Una fábula sueca 30 #2
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30 #2

—Sé lo que me vas a decir. Que no te hace ni puta gracia. Pero ya está, no le des ni media vuelta porque es lo que hay. Esto tiene mucho de política, María, ya lo sabes. Vamos a lo importante. ¿Estás en el salón?

—No, en la cocina.

—Vale, pues ve al salón.

Hubo una pausa en la línea en la que Granero escuchaba las voces mecánicas de los agentes y María la respiración sofocada de un fumador compulsivo.

—Estoy —dijo.

—¿Cómo de grande es la chimenea?

María la miró.

—Pues normal —contestó—. ¿Por qué?

—Normal. ¿Dirías que tirando a pequeña o a grande?

—No sé, Carlos. Más bien a pequeña. ¿Me puedes decir qué pasa?

—¿Cuánto dirías que mide el hueco? De ancho, me refiero.

María escrutó la chimenea.

—Yo qué sé… Mmm… —María evaluaba el hueco con los ojos entrecerrados—. Te diría que… unos ochenta centímetros. Noventa como mucho.

—Perfecto, más o menos lo que pensábamos. María, ¿te acuerdas de lo del enterramiento casero?

—Sí, claro.

—Pues Elina le ha contado al juez que incineró a su padre en la chimenea. En esa chimenea.

Silencio. Nueva mirada al hueco. Limpio, algunas cenizas en la base. Demasiado pequeño. Leña apilada al lado. Una telaraña rota en la esquina.

—No me jodas, Carlos.

—Y tanto que sí. Dice la señorita que era el deseo de Hans.

Que quería una incineración y que la muerte era para él algo muy tradicional, algo de lo que únicamente se debe encargar la familia, sin intermediarios.

Y obviamente, que sus cenizas se disolvieran en la tierra oscura.

El tono poético no es mío. Lo ha dicho tal cual: «Que se disolvieran en la tierra oscura».

—Suena por completo a texto aprendido.

—A pregunta de examen.

—Su puta madre.

—Bueno, pues nuestra querida amiga se ha vuelto a encasquillar justo ahí.

Ha hecho un bis del mismo numerito. Llantos, convulsiones, «mi pobre padre», «ay, Dios mío», etcétera.

Ya sabes. Así que se la han llevado de vuelta a prisión.

Dicen que se pasa las noches maldiciendo en sueco hasta que se duerme.

—¿Cómo saben que está maldiciendo?

—Por el tono.

—Entiendo.

—Bueno, pues escucha qué vamos a hacer. El juez ha llamado a un profesor de la universidad que colabora con el juzgado para que prepare un informe sobre la chimenea. Para ver si es plausible quemar ahí un cuerpo.

—Ahí no entra una persona. Ya te lo digo yo, Carlos. No entra ni un puto hobbit .

—Ya, ya. Pero eso lo tiene que redactar este hombre.

Además, va a tomar muestras y va a hacer un estudio científico de la temperatura y todo eso.

Como obviamente el perito va a decir que la versión de Elina no es coherente, nos vamos a anticipar.

Vas a ir pidiendo ya cita en prisión para hablar con ella.

Mañana, sobre la una. Para darle tiempo al perito de decirnos que está mintiendo.

Llama ahora por línea interna y después cita también a Morillas.

Apriétale a Elina a ver qué te cuenta. Si le da un chungo, al menos los médicos están más cerca.

—Vale, ahora mismo llamo. Sin problema.

—Ah, habrás visto que estamos en el periódico.

—No, pero me lo he imaginado. Tengo en la puerta a una patrulla.

—No quiero que les deis ni los buenos días, ¿estamos?

—Por supuesto.

—Ya se ha decretado el secreto de sumario, creo que no te lo había dicho.

—No, pero estaba cantado.

—Así que, en teoría, todo está blindado, pero algo se escapará. Que lo filtre el cabronazo que suelta todo, pero nosotros, nada de nada.

—Nada de nada. Descuida, Carlos. Mi gente le tiene alergia a la prensa.

—Perfecto. —Granero hizo una pausa en la que se escuchó el chasquido de un mechero—.

Bueno, te dejo. Organiza lo de mañana y llámame luego para contarme.

Quizá sería interesante que te acercases al Ayuntamiento de La Umbría a preguntar por los documentos.

Me da la sensación de que el juez no va a tardar en llamarlos.

—Vale, Carlos. Está a diez minutos, ahora me paso. Estoy pensando también en hacerle una visita a la tal Ingrid. A la cónsul. No le hemos hecho ni puto caso, y es la más afectada por estas dos.

—Bueno, como quieras. No le hemos hecho caso porque su informe es muy completo. Es más que posible que te cuente la misma película. Pero si le puedes hacer un hueco, pásate. A ver si hay algo que no aparezca.

En cuanto María colgó, como si la hubieran esperado para que no se perdiera la función, sonó el disparo.

Todo el mundo levantó la cabeza al mismo tiempo, todo el mundo echó a correr en dirección a la planta baja, algunos de­senfundando el arma, otros, gritando: «¡Informen!

». María iba la última, corría escaleras abajo tras una espalda que perseguía a otra espalda. Se escuchaban gritos de dolor.

—¡Joder! ¡Mierda! —dijo el primero que vio la escena en la entrada del sótano.

María tardó en llegar. Los gritos —afilados, llorosos— eran de alguien realmente jodido.

Se abrió paso. Era Fermín, un cabo muy joven.

Estaba sentado en el suelo, junto a un bulto enorme, gigantesco.

María consiguió apartar a un par de agentes para contemplar aquella bestia abatida que aún enseñaba las mandíbulas en su ocaso de cancerbero vencido por una gesta heroica.

—¿Qué ha pasado? Mierda. ¿Qué coño ha pasado, Fermín?

La pierna de Fermín escupía sangre y en el aire se había impuesto un olor dulzón a pólvora. En el suelo, la sangre de aquella criatura descomunal se iba extendiendo como la nieve que se derrite el primer día de calor de una primavera tardía. María no había visto un perro tan grande en toda su vida.

—He… he… abierto la puerta y… se me ha abalanzado. Me ha intentado saltar al cuello, pero lo he esquivado. Después… se me ha enganchado a la pierna… Joder…, qué dolor. ¡Mierda…! ¡Ahh!