Una fábula sueca 32
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El terreno árido de la finca los rodeaba como un gran plato que tiritaba a causa del aire gélido de la mañana. Todos los agentes llevaban las manos en los bolsillos y se encogían como aves mojadas.

—¿Por qué no entramos? —preguntó Rasmus, cuya falta de ropa de abrigo tenía a toda la unidad asombrada.

—Estamos esperando al perito —contestó María con sequedad.

—Porque huele a mierda —dijo alguien.

—Pero deberíamos entrar e ir empezando. Aquí no hacemos nada —dijo Rasmus en su español tosco pero funcional, encogiéndose de hombros.

María y Quintana se miraron con cara de desesperación. Un pájaro negro, levemente azulado, se posó en la tierra helada y picoteó una masa del color de las fresas podridas que tiempo atrás había sido un animal pequeño.

Esa mañana, además de incluir una nueva fotografía de la casa y de los agentes de espaldas atravesando las cancelas, el diario IDEAL narraba con un dramatismo decimonónico el curso de las investigaciones, titulando: « el juez declara secretas las investigaciones sobre la desaparición del ciudadano sueco de la umbría ».

La noticia se hacía eco de que el juez había decretado secreto de sumario y esbozaba un breve retrato de Hans y de Elina.

También alardeaba: «Estos hechos, revelados en exclusiva por IDEAL , ya poseen repercusión en Suecia, y periodistas nórdicos en misiones informativas en España se están interesando por el caso».

Pero lo realmente jugoso estaba en la sección de opinión, donde un tal Juan Miguel Membrilla titulaba su columna diaria «El sueco», y en ella hacía un retrato de Elina en clave irónica: la calificaba de «valquiria», contaba que «el día que el padre se hizo definitivamente el sueco, la hija decidió hacerse un poco más española», y añadía que Elina «utilizó las dos mitades de su doble nacionalidad: la sueca para callar, la española para trampear».

A modo de colofón, concluía su pieza de la siguiente manera: «Granada ya forma parte de la Suecia profunda. Unamuno la gozaría».

Rasmus, el agente enviado por la policía sueca, había esperado a María en la comandancia desde las seis de la mañana, y desde que le dio los buenos días y acto seguido preguntó que por qué empezaban tan tarde a trabajar, se había dedicado a cuestionar todo lo que María le iba contando acerca de la investigación: los tiempos, el número de agentes, la manera de llevar la desaparición, la prensa…

Cuando entró al baño antes de salir hacia La Umbría, Quintana miró a María con media sonrisa y la sargento le dijo:

—Lo voy a echar al puto depósito de cal, te lo juro. Qué coñazo de tío.

El perito llegó a La Umbría pocos minutos después que los agentes.

Era un tipo rechoncho, calvo y con una enorme barba blanca.

El típico suegro a quien algún yerno probablemente llamaba Papá Noel.

Todos entraron y todos se echaron mano a la boca ante aquel repugnante hedor que se había acrecentado en la entrada de la casa a causa del charco de sangre seca y entrelazada que habían dejado Fermín y la bestia.

—¿Qué sabéis de Fermín? —preguntó alguien.

—Está perfecto —contestó Quintana—. Lo tienen medio drogado porque le duele bastante, pero no se le ha infectado. El perro no tiene enfermedades, ya le han hecho la autopsia, así que en unos días estará como nuevo.

—Joder, menos mal —dijo Prados.

—Ese ataque era evitable —dijo Rasmus señalando con el dedo hacia la sangre.

—¿Disculpa? —atajó María con aire enfadado.

El resto del grupo ya estaba dispersándose para dedicarse a sus tareas y el perito había subido en dirección a la chimenea.

—¿Cómo se abre una puerta cerrada de una casa como esta sin tomar precauciones?

María lo miró con aire de indignación.

—¿Me estás diciendo que en una casa vacía y precintada hay que abrir con cuidado las puertas por si aparece de la nada un rottweiler de ochenta kilos que durante todo un día no ha emitido ni el más mínimo ruido?

—Justo eso, sí.

—Perdona que te diga, pero no tiene ningún sentido.

—Ya, pero tenéis un agente herido.

—Mira, Rasmus, una cosa te voy a decir. Me parece que…

—¡Sargento! —gritó Quintana—. ¿Puede venir a la cocina? ¡Jorge, ven tú también!

María echó una mirada de navaja a Rasmus y echó a andar escaleras arriba. El sueco la siguió. Cuando llegaron a la cocina, Jorge ponía un testigo métrico sobre la mesa y fotografiaba un objeto que había a su lado. Quintana lo miraba en silencio. Era una dentadura postiza.

—La he encontrado debajo de aquel mueble. Estaba comida de mierda, lógicamente. Lo mismo es del viejo, ¿no?

—Perfecto, Ramón. Algo es algo. Si es de Hans, sería lo primero que encontramos. Ya era hora, joder. Guardadla con cuidado, voy a ver al perito.

El perito había medido la chimenea y tomado muestras de ceniza. Cuando María entró al salón, preguntó:

—¿Qué tal?

—Voy a encenderla y a tomar datos de la temperatura. Pero como todos habréis podido concluir, aquí no cabe una persona entera. Y dudo mucho de que en esta chimenea puedan alcanzarse temperaturas suficientes para cremar un cuerpo.

