Una fábula sueca 30 #3
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—Tranquilo, Fermín. No tiene mala pinta —dijo Quintana—, de verdad que no. Viene una ambulancia, pero tranquilo, que está bien. No sabes qué inventar para escaquearte, ¿eh, cabrón?

Fermín se rio con aire cansado. El olor metálico de la sangre se impuso sobre la pólvora y el poso a liquen sucio omnipresente en el aire de toda la casa.

—Le he puesto la pistola en el lomo y le he disparado. Joder… No me he dado en el pie de milagro.

Efectivamente, María comprobó cómo la bala había atravesado a la bestia y se había alojado en la pared de enfrente.

La ambulancia llegó, haciendo las delicias del fotógrafo del periódico.

También llamaron a la clínica veterinaria con la que tenían convenio para que retirasen al perro y le hicieran la autopsia patológica, que era obligatoria si un animal hería a un agente.

—El periodista tiene que estar empalmado —dijo Prados.

—Creo que ya se ha corrido —corroboró María. Hizo una pequeña pausa antes de anunciar—: Mañana voy a verla. A Elina.

—Coño.

—Le daré las gracias por esto. Aunque ha sido cosa de Katja, evidentemente.

—Claro que sí. Nos ha dejado el perro preparado.

—Como una puta bomba que se activa al abrir la puerta.

—Si Fermín no llega a ir armado, se lo carga.

—Vaya que sí.

María subió e informó a la unidad de las novedades.

Las caras de asombro con el asunto de la chimenea fueron dignas de foto.

El primer comentario fue, lógicamente, de Quintana: «Joder con la sueca.

La que parecía gilipollas». Todos miraban continuamente a la chimenea como quien mira a un conocido que de la noche a la mañana se ha hecho famoso.

María les recordó que no hablasen con la prensa y les asignó las tareas antes de marcharse. Antes de salir, se acercó a Prados.

—Voy a acercarme al Ayuntamiento a hablar con los lumbreras de los funcionarios. Me da la sensación de que el juez está caliente con ellos.

—Normal. Esos van a terminar pringando, ya verás.

—Como aún es pronto, quiero que te des una vuelta. Toca a las puertas de la urbanización, entra al bar, párate con algún transeúnte… Pregunta por ellas, a ver qué te cuentan.

—Por supuesto, mi sargento. Me muero de ganas de salir de aquí.

—Ya imagino. Bueno, me voy. Con lo que sea, me llamas.

—Sí, descuida. Llevo grabadora, así que cuando haya hablado con un puñado de personas, te hago informe.

—Perfecto, luego hablamos.

María habló con la alcaldesa y con los policías que la habían atendido tres días atrás. Condensó todas las conclusiones en una pregunta que le lanzó a la alcaldesa, quien, sentada con cara de boba bajo un retrato de sí misma en el que mostraba el mismo gesto obtuso, bebía una infusión adelgazante:

—¿Es usted consciente del nivel de negligencia que han alcanzado?

La alcaldesa dio un trago a su bebida, arqueó las cejas y contestó:

—Pues no, sargento. La verdad es que no.

—Ese es el problema —dijo María levantándose y caminando hacia la puerta—. Esperen una llamada del juez.

Cuando salió del Ayuntamiento, Venus ardía pálido en el este. El pueblo olía a leña quemada y a hierba húmeda. Cogió el coche y pensó en que aún le daba tiempo de pasar a ver a la cónsul antes de marcharse a casa. Pero sonó el móvil. Era Quintana.

—Dime.

—María, hemos encontrado algo.

—¿El qué?

—Vente y lo ves. No lo tenemos muy claro.

—Vale, estoy en diez minutos.

Así que dio media vuelta y decidió que visitaría a Ingrid al día siguiente.

No era algo urgente. Condujo hasta la casa sumida en pensamientos difusos y cansados, escuchando un CD pirata de Jarabe de Palo que insistía en que todo depende de según cómo se mire.

«Pues sí», pensó María mientras aparcaba. «Llevas toda la razón, muchacho».

—Coño —dijo al bajar del coche, al ver que los periodistas se habían multiplicado.

Se acercaron con grabadoras, micrófonos, flashes que la deslumbraron.

—Nada que declarar. Por favor, dejen pasar. Nada por ahora, lo siento.

Y entró en la casa, donde las luces encendidas les conferían a los pasillos un aire de decadencia victoriana. Apenas vio a nadie.

—¡¿Hola?! —exclamó.

—¡Baja, María! ¡Estamos en el sótano! ¡Por la escalera que hay al fondo del garaje!

María bajó y la recibió Quintana.

—¿Qué pasa?

—Pues que nos ha extrañado que la calefacción no funcionase. Joder, estábamos helados. Así que he bajado a comprobar la caldera. Y mira, asómate.

María se aproximó al depósito de gasoil que le señalaba Quintana. Era enorme, y la parte de arriba se veía suelta, recortada de forma casera para poder extraerse.

—Le he dado unos golpecitos y parecía lleno. Me he encaramado arriba y me he dado cuenta de que toda la parte superior es una especie de tapadera. Súbete y levántala.

María subió a la escalera y movió la tapa.

Uno de los guardias acercó una linterna.

No tuvo duda de lo que había dentro de aquel enorme depósito.

Cal viva. Kilos y kilos de cal viva. Y entre ella, asomando y a medio enterrar, trozos de hueso, dientes sueltos y rastrojos de pelo fresco, aún empapados de oscura sangre arterial.

—Mierda —dijo.