Una fábula sueca 34 #2
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34 #2

—Ya es suficiente —dijo el juez—. Capitán, trasladen al señor Arteaga a la comandancia. Letrado, tendrá noticias a lo largo del día. Ya hemos terminado.

—Bien, señoría. Lo que usted disponga.

—Salgan todos, por favor. Capitán, sargento, quédense un momento. Usted también —dijo mirando a Rasmus.

Cuando todos hubieron salido, el juez les dijo a los tres agentes:

—Lo primero, antes de que se me olvide: capitán, quiero que me lleve a declarar lo antes posible a los funcionarios del ayuntamiento que procesaron los documentos de vida de Hans.

—De inmediato, señoría.

—Sargento —dijo mirando a María—. Le doy veinticuatro horas para cerrar el caso. El lunes por la mañana quiero tener un informe de la investigación en el juzgado. Si no encuentra algo que contradiga la versión de Elina, tendremos que darla por buena.

A medida que el juez hablaba, María, con la mano en el bolsillo del abrigo, apretaba la pelota antiestrés. Aun sabiendo la respuesta de antemano, no pudo contenerse la pregunta.

—¿Pero… usted la cree, señoría?

—Yo no estoy aquí para eso, sargento. Ya lo sabe.

El juez se dio la vuelta y salió. Granero lo siguió y María se quedó con Rasmus, que la miró con un gesto tierno y le susurró:

—Tranquila.

María, ignorándolo, gritó:

—¡Quiero a todo el mundo fuera! ¡Vamos a poner la finca patas arriba! ¿Me estáis oyendo? ¡Vamos, joder!

Gran parte del instrumental de búsqueda estaba en dos vehículos pick-up que habían solicitado al Seprona.

María cogió un rastrillo y se unió a la búsqueda.

En el cielo de aquella mañana de escarcha se aglutinaban decenas de aves que sobrevolaban la finca en círculos.

El chamán de un pueblo primitivo probablemente los hubiera considerado un presagio de algo.

A lo largo de la mañana rescataron del suelo cientos de huesos que iban poniendo en cajas de plástico.

Julián, el forense, se acercaba a las bandejas para corroborar que todos eran o de perros o de gatos.

Justo después de almorzar, Prados encontró el dedo de un simio.

Era enorme y, según Julián, no llevaba mucho tiempo enterrado.

Estaba recubierto por una capa de vello anaranjado similar al cobre de la bobina de un circuito eléctrico.

Aparte de tampones y más tampones, colillas, restos de comida, preservativos usados, trozos de muñecas y demás objetos incoherentes, no encontraron ningún resto que les contara algo sobre Hans.

Aquel hombre había entrado de lleno en el lugar que a todos nos espera más tarde o más temprano: el vasto laberinto del olvido.

María recibió una llamada. Era del laboratorio.

—Sargento, ya hemos estudiado todos los restos orgánicos que sacasteis del bidón de cal.

—¿Y?

—Pues como preveíamos, todos son de animales. Hay perros, muchos gatos, algunas palomas… y los monos.

—Vale, Dani, gracias.

—Está todo fotografiado y catalogado. ¿Procedemos a la destrucción?

—Sí, sí. Adelante.

María cortó la llamada y se metió muy despacio el móvil en el bolsillo. «Otro camino que se cierra», pensó.

A eso de las seis, toda la parte este de la finca se tiñó de naranja y rosa, el sol murió tras las montañas entre promesas de regreso y las primeras estrellas titilaron encima de los pájaros.

Los agentes transitaban por la finca como sombras furtivas.

Finalmente, después de dejar muy clara la distribución de las tareas para el día siguiente, el último con el que contaban, María envió a todo el mundo a casa.

—¿Dónde te alojas, Rasmus?

—En el hotel Granada Center —respondió—. Todo muy bien, la verdad.

—Buen sitio —dijo María con una sonrisa cansada—. Bien por Suecia.

Ya en casa de su madre, charló con ella durante un rato sobre el caso, que por lo visto estaba empezando a ocupar bastante espacio en los programas morbosos de la televisión matinal.

También habían hecho referencia en el telediario.

Cenaron espaguetis con carne picada y tomate, y Carlos contó multitud de anécdotas del colegio que aliviaron a María, que se sintió partícipe de la vida de su hijo tras varios días de ausencia casi total.

Después de cenar se acurrucó con Carlos en el sofá y pusieron el DVD de Mulán . El móvil le sonó a eso de las nueve y media. Era Carolina, la fisio.

—Vente a tomar algo, guapa. Vamos muy cerca de casa de tu madre. Viene un buen convoy de hombres.

—Ay, no. No, cariño. Estoy muerta, de verdad.

—Pero, María, que es sábado. Venga, mujer. Ponte algo mono y vente, que seguro que te despejas.

—No, Caro. Estoy con Carlos ya tirada en el sofá. Me siento agotada, pero te lo agradezco mucho.

—¡Pero si al niño lo ves todos los días!

—Ay, Caro, de verdad que no.

Cuando colgaron, María pensó en que había una parte de ella, exclusivamente conceptual, a la que le apetecía salir.

Pero la realidad era que no podía estar todo el día ausente ni marcharse siempre que alguien la reclamase.

