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Habían pasado tres días ventilando la casa, tres días abriendo puertas y ventanas —a pesar del frío que los azotaba desde las montañas nevadas—, y no había manera: el olor aún era repugnante.
Durante el tiempo que duró la investigación, los agentes llegaron a pensar en la existencia de una especie de barrera intangible que impedía que entrara ni tan siquiera un mínimo resquicio de la fragancia de los montes que rodeaban la finca.
Aquella masa que flotaba en el aire pesado de la casa y que evocaba olores marrones, verdosos, quizá también un naranja similar a un vómito infantil que contuviera zanahorias, aquel hedor a sepulcro fresco aún poblado por la desdicha, a vendaje de herida que lleva varios días sin cambiarse, bloqueaba por completo el avance de la dulce humedad del lago, de los prósperos enjambres de pinos.
—No se va ni aunque te duches. Qué puto asco, joder —dijo el primer agente que entró aquella mañana en la casa mientras abría una ventana. Era, con diferencia, el día más frío de los tres que llevaban allí.
A eso de las nueve y media, mientras los guardias peinaban el terreno con rastrillos y extraían de la tierra esponjada un nuevo cargamento de objetos inverosímiles —entre ellos, una ingente cantidad de tampones usados, enterrados a poca profundidad y con letras escritas en su base, emborronadas por la humedad y por la sangre—, un eco de voces nerviosas estalló fuera de la casa.
Eran los periodistas, que se empujaban y gritaban tras las vallas que María había mandado colocar a pocos metros de las cancelas para preservar la intimidad de la investigación. Elina había llegado.
Los dos coches de la Guardia Civil aparcaron dentro, en uno de los laterales que ya había sido peinado.
Ambos eran conducidos por agentes de paisano.
Del primero se bajó el juez Ibáñez, un secretario judicial y el capitán Granero.
Del segundo, Morillas, Elina y dos guardias uniformados que la flanqueaban con aire imperial.
La sueca miraba su propia casa con el extrañamiento de un conquistador que se encuentra con una tribu salvaje en una playa dorada y virgen: frente arrugada, boca semiabierta, rostro de desconcierto.
Granero se adelantó y se acercó a María.
—Sargento, el juez quiere hacer esto rápido, dice que no tiene tiempo.
No quiere a nadie dentro de la casa salvo a sí mismo, al secretario, a Morillas, a ti y a mí.
Ah, y al sueco. El sueco también tiene que estar.
Otra cosa: tenemos al médico que la ayudó, al tal Jimmy.
El juez nos hizo detenerlo anoche. No te llamé porque había gente disponible y tú ya estabas descansando.
Está en otro coche, aparcado a cinco kilómetros de aquí.
No queremos más revuelo del inevitable. Cuando termine esta, lo hacemos venir para que nos cuente su versión.
Y, sargento, atenta a las incoherencias, por Dios.
—Perfecto, Carlos. Voy a sacar a quien haya dentro y te aviso.
La selecta comitiva subió al salón, y allí el juez habló por primera vez.
—Buenos días a todos. Estamos aquí para reconstruir los hechos acontecidos, según la detenida, en el invierno de mil novecientos noventa y siete. Retírenle las esposas, por favor. Gracias. Bien, señora Mattsen, indíquenos dónde y cómo encontró a su padre aquel día.
Y así, Elina fue explicando lo que ya había contado. Lo hacía con frases cortas y directas, confundiendo tiempos verbales. Cuando colaba alguna expresión en sueco, el juez la interrumpía para decirle:
—En español, por favor.
De vez en cuando, Morillas decía en voz baja:
—Lo estás haciendo muy bien, Elina.
Y María atajaba de inmediato:
—Letrado, no nos obligue a intervenir. No puede decir nada.
Morillas se disculpaba y seguía con atención los pasos de Elina.
El juez hacía preguntas muy sencillas, casi rutinarias y carentes por completo de filo, lo que llevaba a María a pensar que estaba deseando que la versión de Elina cuadrase.
Rasmus hizo un par de veces amago de decir algo, pero se echó atrás. Se lo veía serio, con aire contrariado.
—Cuéntenos ahora cómo la ayudó el señor Arteaga cuando llegó.
—Lo… cogimos… y lo bajaríamos… papá… en posición horizontal.
—¿Quién lo cogió de los pies?
—Mmmm… yo.
—De acuerdo. ¿Y adónde lo llevaron?
—A un baño… sótano.
—¿Dónde está ese baño?
—No.
—No, ¿qué?
—Ya no… lo quitamos. Obra.
—Bajemos —dijo el juez.
Abajo, Elina contó que el baño que ya no existía porque habían construido la habitación de los perros.
Que Jimmy troceó a Hans dentro de la bañera.
Que transportaron los restos en cajas de plástico de las que se utilizan para el pienso de los animales.
Allí había una caja, y el juez llamó a Jorge para que la fotografiara. Después le dijo a María:
—Me incluye esta fotografía en el informe, sargento.
María asintió.
En ese momento, Elina se echó a llorar. El juez y Granero se miraron con preocupación, con cara de «otra vez no, por favor».
Pero la sueca no se encasquilló, sino que tomó aire y contó que César, el perro-bestia, el que había muerto apenas a tres metros de donde estaban, les arrebató y se comió uno de los trozos del cuerpo de Hans.
