Una fábula sueca 28
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«No, joder, no, me cago en mi puta vida, no, no» fue la línea inicial de pensamiento de María cuando vio luz en la ventana.

Despertarse espontáneamente, sin la alarma sonando, y ver luz entrando por la ventana no suele ser una buena señal.

Miró el reloj: no era tan tarde. «Joder, menos mal».

Pero se había dormido, así que echó a correr en bragas por el pasillo hasta la habitación de Carlos y allí se obligó a frenar para despertarlo con calma.

—Cariño. Mi vida. Nos hemos dormido un poquito. —Lo besó en la mejilla, rojiza y ardiente—. Hay que levantarse y darse un poco de prisa. Cariño. Cielo.

El niño lo miró con extrañeza. Tardó uno segundos en ubicarse en el mundo.

—¡Mamá!

Carlos la abrazó, cerrando los ojos, recreándose en el sueño a medio olvidar que aún lo inundaba y en el calor de su madre.

María se permitió abandonarse en ese abrazo, en ese olor que le compensaba toda la hostilidad, la ira, el odio, la contemplación constante de la cara oscura de las almas, todo aquello con lo que tenía que lidiar a diario y que —afortunadamente ella era consciente de esto— solía afectar a su carácter sumiéndola en un estado de alerta y antagonismo hacia el mundo.

—Vamos, cariño. Que llegamos tarde. Vístete, que hace frío.

Su madre también se acababa de levantar y preparaba café y el colacao de Carlos. Miró a María.

—¿Qué?

—Nada, hija.

María dejó al niño diez minutos tarde en el colegio y, mientras conducía camino de la comandancia, sonó su móvil. Era Prados.

—María, el abogado ya está aquí.

—Estoy de camino. Llego en cinco minutos, dile que he tenido que atender un caso urgente a primerísima hora. Y por Dios, Moisés, que no se vean. Que ni se miren hasta que nosotros los metamos en la sala.

—No tranquila, ella está en el calabozo. Acaba de bajar Sandra a convencerla de que se vista.

—¿Qué?

—Sí, nuestra amiga ha pasado toda la noche en bragas y sujetador. La verdad es que hace calor ahí abajo, pero…

—Joder. Está como un puto cencerro. A ver por dónde nos sale hoy.

—…

—No cuelgas ni dices nada. ¿Qué pasa? Suéltalo.

—El abogado.

—¿Qué?

—Es Morillas. Un hijo de puta.

—Sé perfectamente quién es Morillas. El pelirrojo de los cojones. Lo que no sé es cómo coño estas muertas de hambre se lo pueden permitir. —María hizo una pausa mientras se incorporaba a una rotonda—. No obstante, tengo mis sospechas. Oye, que estoy casi llegando. Ahora nos vemos.

María dejó el coche en el aparcamiento subterráneo y subió a su despacho.

Prados la saludó mientras ella colgaba el abrigo y le tendió un café de máquina, algo que a María, a pesar de que el café era con leche y azúcar —es decir, completamente opuesto a cómo le gustaba— le hizo sentir esa alegría desproporcionada que solamente pueden provocar los detalles inesperados.

—¿Se ha vestido?

—Sí. También ha desayunado. La tenemos ya en la sala.

—Perfecto. Vamos para allá. ¿Y Morillas?

—Ahí lo tienes.

María se asomó a la sala de espera y vio al abogado. —Gordo, impecable, pelirrojo—. Estaba leyendo unos documentos. Sobre la mesa tenía un café de la máquina.

—Letrado —saludó María.

—¡Sargento! ¿Cómo estamos?

—Bien, no me quejo. Tengo entendido que mi compañero ya le ha informado sobre el caso. ¿Vamos?

Morillas se levantó y María constató que era realmente enorme.

Alto. Ancho. Su calva brillante, su bigote rojizo y su gesto bonachón le daban aspecto de león marino.

Pero a María ya no la podía engañar con su falsa bondad, su intimidación física y su aparente inocencia argumental.

Ella sabía perfectamente cómo se las gastaba Fernando Morillas, conocido en media España por la cantidad de casos perdidos que había conseguido defender con éxito.

—¿Me lo cuenta usted, sargento?

—Es fácil, letrado. Como ya le habrá dicho el guardia Prados, su defendida vino ayer por voluntad propia, en calidad de testigo, para explicarnos el paradero de su padre.

Ya sabrá que el gobierno de Suecia lo busca desesperadamente.

Tras un rato de charla amistosa, Elina nos contó que su padre había fallecido.

Y como Suecia, durante el tiempo que el hombre lleve muerto, le paga religiosamente la pensión, su defendida estaría incurriendo en estafa.

