Una fábula sueca 31
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Se reproduce aquí el breve informe que el guardia Moisés Prados presentó a la sargento María Infante con las declaraciones de las personas que tuvieron a bien pararse a hablar con él.

Muchas rechazaron hablar sobre Katja y Elina.

La mayoría dijeron algo similar a aquella letanía de Bartleby, el escribiente de Melville: que preferirían no hacerlo.

Luis, dueño bar Luque, calle Romerales: «Buah, cosas raras, todas las que usted quiera.

Si todo el mundo lo sabe, hombre. Aquello es una casa de putas.

Y a saber qué más. No, no. Yo, jamás. Yo vivo muy feliz con mi familia, no me hace falta relacionarme con ellas.

Pero no se crea usted, ahí van más hombres casados que solteros, ya se lo digo yo».

Lucas —no refiere apellido—, transeúnte: «Esas mujeres son una ruina para el pueblo.

Tienen chantajeado a todo dios. Consiguen lo que les da la gana, y siempre del mismo modo.

¿De qué modo? ¿Pues de qué modo va a ser?

¿Putas? Sí, claro. Pero eso es lo de menos.

Son muy peligrosas. No sé, muy peligrosas, sin más.

Hay cada historia… No, prefiero no contar más.

Luis, el del bar Luque. Ese suele ir por allí».

Carolina —no refiere apellido—, transeúnte: «Yo estoy divorciada por su culpa.

Las granjeras, las llaman. Pues porque les sacan la leche a todos.

Sí, sí, a todos. Tienen el pueblo echado a perder, ese par de zorras.

Mi ex iba allí. Lo metieron en la droga, en los vicios.

Lo volvieron loco. Por lo visto, allí las orgías son tremendas.

Allí se puede hacer lo que uno quiera. No lo sé, ya apenas lo veo.

No quiere saber nada de mí ni de la niña.

Sí, sí, aquello es de locos. Con todos esos perros, la droga, las mujeres.

Ya era hora de que alguien preguntase por ellas.

A ver si les metéis mano. Porque los primeros que van allí son los policías y los políticos del pueblo, ya se lo digo yo.

No, no, yo me cambio de acera cuando las veo».

Miguel Orellana, policía local: «De vez en cuando hay que pasar por allí, sí.

Pero vamos, que tampoco es nada tan extraño.

Hacen fiestas, van hombres, quizás algo de farlopa…

, ya me entiendes. Pero nada grave. Les va la marcha y poco más.

No, no creo que haya prostitución allí. Solo fiestas.

No, qué va. Solo he ido a nivel profesional, por temas de ruidos y cosas así. Ni siquiera he llegado a entrar».

Varón de unos cincuenta años, habla conmigo a cambio de ocultar su identidad: «A las dos me las he follado.

Eso es increíble. No es que estén especialmente buenas, pero son dos fieras, hazme caso.

Increíble. Sobre todo, la idiota. Esa te revienta.

Pero sí, claro. Aquello tiene putas, sobre todo los viernes.

Los viernes es de locos. Ten en cuenta que aquí en el pueblo hay varias peñas de fútbol que se juntan los viernes por la noche para jugar.

Y claro, como aquí no hay polideportivo, decimos que vamos al de Dúrcal.

Pero ni de coña. Donde vamos es a casa de las granjeras.

Pues hombre, a la parienta se le dice que uno viene ya duchado y se acabó.

Aquello es la hostia, pero eso sí: esas tienen más peligro que su puta madre.

Mejor estar de buenas con ellas. ¿Magia negra?

No me extrañaría. Esas son capaces de todo.

No lo sabe usted bien. Pero de todo. ¿Qué han hecho ya? ».

Rose Smith, chalé 2: «Se habla mucho sobre ellas, pero yo la verdad es que no tengo problema.

Es verdad que se ve mucha gente entrando y saliendo, pero poco más.

De puertas para adentro, que cada uno haga lo que le dé la gana.

Yo me cruzo mucho con ellas, sí, con las dos.

Salgo a caminar por el monte y ellas van con los perros.

Siempre muy amables, sí. Muy educadas. No, jamás he percibido nada de eso.

¿El padre? No, siempre las he visto solas».

Varón de unos cuarenta años, parece venir a la casa.

Cuando me ve, camina rápido en dirección contraria.

Me pide que no lo identifique: «Solo quería pasar a saludarlas, sí.

Son amigas. Solo amigas, sí. Les hecho un par de arreglos en la casa alguna vez.

Albañil, sí. ¿El padre? Pfff, ese hombre estaba hecho una mierda, hace siglos que no lo veo.

No me joda que ellas son las que ha dicho la radio. Hostia puta».