Una fábula sueca 30
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Aunque había anunciada una borrasca, el cielo de invierno amaneció limpio y con algunas nubes redondas, dispersas y tupidas, tintadas de un rosa anaranjado a causa de la aurora que las hacía parecer pomelos flotantes.

Aparcaron los coches fuera de la casa y atravesaron las cancelas a pie.

Nada más acceder a la parcela, María estuvo a punto de decirles que no se dejaran embaucar por aquella decadencia patética, por aquel salvajismo hostil, pero se calló por miedo a condicionar a su equipo.

Pero lo cierto es que esa aridez escarchada y mezclada con toda aquella basura decrépita provocaba una desazón inmediata en cualquier alma que la contemplase.

Las piezas de coche, la bañera, los gatos descuartizados, el maniquí con la peluca rosa, la mierda de perro…

, todo constituía una especie de agresión que empezó a notarse desde bien temprano en la cara de los agentes.

Caminaron hacia la casa y María les señaló en dirección al terreno.

—Todo aquello es suyo. Ni siquiera se ve el límite.

—Joder con la sueca —dijo alguien.

—Como nos toque peinarlo… —dijo otro alguien.

—Pues creo que deberíamos ir haciéndonos el cuerpo —dijo María antes de echar a andar hacia la casa.

Dentro, los recibió aquel olor a moho marrón, a vegetal simbionte que se integraba en un fondo animal de orina y de sudor humano.

—Abrid una puta ventana —dijo un alguien distinto a los dos alguien anteriores.

—Bueno —dijo María—. Ahora os daréis cuenta de que la casa es muy grande.

Así que prestad mucha atención a cómo nos vamos a dividir porque estar tantos no es lo habitual, por lo que corremos el riesgo de pisarnos el trabajo.

Esteban, tú vas a mirar exclusivamente papeles.

Ve buscando lugares donde pueda haber. Luis, tú a la cocina.

Está arriba. Quiero todo fotografiado y catalogado. Sin prisa, ¿de acuerdo?

Y así, María fue asignando tareas a cada agente. Prados y ella harían un poco de todo, y ayudarían especialmente en la clasificación de las pruebas.

—Sed minuciosos, por favor. Nos pagan para eso.

María no recordaría jamás un registro en el que hubiera habido tanto movimiento en tan poco tiempo.

Y es que lo que más se escuchó durante las primeras horas en aquella casa, una casa que conceptualmente pasó a lo largo de aquella mañana de ser simplemente un lugar siniestro y sucio a convertirse en el vivo epicentro del espanto humano, fue: «Jorge».

—¡Jorge! —gritaba alguien en el piso de arriba.

—¡Jorge, ven a la cocina!

—¡Jorge! ¡Salón, por favor!

—¡Jorge, baño de arriba, cuando puedas!

—¡Jorge!

Jorge era el fotógrafo de la unidad, y solamente durante las primeras tres horas de registro hizo más de dos mil fotos.

Porque ya en esas primeras horas encontraron varias decenas de objetos dignos de ser fotografiados: una cesta de mimbre de casi un metro de altura llena de preservativos usados, todos apelotonados como babosas traslúcidas; bolsas de basura a rebosar de pelo humano, bragas infantiles debajo de algunas camas; fotografías de escenas sexuales y de personas en la calle, evidentemente espiadas —Ingrid entre ellas—; un enorme hueco que parecía recién hecho en una pared de la planta baja donde, según la cónsul, había un sofá de obra que emanaba un olor putrefacto; varios altares rituales que revelaban algún tipo de hechicería, todos a rebosar de velas y objetos personales como relojes o calcetines; pinturas espantosas que parecían el producto de una mente enferma; comida en descomposición en rincones inverosímiles (¿cómo podía alguien dormir con un muslo de pollo a rebosar de larvas amarillentas dentro del armario?).

Una sucesión ina­gotable de hallazgos —velas de todos los colores con nombres grabados en ellas, calaveras humanas, botecitos con embriones en formol, botecitos con semen congelado, más botecitos con fluidos indeterminados, con uñas, con pestañas— que llevaban a los agentes a requerir sin cesar la presencia de Jorge y a soltar continuamente exclamaciones del tipo:

—¡Joder, no os vais a creer lo que hay aquí! ¡Me cago en la puta!

Antes de llevar ni siquiera una hora en la casa, todos los agentes se habían puesto mascarilla, algo que no podía camuflar sus gestos de asco y espanto, porque la repugnancia y el horror se expresan casi por completo a través de la mirada.

Hacía frío. Muchísimo frío. Prados subió al máximo el termostato de la calefacción, pero los radiadores se mantuvieron completamente helados, impasibles.

Por su parte, María pasó casi toda la mañana ayudando a los agentes encargados de la primera planta.

Primero, porque era la zona donde había más rincones que inspeccionar, y segundo, porque era, sin lugar a duda, el sitio más descorazonador que aquellos agentes, todos experimentados, habían inspeccionado en sus vidas.

