Una fábula sueca 28 #2
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Prados sonrió. María le dijo que fuera a tomar algo mientras ella terminaba de preparar las diligencias para cerrar el atestado.

Él era el secretario del caso, por lo que tenía que firmar cada documento.

María pasó unos tres cuartos de hora preparando toda la documentación, redactando con cuidado la argumentación con la que intentaba justificar que se investigase la desaparición de Hans y agobiada por la cantidad de burocracia que requería su trabajo, resoplando, rascándose de vez en cuando la cabeza, con ganas de tomar un café pero sin ganas de acercarse a por él.

Cuando terminó la última diligencia —«diligencia de entrega de detenido»—, dio por finalizado el atestado.

Antes de acercarse a hablar con Prados, llamó a su madre.

—Me temo que tengo por delante unos días muy complicados, mamá.

Para su sorpresa, la encontró de muy buena actitud. A tenor de la conversación, parecía que su madre también había estado pensando en todo lo que estaba ocurriendo con el niño, el trabajo y la cantidad de circunstancias que asaltaban a María en aquella época.

—No pasa nada, nena. Ya está, qué le vamos a hacer. Ya sabemos que tu trabajo es así.

—Gracias, mamá.

—Perdona si a veces parece que te recrimino cosas, hija. Es que…

—No, mamá, déjalo…

—No, María. Es que mi vida ha sido muy diferente a la tuya. Tan diferente que me choca, y a veces… Pero oye, lo vamos a sacar adelante. El trabajo, el niño. Todo. Sabes que me tienes aquí.

—Pues claro, mamá. Qué cosas tienes, claro que sí. Además, después de este caso y de terminar algunos papeleos, me voy a poder coger un puñado de días. Porque me temo que me va a tocar pringar el fin de semana también. A ver lo que dice el juez. Ya veremos.

—Vale, cariño, no te preocupes. He puesto una lavadora con la ropa de Carlos y estoy haciendo comida.

—Gracias, mamá. Gracias.

María colgó el teléfono. Estaba un poco emocionada, pero no se permitió a sí misma recrearse en su desconcierto.

Llamó a Prados, que venía comiéndose una manzana Golden.

Prados firmó todas las diligencias y bajó a ordenar el traslado de Elina al juzgado.

La llevarían dos guardias de uniforme en un coche de traslado —bicolor y con mampara—, y María y Prados irían detrás en el Renault Megane azul oscuro camuflado.

Apenas dijeron nada durante el trayecto, que duró unos quince minutos en los que María condujo atenta al coche que transportaba a Elina mientras que Prados contemplaba el cielo limpio y rugoso de un invierno tenaz como pocos.

Fuera había dos grados y dentro del coche sonaba Don´t stop me now a través de una emisora de música nostálgica.

—Una entrega con detenida —dijo María en la ventanilla del juzgado mientras presentaba dos copias del atestado—. ¿Está Susana Palacios?

—Sí, está en su despacho. ¿Sabe usted cuál es?

—Sí, sí. Gracias.

María cogió su copia del atestado y se acercó a Prados, que estaba sentado en una silla de plástico atornillada a la pared:

—Espérame aquí un momento —le dijo.

Y fue hasta el despacho de Susana, su contacto de confianza en el juzgado.

Habían estudiado juntas en el instituto y se habían hecho inseparables cuando el novio de Susana la engañó con María.

Después de darse tres voces se dieron cuenta de que ninguna de las dos tenía culpa de aquello, por lo que fueron a unos recreativos a verter su ira sobre el muchacho y después a tomar un puñado de jarras de tinto con limón y licor de mora a un bar de Pedro Antonio.

Ya no quedaban mucho, pero la verdad es que a María le venía muy bien tener a Susana en el juzgado.

Se saludaron, se besaron y se contaron un par de trivialidades. Susana tenía prisa. María le contó rápido.

—Sí, yo te mantengo informada —dijo Susana mientras recogía unos papeles—, no te preocupes. Ya estamos advertidos, por lo visto ha llamado alguien, supongo que por la parte política. Seguro que la meten rápido.

—¿Qué juez le ha tocado?

—Rodrigo Ibáñez —dijo Susana.

—Su puta madre. Le podría haber tocado Alcántara.

—Bueno, ha tenido suerte.

Y es que Ibáñez era considerado un juez relativamente blando, mientras que Yaiza Alcántara era una magistrada implacable, famosa en el mundillo del derecho por su dureza y su alineación con la versión más dura de la fiscalía.

María se despidió de Susana y salió. Recogió a Prados y bajaron al aparcamiento.

No se cruzaron con Elina por medio minuto.

La sueca estaba cada vez peor. Había llorado durante todo el traslado, e incluso había golpeado un par de veces la mampara diciendo «Yo no he sido» y «¿Es que no lo entienden?

». Ya en el calabozo del juzgado, se había sentado en una esquina y se había echado a llorar con ansiedad, con la cara pegada a la fría pared de yeso, pensando a saber en qué.

Quizá en Katja, que estaría triste y enfadada; quizá en sus perros, en sus pobres perros solos en esa casa helada; quizá en la puta mentirosa que la miraba con cara de orgullo, o quizá en su padre, al que estaban molestando en su oscuro descanso ajeno al tiempo. Entraron dos guardias.

—Vamos.

Elina los miró. Sus ojeras se habían prendido en rojo a causa del llanto y aún le quedaban un par de desconchones de carmín en los labios, que parecían un trozo de pared vieja y reseca.

—La espera el juez.

Los guardias la llevaron ante un ascensor en el que tuvieron que meter una llave cada uno. Elina los miró:

—Yo no he sido.

Uno de los guardias, más que acostumbrado a aquello, le contestó:

—Eso dígaselo al juez, señora.

Morillas estaba esperándola en la puerta del despacho.

Su gesto tenso puso aún más n erviosa a Elina, que ya de por sí sentía una opresión en el pecho y un aura triste y gélida que envolvía su cuerpo mientras recorría el pasillo esposada y entraba al despacho del juez, todo roble, todo libros jurídicos, todo foto del rey Juan Carlos I y todo aire helado y gris.

Elina entró con su abogado y la puerta se cerró detrás de ellos.

—Siéntese —dijo la voz ronca y rugosa del juez.