29
María pasó el resto de la mañana adelantando trabajo de otros casos.
Redactando diligencias, comprobando y sellando algunos informes y sacando una sucesión de cafés turbios de la máquina mientras escuchaba Radio Nacional.
Se aproximaba una borrasca de esas que tienen nombre propio.
Cuando la locutora dijo que bajarían aún más las temperaturas, María la insultó mentalmente.
De vez en cuando miraba el móvil para ver si Susana le había enviado algún mensaje.
Nada. Así que a eso de la una y media fue al despacho del capitán Granero.
—Carlos, me voy a acercar a recoger a mi hijo del colegio, que se le va a olvidar que tiene madre.
Granero la miró por encima de las gafas.
—Vale —dijo secamente—. Pero ten el móvil encima, ¿de acuerdo? Que la sueca lleva ya demasiado tiempo allí —miró el reloj que había en la pared—. Ya es hora de que nos digan algo. Dale un beso a mi tocayo, anda.
María llamó a su madre para decirle que iba a ella a por el niño.
Cuando Carlos la vio esperándolo en la puerta de la clase y echó a correr hacia ella, María sintió un enorme latigazo en la columna vertebral que la llevó a pensar que no hay nada en este mundo ni en esta vida que se parezca remotamente a lo que despierta un hijo en nuestro interior.
Eso la llevó a su vez a pensar en Elina y en Hans, algo que le hizo sentir una momentánea tristeza.
El niño le contó que había dibujado un autorretrato, que ya sabía multiplicar —«pero a veces me equivoco, bueno, casi siempre»— y que ahora tenían peces en clase.
Caminaron hasta la casa de la abuela y allí comieron los tres un guiso de carne y después boquerones fritos.
El niño fue a su habitación a jugar, la abuela se durmió en el sofá y María volvió a la comandancia.
No tuvo que esperar mucho para que sonase el teléfono de línea interna. Era Granero.
—Sargento. A mi despacho.
María recorrió el p asillo acalorada, ansiosa. Pensó en sacar un café, pero el hecho de querer saber la podía. Granero ni la saludó, sino que empezó a hablar en cuanto María entró como si ya estuvieran en mitad de una conversación. Señalaba unos folios sujetos entre sí por una pinza verde.
—¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde que el juez ha escrito esto?
Yo te lo digo: cuarenta y cinco minutos.
Ni una hora, cojones. Y ya me han llamado —empezó a enumerar usando sus dedos—: el subdelegado del Gobierno en Granada; el comandante Manuel Luján; por supuesto, el juez; la cónsul general sueca, sí, sí, nuestra detective en persona; también me ha llamado la Policía sueca, hablando español, y bastante bueno, por cierto.
Y, por si fuera poco, ¿a que no sabes quién me ha llamado también?
—María no hizo ni amago de contestar—.
La prensa. El puto IDEAL . Toma ya. El día que yo me entere, escúchame, María, el día que me entere quién es el que filtra todo en el juzgado, ese día, ese día va a ser un día muy triste para ese pedazo de subnormal.
Pero siéntate. Siéntate que te cuente lo que ha declarado la mosquita muerta, que vas a alucinar.
Ingrid se enteró casi al mismo tiempo que María.
Acababa de tomar el café con su madre, ambas tapadas con una manta en la mesa camilla y sin hacer mucho caso a la telenovela a volumen bajo que habían puesto en la tele para medio dormitar, cuando Klara Pålson la llamó al móvil.
Al igual que María, Ingrid había pasado toda la mañana arreglando papeleo, cuatro pasaportes y alguna documentación adicional para una familia sueca que iba a viajar a Disneyland.
Mientras rellenaba los documentos, Ingrid imaginaba sus fotos allí, los cuatro sonrientes, con mochilas a la espalda y sudaderas anudadas a la cadera, abrazados lateralmente a Mickey Mouse.
Ingrid tardó unos minutos en procesar correctamente lo que la cónsul general le estaba contando.
Pålson tuvo incluso que comprobar un par de veces que Ingrid seguía al otro lado de la línea o que se estaba enterando de lo que le decía.
Finalmente, Klara Pålson le dijo que era muy importante que tuviera en cuenta dos cosas.
—Una: te vamos a enviar por fax un parte diario de la investigación, puesto que la Guardia Civil está obligada a informarnos por protocolo. Sobra decir que esos partes son totalmente confidenciales. Si los vas a conservar, archívalos en el repositorio consular, por favor.
—…
—¿Ingrid?
—… sí, sí, claro. Descuida.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, Klara, perdona. Solo estoy un poco impresionada.
—Lo entiendo, es normal. Han sido… muchas cosas.
—¿Qué es lo segundo?
—Pues que estoy segura de que vas a tener encima a la prensa, porque ya me han llamado de Aftonbladet preguntando por Hans, y me lo han dicho tal cual: cuéntenos algo sobre el asesinato del viejo en España.
