32 #3
—Muy seguros tienen que estar de que no vamos a encontrar nada para que nos hayan contado esa mierda. Hace falta mirar bien la ley, Prados. Estoy casi segura de que legalmente es el mejor relato posible. Tenemos que encontrar algo de Hans. Por mis muertos que tenemos que encontrar algo. Coño.
—¿Y si es verdad?
—Anda, Rasmus, no me jodas.
No hizo falta consultar la ley. Porque en cuanto María se lo contó a Granero por teléfono, fue el capitán quien preguntó:
—Sabes la dirección que está tomando esto, ¿verdad?
—La intuyo, pero dímela tú.
—Pues que la ley de enterramientos considera la inhumación privada como una falta, y no como un delito.
—Se lo están inventando, Carlos. Es que no tiene sentido.
—Pues claro, sargento. Pero me lo tienes que demostrar. Voy a comunicárselo al juez. Ahora te llamo y te cuento lo que me diga.
Rasmus miraba a María.
—¿Qué?
—Que mientras no haya cuerpo…
—Ya lo sé, joder.
Granero volvió a llamar cuando llegaban a La Umbría.
—María, ya he hablado con el juez. Su señoría quiere que Elina vaya mañana a la casa para hacer una reconstrucción.
Le va el teatro al hombre. Dice que, aunque no se cree una mierda, no hay nada que no sea posible.
El perito opina que la versión que ha dado Elina está un poco cogida con pinzas, pero que puede ser plausible.
Si la reconstrucción es coherente, el juez nos va a dar un par de días como mucho antes de cerrar el caso.
—¿Estás de cachondeo?
—Me da la sensación de que lo están presionando por algún sitio.
Y para presionar a un juez en este país, en el que los hemos convertido en semidioses, ya hay que tener poder.
Supongo que será la mierda de la diplomacia, que siempre quiere taparlo todo.
La declaración de Elina que me habéis mandado por fax ya está en el juzgado, así que veremos a ver con qué estremecedor relato nos despierta la prensa mañana.
—Granero amagó una carcajada en sordina y dijo—: Sargento.
—¿Qué?
—Tráeme algo, por Dios. Que esto no acabe así.
Cuando llegaron a La Umbría, la faja naranja del crepúsculo se ceñía al borde oeste del mundo. Toda la vegetación estaba helada y tintada por la sangre cuajada del sol.
María entró a toda prisa en la casa. Los agentes hablaban entre sí, se notaba el agotamiento en sus caras y en el ambiente.
—¿Algo? —preguntó—. ¿Algo de Hans?
Nadie pareció escucharla, todos charlaban o se movían de un lado a otro sin un rumbo claro.
—¡¡ joder !! —gritó María con todas sus fuerzas. Todos se quedaron inmóviles y la miraron con los rostros lívidos de quien se despierta de súbito—. ¿ alguien puede decirme si hemos encontrado algo del padre, me cago en dios ? ¡ coño !
Quintana se acercó lentamente a María, que respiraba con agitación, con las sienes henchidas de sangre extraviada y con la barriga rabiando de un hambre que no quería escuchar.
—Nada, sargento. Es como si ese hombre jamás hubiera estado aquí. Lo siento.
María respiró.
—¿Y la puta dentadura?
—No, mi sargento. Hans no llevaba dentadura postiza. Lo hemos comprobado. ¿Qué… qué ha pasado?
María les contó a sus agentes lo que Elina había declarado. A las caras de asombro siguieron argumentos que apuntaban en la misma dirección: aquello era un cuento de Morillas para escapar lo mejor posible.
—Es el único resquicio que tienen para eludir el delito penal. Y no me sale del coño que lo eludan. Porque no me lo creo. Así que vamos a salir ahí afuera a rebuscar el puto terreno.
—María, ya es de noche.
—Pues acercamos los coches y echamos los faros.
—Sargento…
—Ni sargento ni mierdas. ¡Todos fuera!
María se dio cuenta de que aquello no tenía sentido casi de inmediato.
Encendieron los focos de los coches y rastrearon el terreno más cercano a la casa.
Bajo esa luz terrible, todos los objetos amontonados en el suelo parecían sandías luminiscentes que estuvieran a la intemperie sobre una meseta lunar.
—María, esto no tiene ningún sentido.
—Rasmus, cierra la puta boca.
Pero claudicó. No le quedó otra. Su cuerpo temblaba de frío, de rabia, de hambre, de exceso de cafeína. Mientras apretaba la pelota rosa, sus hombres miraban al suelo y caminaban despacio. Parecían la vanguardia de un alzamiento de miserables.
—¡Dejadlo! —gritó finalmente—. ¡Vámonos a casa!
De camino a la calle, se detuvo junto a Rasmus.
—Perdona, Rasmus. Lo siento.
El sueco la miró con sus ojos traslúcidos que reflejaban los faros de un coche patrulla.
—Tranquila, María. He llevado casos así. No te preocupes. Vamos, que hace frío.
Echaron a andar juntos, y María rompió el silencio de la marcha pare decirle:
—Por cierto, Rasmus. ¿Qué te dijo Elina? La frase en sueco, cuando entramos.
Rasmus se detuvo y lo que dijo salió de su boca con un vaho denso y fugaz, como los sueños que empiezan a olvidarse cuando despertamos.
—Que, desde ese momento, estabas maldita.
María pensó. Sonrió.
—¿Maldita?
—Eso dijo.
—Por el coño me paso la maldición. Por el mismísimo coño.
Y María, apretando su pelota antiestrés, pensando en su hijo, que estaría ya casi a punto de cenar, y en las caras satisfechas de Elina y de Morillas, se subió al coche con Prados. Podría decirse que estaba levemente fuera de sí.