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Ingrid abrazó a ambos: primero a él, luego a ella.
Viktor le devolvió su juego de llaves —Ingrid no se acordaba de que tenían llave de la casa— y salieron por la puerta principal.
La noche los engulló para siempre. Ya arriba, Ingrid se cambió de ropa y se metió en la cama.
Gabriel se había quedado abajo viendo un partido de la nba .
Ingrid se puso las gafas de lectura y abrió la carta.
Al sacar el papel de dentro del sobre se dio cuenta de que estaba impregnado en un polvo blanco que la hizo estornudar en bloques pares.
Dos, cuatro, seis veces. Sacudió la carta y pudo controlar los estornudos.
Pensó que el polvo, que se disolvió en el aire hasta desaparecer, sería harina, pues aquella tarde Viktor y Elise habían horneado unos bollos dulces que habían causado sensación entre los comensales.
Le causó ternura que hubieran escrito la carta allí, en la cocina.
La nota, con bastantes errores gramaticales, estaba redactada en español.
Ingrid no entendía por qué. Además, no explicaba nada nuevo.
Eran unas líneas en las que contaban que habían conseguido arreglar sus asuntos en Suecia y que volvían a casa.
Finalmente, decía: «Muchas gracias de estos amigos que te aprecian mucho.
Ellas te dan un fuerte abrazo. Hasta siempre».
Obviamente, Ingrid interpretó que aquel «ellas» era uno de los errores gramaticales tan frecuentes en la pareja, sobre todo en Elise, que era quien parecía haber redactado la carta a tenor de la letra.
Ingrid se durmió de manera fulminante y su mundo se sumió en sueños discontinuos, rasgados, incompletos.
Por la mañana, sus pulmones ya eran una losa que apretaba su tronco con una fuerza tiránica.
No obstante, Ingrid se levantó obstinada en arreglar el jardín.
Se tomó un café y se abrigó ostensiblemente con una trenca, una bufanda y un gorro a juego.
Gabriel le preguntó que cómo estaba, le dijo que tenía mala cara y le enseñó el IDEAL de esa mañana, donde una nueva columna hacía referencia a Elina y a su carácter excéntrico.
«Es la hostia, ¿verdad, cielo?», le dijo mientras dejaba la taza en el fregadero.
Después besó a Ingrid, le pidió que se cuidara, que por favor se acostara y se marchó.
Ingrid salió al jardín helado exhalando densas nubes de vaho lechoso.
Despacio, a un ritmo muy inferior a su actividad habitual, fue podando arbustos y recortando las plantas de los arriates.
Los pulmones le dolían, la cabeza le iba a estallar y sentía que una mezcla incongruente de frío y calor recorría todo su cuerpo en oleadas verticales.
Cuando llevaba una media hora, Vinbär apareció con algo en la boca y lo puso junto a ella. Maulló.
—Vinbär —dijo—. ¿Qué traes?
El gato maulló de nuevo e Ingrid comprobó que era un pájaro diminuto, apenas recién nacido, un pequeño animal que parecía hecho de plástico, arrugado y enrojecido.
—Ay, Vinbär, por Dios. Qué asco. ¿Para qué me traes esto?
Ingrid se agachó y, en cuanto tocó al pájaro, en cuanto su dedo notó la textura rugosa y fría de la piel muerta bajo la fina capa de plumas, el rayo la atravesó.
Así quedaría impreso para siempre en su memoria: como un rayo.
Fue fulminante, lumínico, eléctrico, telúrico.
Una descarga que recorrió su cuerpo desde las manos hasta la cabeza y los pies, que la hizo gritar levemente de forma ahogada y caer desplomada al suelo, primero de culo, para quedar finalmente tirada boca arriba.
Ingrid luchó por no desmayarse, pero no podía apenas respirar y sentía que la realidad empezaba a desmenuzarse, que el mundo estaba hecho de arena seca y que alguien, un enorme puño divino, lo estaba golpeando sin compasión.
Mientras luchaba contra aquel rayo que la atravesaba, Vinbär se acercó a ella, despacio.
Después se restregó contra su hombro, maulló un par de veces, e Ingrid vio cómo se comía el pequeño pájaro muerto.
Lo masticaba con calma, triturándolo con la parte lateral de su mandíbula.
Pero Ingrid no llegó a ver al gato terminar el proceso de deglución porque todo aquel mundo de arena destrozada se hizo oscuro de repente.
Completamente oscuro, como la boca de un enorme pez abisal de esos que viven en el lecho de un mar inhóspito, deshabitado, prehistórico.
Fue Adam quien la encontró. Rápidamente avisó a Nora, que llamó al teléfono de Emergencias. La ambulancia tardó unos diez minutos, y cuando Gabriel llegó a la zona de urgencias del hospital Ruiz de Alda, media hora más tarde, un médico lo recibió para decirle que Ingrid estaba en la UCI y que:
—Su pronóstico ahora mismo es grave.
—¿Por qué, doctor? ¿Qué tiene?
El médico se rascó la barbilla con la mano, levantó la vista del suelo y se quedó mirando al frente con el mismo aire de asombro de quien mira el paso de un asteroide en llamas. Unos segundos después le dijo a Gabriel:
—Porque estamos en un hospital occidental en pleno año dos mil dos y no sabemos qué le pasa a su mujer.