32 #2
—Sí, bastante. Pero no se calla. Está todo el rato hablando por lo bajo. Supongo que en sueco, porque no se entiende nada.
Cuando llegaron a la puerta de la sala 3, Morillas ya los estaba esperando. El bigote, la calva y el traje marrón sobre su cuerpo obeso le daban más que nunca un aspecto de morsa glaciar.
—Buenos días, letrado.
—Vaya, sargento. Veo que trae la artillería.
—Nunca se sabe lo que puede haber tras una puerta —dijo María—. Pregúnteselo a nuestro agente herido.
—Es una pena, lo lamento. No obstante, quizás deberían explorar con más cuidado las casas ajenas.
En ese momento, María fulminó a Rasmus con una mirada que decía de forma inequívoca: «Ni se te ocurra». El agente sueco pareció comprenderla de inmediato porque agachó la cabeza.
—Esperen unos minutos —dijo un funcionario—. La estamos trasladando.
Los cuatro esperaron en silencio. Fue Rasmus quien, después de oler teatralmente el aire como un sabueso, dijo:
—Siempre el mismo.
—¿Qué? —preguntó Prados.
—El olor —dijo dándose la vuelta—. Todas las cárceles huelen igual. No importa dónde estés. El olor a cárcel es inconfundible. Es…
—Animal —dijo Prados.
—No —dijo Rasmus—. Creo que es emocional. Es el olor de mucha gente desquiciada al mismo tiempo.
La puerta de la sala se abrió.
—Pasen —dijo el funcionario.
Al igual que en la comandancia, María se propuso observar la primera mirada que se lanzasen Elina y Morillas, pero le fue imposible porque toda su atención se desvió hacia la sueca.
Iba vestida con ropa prestada por la prisión, ropa de anciana completamente opuesta a su agresividad habitual.
Su pelo enmarañado parecía una de esas masas de algas que los temporales depositan en la orilla y que suelen llevar multitud de objetos enredados, y su rostro parecía haber envejecido diez años.
Elina tenía un nuevo gesto animal, como si perteneciera a una especie poco más que tangencial al resto del mundo, una criatura marginalmente humana.
Lo curioso: con las piernas encogidas sobre su pecho y las manos esposadas abrazando sus rodillas, fue ella quien saludó.
—Buenos días a todos —su voz sonaba clara, lúcida.
—Buenos días, Elina. ¿Cómo estás? —preguntó Morillas.
—Bien, tranquila.
María presentó a Rasmus y Elina lo miró y le dijo algo en sueco. Una frase lenta y pausada. María la frenó en seco:
—Rasmus, no contestes. Elina, no puedes hablar en sueco, ¿de acuerdo?
Elina asintió.
—Bueno, Elina. Ya sabes por qué estamos aquí. Ayer declaraste ante su señoría que incineraste a tu padre en la chimenea porque era su deseo, ¿correcto?
—Así es.
—Vale. Pero resulta, Elina, que ha venido un experto a hacer un estudio de la chimenea.
Un científico. Y ha dicho dos cosas que chocan de frente con tu versión.
Aunque, en realidad, no nos hacía falta que viniera un científico para darnos cuenta de eso, ¿verdad, Prados?
—Prados asintió con aire cínico—. Lo primero salta a la vista, Elina, no hay que ser muy espabilado: en la chimenea no cabe un cuerpo adulto.
Y, además, en tu chimenea no se puede alcanzar el calor suficiente para quemar a una persona.
Así, que… —María miró a Elina a los ojos, amplificados por las enormes gafas—.
Te lo vuelvo a preguntar: ¿qué ocurrió con tu padre?
Elina le aguantó la mirada a la sargento y guardó silencio.
Dio una convulsión y cambió de postura. Un calefactor de aire caliente dejaba en el ambiente de la sala un olor plomizo a polvo quemado.
María empezó a temer que Elina estuviese dando comienzo al show, pero miró a Morillas, este asintió levemente y la sueca dijo:
—Es… sencillo. Sencillo.
Después guardó silencio.
—¿Qué es sencillo, Elina?
Su rostro envejecido se contraía de vez en cuando, como quien lucha conscientemente contra un tic facial.
—Cuéntale lo de Jimmy, Elina —dijo Morillas.
—¡Letrado! —cortó María—. No es su turno, no está autorizado a hablar.
—Disculpe, sargento.
—Disculpe, no. No lo vuelva a hacer o aquí vamos a tener problemas.
—De acuerdo. Comprendido.
—Elina —dijo Prados con voz calmada—. ¿Cómo lo hiciste? Te vas a quedar tranquila cuando nos lo cuentes, ya verás.
Elina miró de nuevo a Morillas. El abogado levantó las cejas, como un director de teatro infantil ante el niño que se retrasa en su frase.
—Jimmy… —dijo—. Jimmy.
—Estupendo —dijo María—. Jimmy. ¿Quién es Jimmy?
—Mi… mi… pojkvän .
María miró a Rasmus.
—Novio —dijo el sueco.
—Vale, es tu novio —dijo María—. ¿Y qué hizo Jimmy?
Elina pensó.
—Médico… Jimmy…
En ese momento, al escuchar la palabra «médico», María sintió un chispazo mental, pues recordó el nombre de quien firmaba todos los certificados de vida de Hans.
—Elina, ¿Jimmy se llama James Arteaga?
—Sí —asintió la sueca.
Prados se agitó levemente en la silla. Rasmus miraba atentamente la conversación.
