Una fábula sueca 33 #2
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Y sin mediar palabra, se marchó. Ingrid no vio cómo Katja desaparecía en la noche porque las paredes que flanqueaban la puertecita enrejada se lo impidieron.

« Förbannad ». El pecho le apretaba y la cabeza le ardía.

Vinbär echó a andar camino de la casa, como quien se levanta de su asiento del teatro cuando el espectáculo termina, e Ingrid pensó en salir y borrar lo que Katja había escrito.

Pero se dijo que estaba demasiado cansada, que la lluvia que iba a caer de manera inminente se encargaría de hacer desaparecer el carbón y la saliva —« Förbannad »—, pero lo cierto es que en un estrato un poco más profundo de su geología emocional, Ingrid sentía un miedo atroz de acercarse a aquellos jeroglíficos macabros. Subió y se acostó.

Al día siguiente se levantó mucho peor. Apenas le salía un hilo ronco de voz por la boca y las sienes le presionaban como si llevara puesto un casco de una talla diminuta.

Pensó en cancelar la cena, pero no tenía ánimo para hacer tantas llamadas y si se lo pedía a Gabriel estaba segura de que este le contestaría con uno de sus hirientes «te lo dije» que Ingrid no podía soportar.

Así que descansó toda la mañana, tomó una cantidad indecente de medicación y, a las cuatro, cuando llegaron Viktor y Elise, les dijo lo que había que preparar y se volvió a acostar.

A eso de las siete bajó al salón. La mesa ya estaba puesta y la cocina emanaba un olor delicioso a especias calientes.

Elise salió a su encuentro. Ingrid, confusa, le preguntó:

—Elise, ¿dónde está todo el mundo?

Ella, con aquella tímida dulzura que desprendía, contestó:

—Gabriel ha bajado al pueblo a comprar vino y tu madre está con su amiga Ana. Dijo que vendría para las siete, así que estará al caer. Los chicos están en el sótano. Ingrid, ¿estás bien?

—Sí, sí. Muy cansada, pero bien. He cogido una buena gripe.

—Está fuerte este año la gripe, sí. Mi madre ha estado igual. —Elise sonrió, e hizo una pausa antes de seguir—. ¿Podemos hablar un momento?

—Sí, cariño. Claro que sí. ¿Qué ocurre?

El gesto amable de Elise se ensombreció.

—Es que, verás…

—Ven, ven —dijo Ingrid—. Siéntate.

Elise se sentó y le dijo que esa tarde era la última vez que irían a su casa.

Que se volvían a Suecia gracias a un asunto que habían conseguido arreglar, y que estaban muy contentos de regresar.

Que les sabía un poco mal dejarla así, de un día para otro.

Ingrid se alegró muchísimo por ella, por ellos, y le dijo que no se preocupase, que seguro que encontraba a alguien, pero que lógicamente no sería tan estupendo como ellos.

Le dio las gracias y le dijo que no la abrazaba porque no quería contagiarle la gripe.

Pero Elise la abrazó. Su rostro transmitía una tristeza similar a la que emanan las mujeres pintadas por Edward Hopper.

—Vuelvo al trabajo, ¿vale?

—Vale, cariño. Yo voy a ir vistiéndome. Bajo en un rato y nos ponemos con lo que falte por hacer.

Ingrid se arrepintió de haber invitado a tanta gente.

De hecho, es posible que hubiera invitado a la misma de siempre, solo que aquella vez nadie falló.

E Ingrid sabía que todos venían muy excitados por el tema de las suecas, casi tanto como los periodistas que la asediaban.

A eso de las nueve el salón ya estaba a rebosar de gente de pie, que bebía las primeras copas de vino, reía a carcajadas, charlaba sobre trivialidades introductorias como las obras de la circunvalación o la entrada del euro, gente cuyas voces tapaban por completo la bossa nova que sonaba a volumen bajo a través de los altavoces y que saturaba la cabeza algodonosa de Ingrid.

Obviamente, todos esperaron a estar sentados a la mesa para hablar sobre las suecas.

Aquel no era un tema para tratarse de pie.

Ingrid empezó con ganas y respondió a la enorme cantidad de preguntas que le hicieron.

Se escuchó —una vez más— el relato pormenorizado de Gabriel sobre la visita a la casa de La Umbría y sobre la cena del Viernes Santo, pues había personas que no conocían el reguero de detalles morbosos que su marido contaba con el ansia de un trovador errante en un palacio de Occitania, muchos de ellos añadidos a posteriori por él mismo, quien había convertido la historia en una especie de romance que los juglares hubiera ido completando para dotarlo cada vez de más emoción narrativa.

Llegado cierto momento, Ingrid dejó de hablar.

Solo oyó. Oyó a Naoko, quien dijo que había escuchado en la radio que Elina vivía desnuda en la cárcel.

Y también oyó que Esteban, tras servirse un poco de ensaladilla con una cuchara que no era para eso, decía: «No me extrañaría que se haya follado a un guardia, la verdad».

Y oyó que Berta decía que aquello era «muy heavy ».

Y oyó a Andrés, el novio de Berta: «Yo si fuera vosotros hubiera denunciado antes», y oyó a Gabriel responder que no era para tanto, que era a ella —a Ingrid—, a quien le había afectado más todo aquello.

También oyó a Jutta imponer su voz para decir que los perros eran temibles y que a ver cómo iba la Policía a entrar a esa casa.

Oyó eructar de manera casi silenciosa a un profesor, un compañero de Gabriel que no conocía, y oyó a Luis decir que el ideal había publicado la noticia esa misma mañana y que a él aquella casa le ponía «los pelos como escarpias».

Oyó a Nora pedir más vino, oyó a Gabriel comentar que Elina era menos tonta de lo que parecía, oyó a Naoko decir que lo del Viernes Santo había sido «alucinante», oyó a alguien que dijo que aún no sabía cómo Ingrid había tenido el valor de salir en mitad de la tormenta y aproximarse a aquel coche y también oyó a varias personas decir que estaban de acuerdo.

Oyó a Miguel estornudar, oyó a Carmen reír, oyó a Saúl decir que tenía que pintar un cuadro de todo aquello y, por último, se oyó a sí misma gritar:

—¡Ya está bien!

No parecía ella, no parecía su voz. Todos la miraron.

Todos se disculparon. Ingrid también se disculpó.

La música se escuchó con limpieza por primera vez en toda la noche y la cena discurrió a partir de entonces de una manera tibia y grisácea.

Los comensales se marcharon, Ingrid se tomó unas diez pastillas distintas y le dijo a su familia que, por favor, la dejaran descansar.

Parecía que el día no fuese a terminar nunca.

Antes de irse, Viktor y Elise se despidieron de ella, ella les pagó y les dio un sobre con una cantidad de dinero extra a modo de agradecimiento.

Como si se tratase de un intercambio, Viktor le tendió otro sobre:

—Léelo luego tranquila. Te hemos escrito unas líneas de despedida.