Que lo cogió en un descuido y que fue imposible quitárselo.
—Venga, Elina, venga, va. Que ya estamos casi —dijo Morillas. Nadie lo calló esta vez.
Cuando se calmó, Elina los llevó a la cuadra y explicó, como pudo, que dejaron los trozos a secar allí extendidos. Una corriente de aire gélido entraba por la parte descubierta, lo cual convertía la estancia en un lugar perfecto para secar carne.
—Dos… meses —respondió a la pregunta del juez—. Después… fuego.
Así que subieron. Delante de la chimenea, Elina contó que fue echando las cenizas y los pequeños trozos que no llegaban a quemarse en las mismas cajas de plástico.
Explicó que trituraba los pedazos más grandes golpeándolos con un martillo; concretamente, con un mazo redondo.
Cuando terminó, arrojó el martillo al lago.
—Señora Mattsen —dijo el juez—. No se ha encontrado ADN humano en la chimenea.
Elina lo miró con cara de pasmo. Miró también a Morillas.
—Mucho tiempo —dijo.
Después salieron a la parcela, donde los guardias parecían una cuadrilla de voluntarios buscando a un boy scout desaparecido en un bosque remoto.
—Esto es enorme —dijo el juez.
Elina contó que fue esparciendo los restos por aquel terreno, con calma, día a día. Hacía gestos con las manos que pretendían expresar la totalidad de la finca y que la hacían parecer un explorador que aparta ramas imaginarias. También contó que tiró parte de los restos al lago Mamut.
—¿Cuánto tardó?
—Cinco o seis.
—¿Días?
—S… sí.
—¿Y Katja? ¿Dónde estaba?
—Ella…
—¿Sí?
—No… no vive aquí.
El juez se quedó mirándola con seriedad. María apenas podía contener las ganas de sacar la pelota antiestrés.
—Granero.
—Sí, señoría.
—Que la lleven de vuelta a prisión. Tráigame al otro detenido.
—Por supuesto.
—Letrado, tengo entendido que usted también representa al señor Arteaga.
—Así es, señoría.
—Pues, si no le importa, acérquese al aparcamiento para recibirlo y comprobar que todo esté bien.
Cuando Morillas echó a andar hacia la entrada, María preguntó por Jimmy. El juez le dijo que lo habían detenido la noche anterior en un bar de copas. Que hubo que esperar a que se le pasara la borrachera y que lo había interrogado a primera hora.
—Cuenta exactamente lo mismo —y remarcó—: Exactamente . Lo tenemos detenido por falsedad documental, así que no podemos retenerlo mucho. A ver qué nos dice del padre.
Jimmy era alto, recio, y transmitía a primera vista una enorme seguridad en sí mismo, quizá incluso cierta arrogancia. María pensó que sería un hombre en el que se fijaría en un bar. Llevaba barba de tres días y una media melena castaña. Si tenía resaca, no se le notaba.
—Buenos días, señor Arteaga.
—Buenos días, señoría. —El acento era claramente uruguayo.
—¿Todo bien, Jimmy? —preguntó Morillas. Jimmy se encogió de hombros—. ¿Dentro de lo que cabe?
—Sí, sí. Cansado.
—Vamos dentro —dijo el juez.
Y todos subieron de nuevo al salón. Allí, Jimmy contó que, cuando llegó, Hans estaba muerto en el sofá.
Que lo comprobó exhaustivamente porque Elina le había pedido por teléfono que llevara instrumental médico.
Que tenía toda la pinta de haber sido un infarto.
Que intentó convencer a Elina de que dieran parte, pero que ella le explicó los deseos de su padre.
—Y yo soy muy respetuoso con los deseos de los muertos. Entendeme .
—¿Qué hicieron después?
—Lo bajamos. En posición horizontal.
María sonrió ante la expresión. Era idéntica a la de Elina. Decidió intervenir.
—Señor Arteaga —dijo—. Elina nos ha contado que usted lo cogió por los pies.
—No —atajó Jimmy—. Fue ella.
—¡Sargento! —exclamó Morillas—. ¡No puede hacer eso!
—De acuerdo —dijo María levantando las palmas—. Disculpe, letrado.
El juez miró a María con gesto de reprobación y Rasmus con una media sonrisa que transmitía un «casi», o quizá un «buen intento».
Ya abajo, Jimmy explicó cómo llevó a cabo el descuartizamiento del cuerpo —«no sabés lo fácil que es si se conoce la anatomía de las articulaciones»—, y finalmente contó que, tras ayudar a trasladar los restos a la cuadra, después de que César les robara un trozo y se lo comiera delante de ellos, se marchó.
Del resto del proceso decía no saber nada.
El juez le preguntó por los certificados.
—En ese momento, Elina y yo éramos medio pareja.
Y ella me pidió ayuda. Yo sabía que no tenía dinero, que la pensión era indispensable para que ella saliera adelante…
¿Cómo me podía negar? No pude, señoría. Estoy seguro de que, con un mínimo de empatía, ustedes me comprenderán.
Yo firmaba los documentos cada año para echarle una mano a una mujer desamparada.
Lo siento mucho, pero creo que, en cierta medida, era justo.