—¿Jimmy te ayudó, Elina?
—Sí.
—¿Y cómo te ayudó, Elina? Cuéntanoslo.
Elina empezó a mover las piernas adelante y atrás, rodeadas por las esposas. Parecía un niño en un columpio. Sus ojos se humedecieron. Miró a Rasmus. Ladeó la cabeza para decir.
— Bitar. —Una lágrima rodó por su mejilla izquierda—. Bi… tar.
Rasmus clavó la vista en María.
—¿Qué? —preguntó la sargento.
—Trozos —dijo Rasmus—. Lo hizo trozos.
—Elina —dijo María muy despacio—, necesito que me hables en español, por favor. ¿Nos estás queriendo decir que Jimmy y tú descuartizasteis a tu padre?
Mientras María silabeaba con calma la palabra «descuartizasteis», Elina rompió a llorar.
—Sí —dijo—. Sí… —Sorbió mocos, restregó su rostro contra sus rodillas encogidas—. Hicimos trozos… luego… luego…
—¿Sí, Elina? ¿Qué pasó luego?
—Luego… los secamos.
María escrutó los rostros de los presentes. Todos mostraban algún tipo de emoción salvo Morillas.
—¿Con qué lo hiciste trozos?
—Jimmy… médico. Él… usó… él… una sierra. De médico. Jimmy…
—Vale, entiendo. ¿Y por qué los secasteis?
Elina metió la cabeza entre las rodillas para llorar.
María había visto multitud de circunstancias en los interrogatorios, auténticas barbaridades, pero a pocas personas había visto sufrir tanto como Elina en ese momento.
Era la viva imagen de la desolación. Parecía una niña que acabara de tomar conciencia de una desgracia, de un desastre, de un espanto irreparable.
—Chimenea… —Elina sacó la cara de las rodillas, las gafas torcidas, el flequillo pegado torpemente a la frente por el sudor y las lágrimas—. Seco se puede quemar.
—Joder —se le escapó a María—. Perdón —se corrigió.
El interrogatorio se dilató un buen rato más.
Finalmente, cuando reconstruyeron toda la información que Elina iba soltando entre balbuceos, entre llantos, entre puntos suspensivos, Prados sacó el ordenador portátil y redactó una declaración.
El sonido mecánico de sus dedos tecleando se mezcló con la ronca exhalación del calefactor, y ambos ayudaron a sobrellevar un silencio de casi cinco minutos.
Finalmente, Prados salió y volvió con el folio impreso.
Morillas leyó la declaración. En ella, Elina sostenía que había encontrado a Hans muerto por causas naturales una tarde de enero, cinco años atrás, y que, siguiendo sus deseos, le proporcionó una cremación «tradicional».
Para ello, contó con la ayuda de James Arteaga, su compañero sentimental, quien poseía conocimientos de anatomía al dedicarse a la medicina como traumatólogo.
Juntos descuartizaron el cadáver y dejaron secar los trozos en una habitación de su casa a la que llaman «la cuadra».
Después, los quemaron en la chimenea poco a poco, en varias tandas.
Finalmente, Elina, en solitario, esparció las cenizas (y trozos más grandes, ya que, según afirmó, el fuego no pudo quemar todas las partes, a pesar de haber usado gasolina para prenderlo) por todo el terreno de su finca, tal y como deseaba su padre.
También respondió a las preguntas sobre el depósito de cal que, tal y como habían supuesto, era la tumba de los perros que nacían con problemas. Según explicó Elina entre balbuceos, la crianza de razas puras acarreaba ciertas desviaciones genéticas.
—Pues me parece increíble —dijo Prados.
Elina lo miró sin expresión alguna en su rostro plano.
Antes de marcharse, María, ya de pie, miró a Elina con un gesto que mezclaba la pena y un sarcasmo enquistado.
—Ah. —Pausa—. Por cierto, Elina. —La sueca le devolvió una mirada boba—. Tienes un perro grande, ¿verdad? Muy grande, uno enorme que tiene una mancha amarilla en el lomo izquierdo.
Elina cambió la mirada obtusa por un gesto de alerta. Sus enormes pupilas se contrajeron.
—César.
—¿César se llama el perro? —dijo María al tiempo que ensanchaba la sonrisa.
Silencio.
—Pues tu querida Katja lo dejó dentro de casa. Y atacó a un agente.
Más silencio. Rabia. Turbidez. Preocupación. Espanto. Frente arrugada.
—Hubo que dispararle, por supuesto.
En ese momento, Elina dio tal chillido y de una forma tan inesperada, que las cuatro personas que la rodeaban descargaron toda su adrenalina en cuestión de un milisegundo.
Fue un grito de los que quiebran los cristales y los tímpanos, un grito de soprano, una raja en el aire que provocó una cesura en el pulso del mundo.
Inmediatamente entraron dos guardias y, mientras Elina gritaba, pataleaba y decía «César, César», María, Prados y Rasmus salieron de la habitación sin mirar atrás, dejando a sus espaldas uno de los seres más opacos que jamás habían conocido, un alma presa de un tormento perpetuo, una perfecta candidata a surcar la noche en la retaguardia de la Santa Compaña.
—¿Te crees algo? —preguntó Prados a María en cuanto subieron al coche.
—Por supuesto que no. Esto es un invento de Morillas. Del puto Morillas.
—Ese abogado es bueno —dijo Rasmus—. Elina está bien preparada para ser tan… limitada.