Pensó en Carolina llegando a un pub con un grupo de gente, todos bien vestidos, en sus perfumes entremezclándose en el aire, en las conversaciones despreocupadas tras las primeras copas, en las primeras miradas íntimas.

Pensó en los hombres que iban con ella y, mientras se acurrucaba en el sofá junto a Carlos y reanudaba la película, también pensó: «Qué ganas tengo de que me coman el coño bien comido, joder». Después cerró los ojos y se durmió.

El domingo amaneció nuboso y hostil, algo que no ayudó a levantar el ánimo de la unidad, que retomó las tareas con cierta desgana.

El IDEAL titulaba esa mañana: « incineró a su padre en la chimenea para cobrar la pensión » y justo debajo, subtitulaba en negrita: «La ciudadana sueca investigada por cobros ilegales y por la desaparición de su padre trituró los huesos y esparció las cenizas por los alrededores de su casa.

El asesinato parece descartado». La noticia iba a página completa y se recreaba en la manera en la que Elina llevó a cabo el proceso.

La última columna estaba dedicada a argumentar el asunto del asesinato: «La Policía Judicial está rastreando sin éxito la vivienda y la parcela en busca de restos del cuerpo, mientras que el juez ha descartado el asesinato, ya que las relaciones entre padre e hija eran buenas, según testimonios recabados por el juzgado.

Además, es evidente que la muerte del anciano no favorece los intereses de la hija, pues complica el cobro de la pensión».

Tras leer por encima la noticia, María devolvió el periódico a Quintana y dijo:

—Al trabajo.

A medida que transcurría la mañana sin hallazgo alguno, el desánimo se instaló en el grupo de manera definitiva.

María dejó a dos guardias repasando la casa y la finca quedó peinada casi por completo.

Fueron a comer al asador con chimenea y todo fue silencio en aquel montón de agentes que llevaban cuatro días prácticamente ignorando a sus familias, colgando llamadas de sus casas y viendo a sus hijos para acostarlos.

Sobre las tres y media, María y Rasmus accedieron a uno de los últimos lugares que faltaban por registrar: una abertura en la zona montañosa en la que terminaba la parcela a la que las suecas llamaban «la cueva del oso». Encendieron las linternas y entraron.

—Tened cuidado. Por lo visto, la cueva es peligrosa.

Avanzaron por un pasillo atravesado por una corriente de aire helado hasta llegar a una sala amplia y húmeda.

—Mirad —dijo Rasmus.

Las tres linternas apuntaron al suelo, a una esquina de la sala. Allí había envoltorios de comida, todos muy antiguos. Latas de cocacola que podían tener una década, papeles sin brillo de chocolatinas que ya no existían en el mercado.

—¿Qué es todo eso negro? —preguntó Rasmus mientras posaba el haz de la linterna en un punto. Las otras dos luces se superpusieron a la suya.

—Es… —María dio un par de pasos, se agachó y tocó las manchas negras. Habría más de doscientas. Era como si alguien hubiera chapoteado en petróleo—. Es cera. Cera consumida. Todo esto fueron velas.

—Velas negras —dijo Prados.

Avanzaron el último tramo hasta llegar al fondo.

—Mirad.

—Coño.

Allí encontraron una enorme piedra. A ella, gracias a una argolla, había fijada una cadena con un grillete.

—Hostia.

Los tres callaron.

Rasmus rompió el silencio:

—¿Sabéis a qué me recuerda?

—¿A qué?

—Al mito de Sísifo.

María y Prados miraron a Rasmus.

—Mal marido. Mal padre. Mentiroso y asesino. Fue condenado a arrastrar una piedra atada a una cadena.

—Ah —dijo Prados—. Y se le caía al llegar a la cima.

—Exacto.

—¿Soy la única que visualiza a Hans aquí atado?

—Cuidado, sargento —dijo Rasmus—. Podrían ser tus ganas de verlo. Mira el grillete. Es demasiado estrecho.

—Pero no tenemos nada más. Aquí termina el registro. —María pensó. Se rascó la cabeza. Iluminó la piedra, la cadena—. ¿Le preguntamos a Elina?

María interpretó el silencio como un «sí», así que, en cuanto salieron de la cueva, llamó a Morillas.

—Letrado, vamos a cerrar el caso. Pero antes quiero que Elina me explique una última cosa.

—El juez ya ha terminado con ella, sargento.

—Soy consciente. Pero hemos encontrado algo que queremos que nos aclare. Pónganoslo fácil: si se reúne con nosotros dentro de una hora en la prisión, letrado, cerramos hoy mismo el expediente.

—Sargento, ¿es consciente de que es domingo?

—Lo soy.

Morillas hizo una pausa.

—Una hora.

María mandó a sus hombres rebuscar y fotografiar la cueva mientras ellos iban a la cárcel.

Les pidió que observasen minuciosamente el grillete en busca de algún resto orgánico.

Ya en la prisión, accedieron a la misma sala de reuniones y Elina apareció con la misma ropa que el día anterior.

Sus ojeras, oscuras y profundas como pozos que esperan la lluvia, parecían maquilladas para un disfraz.

—Cadena… Ahí atamos perros. Los perros que…

—¿Qué, Elina?

—Los que atacan. Muerden… Los… castigamos.