Una fábula sueca 33
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—Mamá, estás hecha mierda.

—¡Adam! —le reprendió Nora—. No le hables así a tu madre, por Dios.

Gabriel, que acababa de meter un tronco en la chimenea, sonrió y dijo:

—Pero si es verdad, Nora. Cariño —dijo, y se giró hacia Ingrid, que tosía tapándose la boca—, no te enfades, pero es que da cosa verte.

—¡A ver si ahora una no puede pillarse una buena gripe! —La voz de Ingrid sonaba abotargada, áspera, acuosa.

—Lo que tienes que hacer es descansar, hija. Que no paras.

—¿Seguro que quieres mantener la cena de mañana, cielo?

—Sí, sí. Por supuesto. Yo mañana me meto un Frenadol y un buen chute de cafeína y santas pascuas. Necesito socializar un poco. Ya lo sabes.

En realidad, Ingrid no había expresado en voz alta cómo se sentía, y solo había dado una versión ligera acerca de lo que circulaba por su interior cuando veía a Elina en la prensa, cuando leía todos aquellos artículos baratos y afectados que perseguían el morbo desaforadamente, cuando la llamaba un periodista sueco para intentar embaucarla y que le contase algo sobre lo que la prensa sensacionalista había calificado como «el asunto del pasaporte».

Ella se había limitado a condensar toda su confusión interior en un tibio: «Estoy un poco harta, la verdad».

Pero no era así como se sentía, ni mucho menos.

Ingrid había entrado de nuevo en ese proceso de negación y de minimización tan frecuente en las personas abrumadas por ideas que no aceptan, en personas abrumadas por borrascas emocionales que pretenden disipar soplando con la boca; y eso es algo que nos debería llevar a pensar que nuestra mente, la mente humana, capaz de lograr las proezas más fascinantes, de extraer leyes sobre el funcionamiento del universo, capaz de hacernos ver lo invisible, de descifrar lo metafísico y lo intangible, no es más que una frágil nubecita surcando un océano, y que, en cualquier momento un tifón, un tornado, un huracán, un fuerte golpe de aire, la podrían disolver de manera fulminante, o con suerte la arrastrarían hasta un confín remoto del mundo similar a esas vastas zonas vacías de los mapas antiguos donde los cartógrafos dibujaban enormes monstruos, quizá en un intento absurdo de pensar que el miedo es algo externo al ser humano e ignorando que cualquier forma de horror posible es nuestra y solamente nuestra, sin remisión, sin excusas, sin concesiones. Nuestra.

Esa tarde, Ingrid recibió un fax de Klara Pålson informándola de que Elina le había contado al juez que Hans murió una tarde de invierno, cinco años atrás, y que ella se había ocupado del cadáver en solitario.

Así lo expresaba la cónsul general: «ocupado».

Contaba que después de eso le había dado un ataque de ansiedad.

Así que el juez había dispuesto un registro completo de la vivienda y había decretado prisión preventiva para Elina y secreto de sumario.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Gabriel después de leer el fax.

—Harta —contestó Ingrid con su voz tomada—. Muy harta.

La cónsul pasó la tarde descansando, pensando en que tenía muy descuidado el jardín.

Mandó a Gabriel a hacer la compra para la cena, aunque había avisado a los comensales de que estaba atravesado una gripe y que necesitaría que trajesen algo más de comida, ya que ella no iba a poder ocuparse con su eficacia habitual.

No obstante, contaba con la ayuda de Viktor y de Elise, que acudirían a su casa a las cuatro de la tarde del día siguiente.

Por la noche, Ingrid subió a darles las buenas noches a los niños.

Tal y como había previsto, el nuevo libro que habían elegido leer en voz alta antes de dormir —un volumen de cuentos que homenajeaba a J.

R. R. Tolkien— había provocado cierta desilusión en Adam, que ya no atendía a la lectura del mismo modo que lo hacía con el libro de fábulas suecas.

Ingrid sabía que aquel libro había conseguido unirla a sus hijos de una manera irrepetible.

«Todo es tan efímero que asusta», pensaba al respecto.

Tras terminar uno de los cuentos —flojo, a juicio de Ingrid— y apagar las luces, besó a sus hijos —Adam ya se apartaba discretamente para que el contacto con su madre fuese el mínimo posible— y apagó la luz. Cuando estaba cerrando la puerta, Camilla, con la voz pesada del sueño naciente, dijo:

—Mamá.

Ingrid abrió un poco más la puerta, iluminando una parcela del dormitorio a oscuras.

—¿Sí, cariño?

—¿Por qué viene Katja por las noches?

Ingrid sintió un escalofrío, un pinchazo azul en el costado, una oleada nerviosa, un regusto marrón en la boca.

—¿Qué?

—Katja, la mujer de los perros. Que por qué viene.

—Estás chalada —dijo Adam desde su cama, medio dormido—. Tomas mucho azúcar.

—¿Dónde, cariño? ¿Adónde viene?

