Una fábula sueca 34 #3
87%

34 #3

—Ya lo ha oído, sargento. Esto no tiene sentido. Atan a los perros agresivos. Puede que sea cruel, pero ya está. La vida es cruel. Se castiga a los malos. ¿Eso era todo?

María miró a Morillas con cara de odio.

—¿No habéis atado nunca a tu padre ahí?

—¡Sargento!

—Cállese, letrado. Elina, ¿has atado a tu padre a esa cadena?

Elina ensanchó su blanca sonrisa de niña idiota.

—¿Por quién me toma… agente?

María no pudo soportar aquello. Se levantó. Se apoyó en la mesa y se echó hacia adelante todo lo que pudo.

—Pues te tomo por una cruel mentirosa que vive aprovechándose de los demás, te tomo por una psicópata que consigue con el coño y con una estupidez fingida lo que otras conseguimos trabajando, y te tomo por una desgraciada que jamás tendrá el respeto de nadie. Por eso te tomo.

—¡Sargento!

—Disculpe, letrado —dijo María sin variar ni un ápice su tono de voz agresivo—. Me he alterado. Pido disculpas a ambos. Nos vamos.

Y así, María, Rasmus y Prados regresaron en silencio a La Umbría, donde la sargento reunió a su equipo y dio por concluida la investigación.

Granero le mostró el último hallazgo: una botella de licor en cuyo interior flotaban tres embriones de perro.

La etiqueta, escrita a mano, decía: «Para verdaderos machos. 1000 pts/chupito».

—Hay que desmontar todo esto. Nos vamos, señores. Qué le vamos a hacer.

Tardaron más de una hora en recoger todo el instrumental de campo y algunas cosas que habían dejado dentro de la casa: cajas de guantes, cintas métricas, algunas bridas…

Fueron cargándolo todo en los coches mientras los flashes de la prensa intentaban fotografiar a los agentes.

María fue la última en salir de la casa.

Echó una mirada al pasillo, apagó la luz y cerró la puerta.

Un escalofrío recorrió su espalda y la hizo sentir derrotada.

A esas horas de la tarde, ya con las tinieblas establecidas sobre el mundo, la parcela estaba cubierta por un mar de escarcha fantasmal.

La sargento apretó la pelota antiestrés y se subió al coche junto a Prados y Rasmus.

Más tarde, ya en casa, mientras preparaban una sopa de pescado para cenar, María anunció que ya casi había terminado con el caso y que al día siguiente Carlos y ella regresarían a su casa.

—Ya vuelvo a los horarios normales. Por ahora.

—Qué bien, hija. Me alegro. Este caso ha tenido que ser duro.

María miró a su madre y suspiró.

—Mucho. Muchísimo. Además, me deben tres semanas de vacaciones. Creo que me las voy a guardar para el mes de julio. Podríamos alquilar algo en la playa, cinco o seis días.

Con Carlos y con su madre ya en la cama, María se preparó una infusión, encendió el portátil y empezó a redactar el informe de conclusiones para el juez. No obstante, el cansancio la venció pronto y apenas pudo escribir un par de párrafos.

El lunes dedicó toda la mañana al informe, donde intentó mantenerse todo lo neutral que pudo.

Aun así, incidió en que, a pesar de que no había hallazgos que demostrasen la culpabilidad de Elina respecto a la muerte de Hans, ella no se creía la versión de la sueca.

Le parecía forzada, artificial, diseñada por el abogado para que Elina saliera de aquello lo mejor parada posible.

Pero la justicia no funciona así. No hay que probar la inocencia, sino la culpabilidad.

A la una llamó al juzgado para comunicar que acababa de enviar el informe y que daba por terminada la investigación. Era turno del juez.

A eso de las tres de la tarde, llevó a Rasmus al aeropuerto.

Pese a todo, María era consciente de que le había cogido cariño.

Aunque sus maneras exteriores chocasen, María se sentía unida al sueco por sentimientos profundos, por algo así como un ansia de revertir los males del mundo, tal vez un ansia absurda: algo parecido al trabajo de Sísifo transportando la roca montaña arriba.

