantó para orinar —aunque no tenía ganas, pues todos sus poros sudaban continuamente y nada parecía llegar a su vejiga—, contempló sobre la cama su propio cuerpo impreso en sudor, una silueta que se iba secando poco a poco pero que dejaba un halo salino superpuesto a las siluetas anteriores, de tal modo que Ingrid podía ver su imagen fosilizada en posición fetal, quizás con cierta sensación de movimiento, como si alguien hubiera revelado sobre el lienzo blanco de la sábana una fotografía de un espectro, medio velada, quizá abrasada por un exceso de ácidos.

Por su parte, Gabriel había pedido unos días libres en el trabajo para poder estar en el hospital, a pesar de que aún no se le permitiera ver a su mujer.

Sebastián se los concedió sin pestañear y Nora se empeñó en acompañarlo.

En un principio Gabriel se negó, pero ante la férrea obstinación de Nora, accedió a que ella le diese relevo por las tardes en la sala de familiares para que él se marchase a asearse y descansar.

Al tercer día, sobre la hora de comer, la doctora llamó a Gabriel y le dijo que aún no habían conseguido identificar qué le ocurría a Ingrid, que seguía «grave pero estable», y que al día siguiente podrían pasar a verla con las debidas protecciones.

Gabriel protestó ante la incapacidad del equipo médico para establecer un diagnóstico, pero la doctora lo atajó de inmediato:

—Le comprendo, Gabriel, pero créame, estamos haciendo todo cuanto está en nuestras manos. Déjenos trabajar, por favor. Le seguiré informando, ¿de acuerdo?

Así que cuando Nora le dio el relevo, Gabriel, frustrado, iracundo y con la boca rezumando una sequedad visceral, decidió ir a beber.

Sabía que si salía por la puerta principal del hospital y cruzaba la Avenida de la Constitución en dirección a los juzgados llegaría a una zona repleta de bares.

Entró en una especie de pub irlandés cuya decoración carecía por completo de sentido, pero a Gabriel le encantó la oscuridad del lugar, lleno de lámparas bajas.

Estaba casi vacío: dos mujeres jugaban al billar y una sombra bebía en soledad en una esquina de la barra.

Gabriel pidió una pinta de Guinness y se bebió casi la mitad en al primer trago bajo la mirada indiferente del camarero.

Terminó la cerveza en los siguientes tres minutos, mientras pensaba en Ingrid de manera confusa a través de reflexiones atenazadas por la impotencia y la incertidumbre.

—¿Me llenas, por favor? —dijo señalando el vaso vacío.

El camarero cogió dos vasos y los llenó con parsimonia en el grifo negro y brillante. Dejó uno en el posavasos de Gabriel y le llevó el otro a la gruesa sombra que habitaba la esquina, y que emergió fugazmente a la zona luminosa para mirar a Gabriel con la cerveza rebosante en la mano y decirle:

—¡Salud!

—Salud —respondió Gabriel con hastío.

Ambos dieron un trago y la figura sombría llamó al camarero, le dijo algo y el muchacho, que era pelirrojo y por ende ya constituía de largo el elemento más fehacientemente irlandés de todo el bar, llenó dos vasos de chupito con tequila oscuro. Dejó uno en la esquina y le llevó el otro a Gabriel.

—De parte del caballero —le dijo.

Gabriel miró a la esquina sombría, donde solamente podía ver una mano extendida hacia adelante e iluminada por la luz de un frigorífico lleno exclusivamente con latas de Red Bull, una escena similar a un claroscuro de Zurbarán.

La mano levantaba el chupito en dirección a Gabriel, que pensó que lo correcto sería acercarse al sombrío personaje que lo había invitado y brindar con él.

Así lo hizo. Caminó hasta la esquina con cuidado de no derramar el tequila y, a medida que se acercaba, el tipo emergió de las sombras.

Era grueso y calvo, vestía un traje ya arrugado por el ajetreo de todo el día y lucía un bigote pelirrojo que a Gabriel le recordó a una croqueta.

Su rostro estaba deformado por la luz indirecta de la lámpara.

—Salud —dijo mientras ofrecía su vaso.

—Salud —correspondió Gabriel terminando el brindis.

Ambos bebieron y ambos articularon ese «ahhh» que aflora tras un severo golpe etílico.

Tardó más de lo esperado en reconocerlo, posiblemente por la oscuridad o tal vez porque su mente estaba abotargada a causa de llevar dos noches casi en vela, pero finalmente lo hizo. Aquel tipo medio borracho era Fernando Morillas, el abogado de Elina.

—¿Me puedo sentar? —preguntó Gabriel señalando un taburete.

—Claro, amigo, siéntate. ¡Luis! ¡Trae su cerveza aquí!

El camarero trasladó la Guinness de Gabriel a la esquina y el abogado le tendió la mano.

—Fernando —dijo Morillas extendiendo una mano gruesa y sudada, prácticamente un molusco.

—Gabriel. Encantado. ¿Me dejas que te invite a otro chupito?

—Coño, pues claro. ¡Luis!

Y así comenzó una charla de taberna en la que a Gabriel no le costó mucho trabajo que Morillas hablase sobre las suecas.

Se notaba que iba con cuidado, pero también era patente que la borrachera le hacía hablar más de la cuenta.

Luis, el camarero, fue de gran ayuda, ya que —probablemente movido por el morbo del asunto— se unió a la conversación y parecía saber cómo abordar a Morillas.

Por su parte, el abogado hablaba de Katja y Elina con un cinismo que a Gabriel le resultaba chocante y desagradable; contaba lo bien que follaban, las fiestas que organizaban, los delitos que cometían y lo mucho que tenían «agarrado a todo el mundo por los huevos».

—Tienen agarrado a todo el mundo por los huevos, os lo digo en serio.

A todo dios. Alcaldesa incluida. Hasta a mí, coño.

Imaginaos: yo no les cobro nada. Na-da. Eso sí, lo que yo he disfrutado en esa casa…

, pfff, no lo sabe nadie. Una noche, hace un par de años, me dejaron darle por el culo a dos chinas.

Se la metía a una, la sacaba y se la metía a la otra.

Allí te consiguen lo que quieras. Mujeres, drogas, lo que te dé la gana. Aquello es la hostia.

—Qué pasada —dijo Gabriel siguiéndole el juego—. A mí me han dicho que también hacen magia —comentó despreocupadamente tras darle un trago a la cerveza—. Que son brujas.