Así que es cuestión de tiempo que empiecen a meter la nariz.
Bueno, la cabeza entera. Te van a intentar liar, Ingrid.
No caigas, por favor. Es un asunto delicado y morboso, y seguramente querrán que les dé para una historia en muchos fascículos. Y no me da la gana.
—Por supuesto, Klara, descuida. Ya sabes que no tienes de qué preocuparte —dijo Ingrid justo antes de colgar el teléfono.
Después, se quedó en silencio mirando a la pared mientras se rascaba el costado con la mano izquierda, como si en aquel lugar en donde Elina la pinchó se le hubiese incrustado una esquirla ardiente, y al mismo tiempo se imaginaba a Hans, ese hombre sin voz, ese viejo solo rostro, solo ojos de momia, muerto en silencio como muere una vela, una mosca encerrada en un coche, una maceta olvidada, un gusano atravesado por un arado, un polluelo que cae del nido en mitad de la noche en un bosque sin nombre.
No obstante, Klara se lo había contado a Ingrid con un tacto y una paciencia de los que carecían las frías formas policiales con las que Granero le dijo a María después de que esta hubiera tomado asiento:
—Bueno, sargento, pues Elina ha declarado, y aquí te dejo copia, ahora tú lo lees bien, que cuando llegó a casa de dar un paseo con el perro, se encontró a Hans muerto en el sofá.
Granero levantó las cejas.
—Vale —dijo María.
—Vale. Hasta aquí normal. Pero cuenta que se le pasaron dos ideas por esa cabeza de pajarito.
La primera fue que su padre quería un enterramiento tradicional.
Palabra textual: «casero». No me mires así, es lo que ha dicho.
«Casero». Que en la zona de la que provienen, todo se hace en casa, desde el parto hasta el entierro.
Todo. Y lo segundo en lo que pensó, lógicamente, es en la pensión.
En que, si daba parte, perdería el pastón que le envía cada mes el gobierno sueco. Chica lista.
Granero hizo una pausa y sacó de un cajón de su mesa una cajetilla de Chesterfield. Mientras encendía un cigarro, María dijo:
—Y entonces lo enterró.
El capitán dio una calada despacio, recreándose en el humo que hinchaba sus pulmones, en las volutas grises y azuladas que salieron de su boca y de su nariz al mismo tiempo y que formaron una tenue borrasca alrededor de la lámpara de su mesa.
—Pues no lo sabemos. Porque el juez, después de apretarle diciéndole que cualquier persona debe dar parte de una defunción, que debía haber llamado a emergencias y que a las personas, al menos en este país, que es casualmente en el que ha muerto su padre, según la ley de enterramientos, hay que darles «un post mortem digno», le ha preguntado que cómo lo hizo entonces.
Y Elina ha respondido entre lágrimas que se las ingenió.
Tal cual. «Me las ingenié». Obviamente el juez ahí sí que le ha apretado, pero en ese momento ha empezado el numerito.
Nuestra querida amiga ha perdido completamente la cabeza.
Se ha liado a llorar, a gritar como una loca, a tirarse de los pelos, a coger objetos de la mesa de su señoría y después, ojo, a convulsionar.
—No me jodas.
—Pues sí. Hasta el punto de que la han tenido que reducir.
Ha golpeado la mesa del juez gritando frases en sueco y dándole el puto baile de San Vito.
Por lo visto, ha tenido que venir personal sanitario para atenderla.
Habría que ver a Morillas. —Granero dio un par de carcajadas y apagó el cigarro en un cenicero atestado—.
Así que a su señoría se le han hinchado bien las pelotas.
—Hizo una pausa antes de continuar—: Ah, se me ha olvidado contarte que, antes de que le diera la locura, el juez le ha preguntado si el padre está en la casa.
Los restos, se entiende. Y ella ha asentido. Así que, aquí entras tú.
—Tengo dos preguntas.
—Espera. Antes te cuento lo que pide el juez.
—Vale.
—En primer lugar, ya sabes que estamos muy presionados: Madrid, el subdelegado, Suecia… Así que quieren un trabajo serio. Que no deleguemos.
—Que no delegue yo, entiendo. Porque el resto estáis delegando de la hostia.
—Sargento.
—Está bien. Sigue.
—Pues su señoría acaba de decretar prisión preventiva para Elina. Se la han llevado a Albolote y mañana la va a llamar otra vez a declarar. Además, quiere que precintemos la casa hoy mismo. Hace falta que alguien se pase.
—Ahora mando a Damián y que se lleve a quien haya por aquí. No hay problema.
—Perfecto. Bueno, pues mañana a primera hora hay que ir a la casa.
El juez ha ordenado investigarla a fondo.
A todos los niveles. Quiere que, si hay algo del padre allí, aunque sea un puto pelo, lo encontremos.
Que removamos todo lo necesario para encontrar el cuerpo, si es que está allí.