—Sargento —dijo Rasmus tras bajarse del coche frente a la terminal de salidas—, era un caso difícil y lo ha hecho muy bien. Siéntase orgullosa de haberlo dado todo.

María sonrió. Rasmus también, y le tendió la mano.

Después del apretón, el sueco echó a andar y entró a paso rápido en la terminal.

De vuelta a la ciudad, María sintió una necesidad apremiante de no volver a la civilización.

Había trabajo por hacer, su hijo la necesitaba, su exmarido seguro que la llamaría por alguna idiotez, su madre tendría algo que decirle y también el capitán Granero, y la maestra de Carlos, y el juez, y Morillas, y la fisio la invitaría a salir y ella querría acostarse con alguien, solo eso, estar cerca de otro cuerpo cálido y fugaz, y seguiría haciendo frío y Fermín estaba herido y al final no había visitado a la cónsul sueca y Elina le había dicho «por-quién-me-toma-agente» y el mundo de repente pesaba, pesaba de verdad, sobre su pecho y sobre su cabeza.

Así que decidió tomar la salida de la autovía que la llevaba a otro mundo, a un mundo pasado que pesaba mucho menos: ¿no es eso lo que todos queremos a fin de cuentas?

¿Lo que ansiamos continuamente? ¿Que el mundo pese menos?

Llegó sobre las cuatro y media a aquel prado en el que jamás había visto a nadie.

Ni a una sola persona. Al principio de su matrimonio, Jorge y ella bromeaban con que lo habían descubierto ellos y que les pertenecía por derecho.

Pasado un tiempo, empezaron a decir que aquel paraje se encontraba en una dimensión desconocida.

Nunca, jamás, vieron a nadie más. Y allí se sentaban.

A contemplar toda la ciudad desde aquel cerro en el que hacían pícnics y escuchaban música en un radiocasete a pilas y hablaban sobre absolutamente todo con una atención desmesurada, como hacen los amores recién forjados y aún prendidos por la lumbre de la ilusión.

Cada vez que iban, hacían el amor sobre una manta, completamente seguros de que jamás aparecería ninguna persona.

Porque aquel paraje en el que María se acababa de sentar a ver atardecer era un descubrimiento de ella y de Jorge, dos personas que ya no existían.

Se apoyó contra uno de los árboles y miró la ciudad, nubosa y oscura en el inicio de la noche.

Miró también el prado que la rodeaba. Llevaba más de un año sin ir.

Se vio a sí misma echada boca arriba en la manta azul, con Jorge sobre ella y ella gimiendo y diciendo todas las barbaridades que se le pasaban por su pensamiento abotargado por el sexo.

Vio también a Carlos, muy pequeño, dando sus primeros pasos en aquel lugar, habitando un mundo fantasma, un mundo pasado, un mundo que pesaba menos.

Apretó la pelota, fuerte, muy fuerte, con todas sus fuerzas.

Pensaba en Elina y en su sonrisa cínica.

«A partir de ahora, estás maldita». María apretó la pelota hasta que se hizo daño, pero su rabia crecía cada vez más, tanto que la movió a llevarse la pelota a la boca y a morderla con todas sus fuerzas.

Arrancó con los dientes un trozo y lo escupió.

Inmediatamente le dio otro bocado: la mandíbula le iba a reventar de la tensión.

Lo volvió a escupir y finalmente lanzó la pelota al barranco con de­sesperación. Después rompió a llorar.

Desde allí, desde aquella cima, podían verse tormentas distantes que ni siquiera se oían, y silenciosos relámpagos como sábanas de luz que hacían palpitar la espina dorsal de Sierra Nevada antes de ser engullida de nuevo por las tinieblas.

—¡Joder! —le gritó María al barranco.

—¡Joder! —le devolvió el barranco a ella.

Después, todo fue silencio y quietud, y María notaba lágrimas calientes volviéndose frías mientras descendían su rostro. Por las membranas y fluidos de su cuerpo circulaba un torrente inagotable de rabia, de pena; un dolor seco y callado.