—Somos agua —dijo Rasmus—. Un cuerpo fresco no se puede quemar ahí.

—Exacto —corroboró el perito.

Lo dejaron haciendo sus comprobaciones y procedieron al registro del sótano. Como el resto de la casa ya estaba casi inspeccionado, María se llevó a seis agentes. Colocaron focos en los extremos, se repartieron las habitaciones y el fotógrafo empezó a hacer planos generales.

—¿Cómo va el depósito?

—Acércate por allí —dijo Prados—. Todo un espectáculo.

—¿Qué depósito? —preguntó Rasmus.

—Ven y lo vemos —respondió María.

—Poneos mascarilla —dijo Prados.

Los dos agentes encargados de extraer lo que había en el interior del depósito se habían colocado máscaras completas, que les tapaban toda la cara.

Iban echando la cal que extraían con palas similares a las que se usan en los supermercados para los frutos secos en unas cajas de plástico puestas a la izquierda, y los restos orgánicos en otras cajas distintas, estas colocadas a la derecha.

—¿Qué es esto? —preguntó Rasmus.

—La caldera. La calefacción no funcionaba, así que comprobamos el depósito de gasoil. Resulta que no tiene gasoil, sino cal viva.

—Y animales —dijo uno de los agentes.

María y Rasmus miraron las cajas de la derecha. El otro agente enmascarado extrajo del depósito un cachorro negro a medio calcinar y lo depositó con cuidado en el recipiente. Hizo un ruido blandito, un sonido leve de cojín de seda.

—Completos, llevamos ya seis cachorros. Tiene pinta de que echan aquí los perros defectuosos.

Los criadores son así. También hemos encontrado trozos de otros perros, muy distintos a los rottweilers .

Evidentemente, conforme bajamos de profundidad, peor están los restos.

Es pura geología. Mi teoría es que son perros callejeros o de vecinos que los perros de ellas han matado.

Así los quitan de en medio. Y no os lo perdáis —dijo acercándose a una de las cajas, ya cerrada—. Mirad esto.

María y Rasmus miraron la caja con incredulidad.

—¿Son… bebés? —dijo María tímidamente.

El agente se echó a reír y le dio la vuelta a uno para mostrar el rabo.

—Lo parecen, ¿verdad? Pero no, son monos. Monos pigmeos. Llevan aquí ya un tiempo y han perdido todo el pelo.

—Monos… —dijo Rasmus con cara de hipnotizado, sin dejar de mirar la caja—. Estas mujeres me están provocando verdadera curiosidad.

—Bueno —dijo María rompiendo el hechizo—. Seguid sacando lo que haya y haced informe cuando terminéis porque como siga aquí un puto minuto más no voy a comer en un mes. Voy al sótano —María suspiró—. La puta que las parió.

En una de las habitaciones del sótano estaban las barras metálicas a las que supuestamente habían visto atado a Hans.

Efectivamente, tal y como como había comentado Juan Carlos, el vecino desaparecido, a Miguel, el marido de Matilde, eran barras de estriptis.

Iban de suelo a techo y sus bases eran plataformas de espejos mellados.

—¿Qué es aquello? —preguntó María señalando a un cacharro que colgaba del techo.

Rasmus se adelantó a un agente que hizo amago de contestar:

—Es una máquina de humo. Completamente destrozada.

El registro transcurrió en una nueva sucesión de hallazgos siniestros que seguían alimentando el desasosiego de la unidad pero que no llevaban la investigación hacia ninguna parte.

—¿Por qué lo fotografiáis todo? —quiso saber Rasmus después de que Prados hubiera encontrado un cinturón con un pene de plástico adosado a la parte frontal.

—¿Por qué no?

—Porque si uno se centra en lo superfluo, distorsiona lo importante.

Silencio.

Quintana miró a Rasmus de arriba a abajo.

—¿Por qué hablas tan bien español?

—Mi madre es madrileña.

—Bueno —cortó María—. Me voy a la cárcel. Voy a hablar con Elina. ¿Algún recado para ella?

—Dale las gracias por el perro —dijo Santos.

—Y por lo limpio que está todo.

—Y por las cosas ricas que nos ha dejado en la nevera.

—Y por la calefacción.

—Y por los condones usados.

—Y por los putos monos.

—Ya, ya. Dejadlo ya, coño. Prados, vamos.

—Yo voy —dijo Rasmus.

—Sí, claro —dijo María—. Vamos, Rasmus —y añadió susurrando entre dientes—: Me vayas a dejar sola un minuto. Cojones.

El viaje hasta la cárcel de Albolote transcurrió en silencio, pues en cuanto María hizo un par de comentarios a Prados acerca de la investigación, Rasmus expresó opiniones completamente distintas.

Así que María, frustrada por no poder desahogarse con su compañero y sin ganas de discutir con un desconocido, decidió guardar silencio para no alterarse más de lo que ya estaba.

Al llegar a la cárcel, les dieron paso al aparcamiento de funcionarios y, en el mostrador de entrada, los tres agentes presentaron sus identificaciones y dejaron sus armas.

—La tenemos aún en el departamento de ingresos —dijo el funcionario—. Os hemos dejado la sala 3, sois demasiados como para usar una cabina. Pasad al fondo y mi compañero os lleva.

—¿Está tranquila? —preguntó María.