Eso implica también la parcela. —María puso cara de asombro—. ¿Qué? ¿Es grande?
—Inmensa.
—Pues nada. Hay que poner aquello del revés. El juez está empeñado en saber qué ha sido de ese hombre.
—¿Puedo preguntar ya?
—Puedes.
—Primero: ¿ha dicho algo de Katja?
—Sí. Que no tuvo nada que ver. Que no estaba allí. Que no vive allí.
—Y una mierda. Sabes que ahora mismo estará allí, ¿verdad?
—Bueno, pues como la propia Katja ha dicho que no vive en esa casa, si los que van a precintar se la encuentran, que la manden a tomar por culo. Lo segundo.
—¿Cuándo dice que murió Hans?
—Hace cinco años. Enero del noventa y cinco.
María se echó a reír. Granero también sonrió.
—Justo cuando algunos delitos prescriben, qué casualidad. Me da que esta prefiere ponerse más años de estafa, pero que prescriba otra cosa. Sea lo que sea.
—Tiene pinta, sargento. Pero demuéstramelo.
—Otra cosa.
—¿No eran dos?
—Bueno, tres.
Silencio. Sonrisa.
—¿Y el gobierno sueco? ¿Sabemos si va a hacer algo? —preguntó María.
—Ni idea. El juez ya les ha dicho que el delito fiscal es cosa de ellos.
Él no tiene competencia en lo del dinero.
Tiene toda la pinta de que aquí no le vamos a poder meter mano con la estafa, así que Suecia tendrá que decir algo.
Pero esa gente tiene escarcha por dentro.
Ya sabes, muy civilizados, pero están cuajados. A ver por dónde salen.
—Pffff.
—Pues sí. Bueno, resumiendo. Que mañana tienes que llevarte a la casa toda la gente que puedas. A primera hora os quiero allí.
María pensó.
—Creo que con diez estaría bien.
—¿Doce?
—Pues te lo miro, pero creo que sí. Pero como esto se dilate mucho y estemos en la casa todo el fin de semana, la semana que viene no va a trabajar nadie, Carlos. Os va a caer una lluvia de días libres acojonante.
—Ya me encargaré yo de que trabaje alguien, sargento.
Vete a casa ya, anda. Que esto promete ser intenso.
Mañana el juez ha citado a la sueca a las diez.
Cuando sepamos algo, te llamo. Ah, toma.
—Granero le tendió a María una bolsa zip cerrada—.
Las llaves. Hemos hecho copia, así que puedes darle una a quien vaya a precintar. Encontradme al puñetero viejo.
María llegó a casa a las siete de la tarde después de dejar preparado todo el dispositivo de registro del día siguiente.
Un par de guardias ya habían precintado la casa de las suecas y, para su estupefacción, no habían encontrado allí ni personas ni animales.
Ni a Katja, ni a los perros, ni a los gatos.
Damián Sánchez, el guardia que había llevado a cabo el precinto, un zorro viejo que rebosaba mala hostia y un ingenio desperdiciado por su ilimitada pereza, se lo dijo claro cuando la llamó:
—Le hemos dado todo un día para prepararse. No hemos estado muy avispados ahí, mi sargento.
Ya en su casa, María sintió ese vacío extraño y desprovisto de sentimientos que lo motiven que solo puede rellenar la vacuidad del capitalismo, por lo que le propuso a Carlos ir al McDonald’s a cenar.
Su madre vivía en la Plaza de Gracia, así que el de Recogidas les caía cerca.
El niño se mostró encantado y cenó con alegría, entusiasmado por su Happy Meal y la figura de Buzz Lightyear que le vino dentro de la caja.
Cuando regresaron a casa de su madre, María pensó que la comida basura es el perfecto emblema del capitalismo, pues toda aquella parafernalia de luces, colores, música y mensajes bien estudiados ofrece un consuelo basura, asquerosamente instantáneo, y que provoca una cierta resaca y el mismo malestar estomacal que el de las hamburguesas de McDonald’s.
Cuando Carlos se acostó, María también se metió en la cama y leyó el dosier de la declaración de Elina.
Alabó las increíbles dotes de transcripción de la secretaria judicial para plasmar por escrito todos los elementos extraverbales que habían ocurrido en aquella sala: los golpes, los gestos, las convulsiones, la llegada de la atención médica.
Y una frase enunciada constantemente por Elina que aparecía sin cesar a lo largo de aquellos nueve folios igual que una plegaria recorre sin descanso un texto litúrgico: «Mi pobre padre».
Esa noche María sí que se masturbó con ganas, hasta el punto de dejar la sábana bajera completamente empapada y tener que poner una toalla sobre la enorme mancha de flujo que tenía forma de ballena o quizás de zepelín, con la esperanza de que la absorbiese durante las horas que faltaban hasta el amanecer.
A mitad de la noche vomitó.