Las moquetas anaranjadas que desprendían aquel inagotable olor a orina; las paredes de color granate; las lámparas titilando como velas funestas; los altares de magia negra y la constatación fehaciente de que aquello era un prostíbulo constituían una mezcla de estímulos devastadora, incluso para María, que había vivido al frente de aquella unidad de la Policía Judicial prácticamente todas las situaciones posibles y que estaba experimentando cómo aquella casa le carcomía el ánimo como si fuese víctima de la posesión de un espíritu maligno.

Había algo que ocurría en el salón mientras María ayudaba con la primera planta y que la sargento desconocía: uno de los agentes llevaba órdenes diferentes al resto.

Ese agente era Esteban Gil, el especialista en documentación.

Él siempre era el encargado de rebuscar cajones y archivadores para clasificar y decomisar todos los documentos relevantes para el caso.

Tenía un instinto y un método impresionante para encontrarlos.

Por eso, Granero había hablado con él de forma absolutamente confidencial el día anterior.

Apenas diez minutos le habían bastado al capitán para contarle el problema a Esteban Gil y para facilitarle la lista.

De los siete nombres que figuraban en ella, solamente aparecieron dos en la casa de las suecas: Manuel Luján, el reputado coronel de la Guardia Civil, y Christian Fajardo, un concejal del ayuntamiento de Granada.

En silencio, sentado en la silla de despacho de Katja, comprobando que ningún agente lo mirase, Esteban Gil cumplió con la tarea paralela que se le había encomendado en los despachos.

Se guardó en la mochila las fotografías de aquellos dos hombres —las del coronel eran especialmente comprometedoras— y ya por la noche Granero pasaría por su casa a recogerlas y a felicitarle por la «increíble labor» que había llevado a cabo.

Es también conveniente señalar algo relevante: durante toda aquella primera mañana en la que registraron las dos plantas habitadas, no hubo nada, absolutamente nada, que indicara presencia de Hans en aquella vivienda.

Y eso era lo sospechoso. La ausencia absoluta.

Aun así, María tenía esperanzas puestas en el sótano y en el corral, pues según el relato de Ingrid Sørensen, Katja contaba continuamente que Hans pasaba tiempo en la zona del subsuelo, igual que los vampiros, los chupacabras, las anacondas y los gusanos de Mongolia, algo que, como todo lo que decía Katja, tenía pinta de ser mentira.

«Pero nunca se sabe —pensaba María—. A veces no hay mejor forma de engañar a alguien que diciendo la verdad».

El equipo paró a la una y media para almorzar.

Prados había reservado mesa para quince en un asador con chimenea y paredes de madera adornadas con cabezas de ciervo y fotos del lago.

La comida empezó en silencio, pero poco a poco empezaron las conversaciones acerca de los hallazgos que habían sumido al grupo en aquella desolación apagada y plomiza similar a una borrasca en mitad del desierto, y fue Quintana, con su habitual aire cínico y corrosivo, en una especie de símil bíblico discursivo, quien mejor describió el sentir de la unidad cuando, tras apurar su café cortado y dejando la taza sobre el platito, dijo con aire abatido:

—Los caminos de la miseria humana son inescrutables.

Mientras aparcaban los coches junto a la casa, un fotógrafo empezó a sacarles fotos.

A su lado, un tipo miraba los vehículos con aire perplejo, quizás calculando el jugo que podría sacarle a la escena.

Los agentes salieron y el tipo lanzó preguntas al aire, como un predicador encaramado a una caja de serpientes en un suburbio de Alejandría.

—¿Se sabe algo del viejo? ¿Fue ella? ¿Ha aparecido? ¡Eh, agentes!

La comitiva policial bajó de los coches y atravesó andando las cancelas en un silencio procesional.

—Agentes, ¿saben qué ha declarado hoy? ¿Sospechan de alguien más? —siguió preguntando el reportero.

María, que cerraba la fila de policías, lo miró con más pena que otra cosa. Pensó fugazmente en su trabajo, en estar ahí toda la tarde bajo el aguijón de aquel frío tenaz, de la borrasca naciente, suplicando por las migajas de sus palabras. Le sonrió con una mueca melancólica.

—Nada por ahora —dijo.

—De acuerdo —dijo el periodista con aire agradecido.

En cuanto entraron a la casa, donde los recibió de nuevo ese olor a ciénaga enferma del que era imposible escapar, el mundo ya estaba cubierto por las primeras nubes negras que auguraban la tormenta prometida.

Y fue entonces, a primera hora de la tarde, de manera casi seguida, cuando ocurrieron los dos hechos más relevantes del día: la llamada y el disparo.

La llamada fue de Granero, a eso de las tres y media. El móvil vibró en el chaleco de María.

—Sargento, prepárese. Que vienen curvas —dijo en cuanto María descolgó. Ella guardó silencio, si acaso hizo un sonido tipo «Hmmm»—. Primero, lo más sencillo. Esta misma tarde llega un agente de la Policía sueca. Por lo visto es un investigador muy bueno. Se va a incorporar a tu equipo.

—Pero…