—Aquí, a casa. Bueno, aquí aquí , no. Fuera. —Camilla señaló la ventana—. Es que, por las noches, Vinbär se va cuando casi me he quedado dormida. Lleva ya varios días así. Y hace un par de noches, lo escuché maullando en la calle. Me asomé y estaba al lado de la reja pequeña, con Katja.

—Cariño…, ¿estás segura de que era ella?

—Sí, mami. Claro que sí.

Ingrid pensó.

—¿Y qué hacía, cielo? ¿Hacía algo?

—No sé lo que hacía. Estaba agachada, como tocando el suelo, pero no sé por qué. Y anoche también vino. Pasó lo mismo. Vinbär bajó con ella y ella se agachó.

Ingrid se sentía abrumada, notaba algo en su interior que podría definirse discretamente bien con las palabras «extrañamiento» e «irrealidad».

—¿Por qué viene, mami?

—No lo sé, cariño. Quizá eche de menos a Vinbär —se le ocurrió a Ingrid a medida que hablaba—. Como vivió con él durante un tiempo, pues lo mismo le apetece venir a verlo. Y solamente puede hacerlo por las noches.

—Pero… —empezó a decir Adam.

—Shhhh —lo cortó Ingrid.

—Sí, seguro que lo echa de menos —sonrió Camilla.

Vinbär los miraba desde la silla de estudio, hecho ya un rosco, esperando a que Ingrid se fuera para pasarse a la cama de su hija.

Ingrid no se lo contó a Gabriel, y cuando él se subió a dormir, le dijo que quería quedarse abajo leyendo un rato y esperando a que le hiciera efecto el antitusivo que se acababa de tomar, pues hasta entonces lo molestaría mucho con los golpes de tos que le brotaban cada dos minutos.

En cuanto Gabriel subió, Ingrid fue a la cocina.

Como estaba justo debajo de las habitaciones, calculó el ángulo desde donde Camilla veía la reja lateral.

Le dolía mucho la cabeza y pensó que probablemente tendría fiebre.

Una presión que acortaba su respiración le oprimía el pecho sin descanso.

Se preparó un té verde y se quedó asomada a la ventana, de pie, con las luces apagadas, con las manos heladas rodeando la taza, con el costado reverberando un eco afilado y con el corazón empapado en una desazón acrecentada por las sombras de las nubes que se desplazaban a lo largo de la cocina creando figuras fugaces, inciertos dibujos que aparecían repentinamente en las paredes.

No pasó mucho tiempo hasta que vio a Vinbär dirigirse a la puerta lateral.

Llevaba andares tranquilos y seguros. Andares imperiales.

Se acercó a la reja, se lavó una pata y se sentó.

Un minuto después, apareció Katja. Iba arrebujada en un abrigo que la desbordaba por todas partes, posiblemente una prenda de hombre, y llevaba la capucha echada.

Ingrid no se lo pensó: respiró, sintió un golpe ácido en el estómago y salió al jardín por la puerta trasera de la cocina.

Cuando llegó a la reja, Katja estaba agachada, tal y como había dicho Camilla.

—¿Qué haces? —preguntó con voz potente y nerviosa a medida que se aproximaba—. ¿Qué haces en mi casa, Katja?

Katja levantó la vista despacio y miró a Ingrid.

Llevaba un objeto negro en la mano y había pintado algo sobre la acera.

Sus cabellos se arremolinaban circularmente dentro de la capucha como los de una medusa esculpida en un templo griego.

El gato se frotaba contra su pierna derecha.

Despacio, en silencio, se levantó mirando a Ingrid y sin dejar de sonreír, dijo:

—Hola, Ingrid.

Ingrid no dijo nada.

—Creo que te equivocas —continuó—. No estoy en tu casa. Estoy en la calle, paseando. Me gusta pasear por aquí.

Ingrid no podía soportar aquel cinismo. Su cuerpo hervía de fiebre, de angustia, de furia.

—¿Cómo puedes ser tan cínica? ¿Paseando? Vamos, Katja, por Dios.

—Sí, Ingrid. Me gusta pasear por aquí porque el gato sale a verme. Nos conocemos desde hace tiempo.

—¿Cuándo me vais a dejar en paz?

Katja pensó.

—Tuviste muchas oportunidades. Estuvo en tu mano.

Ingrid miró al suelo.

—¿Qué es eso? ¿Qué coño es eso?

Katja sonrió y arqueó las cejas, como si recordase de repente la tarea que había dejado a medias. Sin mediar palabra, se agachó. Vinbär chocó la cabeza contra su brazo, ronroneando.

—¿Qué haces, Katja?

Pero Katja no contestó, sino que con un carbón fino y afilado dibujaba símbolos ininteligibles, un código críptico que remató con una cruz invertida a cada lado.

Tras terminar, se levantó y miró de nuevo a Ingrid a los ojos y sonrió.

Después agachó la cabeza y escupió sobre los símbolos.

El salivazo sonó como cuando un niño lanza de manera torpe una piedra al mar, una piedra que toma una trayectoria de curvatura lateral, extraña, y que culmina con un seco: «plop». Katja levantó la vista y dijo:

— Förbannad .