Además, no sabemos nada del padre, ya que su defunción no consta en ninguna parte. ¿Entramos ya?

Morillas no se movió de su sitio, sino que miró a María y preguntó:

—¿Y cómo fue que se prestó a venir a la comandancia, sargento?

—Muy sencillo, letrado: la invitamos y ella accedió. —María sonrió y señaló hacia el pasillo—. ¿Entramos? Tengo mucho trabajo esta mañana.

María se las ingenió para entrar primero, y antes siquiera de fijarse en el terrible aspecto de Elina, centró toda su atención en evaluar algo esencial: la primera mirada que se cruzasen el abogado y su defendida.

No hubo duda: Elina esperaba la entrada de Morillas con desesperación y el gigante pelirrojo buscó los ojos medio estrábicos de la sueca e hizo un leve gesto de negación con la cabeza que María pudo ver y posiblemente interpretar.

Después, María ya pudo fijarse en Elina, quien la miraba con rabia contenida, despeinada, con el maquillaje que traía el día anterior a medio retirar y vestida con la misma ropa.

—Buenos días, Elina —dijo Morillas—. ¿Estás bien? ¿Te han dado comida y aseo?

Elina asintió.

—Vale, Elina. Buenos días —dijo María—. Antes de empezar, tenemos que leerte tus derechos delante de tu abogado. Juan, por favor.

Prados recitó y le pasó al abogado la diligencia de lectura de derechos.

Todos firmaron y María se giró hacia la sueca.

Mirarla a los ojos era como contemplar un paisaje ártico, helado y silencioso, un lugar completamente blanco donde es casi imposible respirar, atisbar siquiera a dar una bocanada.

Ella agachó la cabeza cuando María empezó a hablar.

—Elina, ayer nos dijiste que tu padre, Hans Mattsen, ha fallecido. ¿Puedes contarnos las circunstancias de su muerte por favor?

Silencio. Cabeza baja. Melena despeinada. Raíces morenas brotando de la raya del pelo.

—Elina, ¿cómo murió tu padre?

Silencio. Cara de boba.

—¿Cuándo ocurrió?

Silencio. Mirada a una pared.

—¿Por qué no diste parte a Emergencias o a la Policía?

Silencio. Ojos húmedos.

—¿Por qué no has notificado nada al gobierno de tu país?

En ese momento, Morillas intervino:

—Elina, ¿quieres…?

Pero María lo cortó tajantemente:

—Letrado —dijo con sequedad—. Por favor, no es su turno.

—Disculpe, sargento —dijo Morillas con un regusto de ira silenciosa en su mirada.

—Mira, Elina —siguió María levantándose de la silla y apoyando las palmas de las manos sobre la mesa para echarse un poco hacia adelante—. Te voy a acusar de un delito de estafa y voy a sugerir una investigación por la muerte de tu padre. Aquí y ahora tienes la opción de explicarte.

Elina levantó a la vista y miró a María.

Sus labios, carnosos y con restos de pintura seca, amagaron una leve sonrisa.

María le mantuvo la mirada, pero la sueca no dijo nada.

Solo miraba y sonreía levemente. Pasados unos segundos, Elina eructó sonoramente.

Todos se quedaron perplejos, inmóviles, tan sorprendidos que solo supieron mantener el silencio durante unos minutos más. Fue María quien lo quebró.

—Letrado, su turno.

—Bien —dijo Morillas—. Señora Mattsen, ¿cómo la trajeron hasta aquí?

Silencio. Era muy evidente que con aquella pregunta el abogado estaba dejando bastante claro por dónde quería orientar las cosas.

Había pasado media hora y aún no se había escuchado la voz de la sueca.

María miró a Elina y después a Morillas, y pensó que aquello estaba más que pactado.

Miró el bolígrafo que había delante de la sueca.

Según la chorrada aquella de Prados, Elina sería culpable, pues no lo había tocado. La sargento se hartó.

—Vale, Elina. Está bien —dijo con brusquedad—. Ya veo cómo van a ir las cosas. No obstante, voy a hacerte una pregunta importante. Y es bueno para ti que contestes. —Hizo una pausa—. Elina, ¿renuncias a tu derecho a declarar en sede policial?

Elina y Morillas se miraron. El abogado parpadeó.

Ostensiblemente. Después, Elina agachó la cabeza intentando hacer algo imposible, pues si hay una cosa difícil de esconder en esta vida son unos ojos que empiezan a llorar.

Mirando hacia sus propias rodillas, con apenas un ronco burbujeo que pareció más un suspiro que una palabra, Elina dijo:

—Sí.

—Perfecto —dijo María levantándose—. Por nuestra parte, hemos terminado.

Prados, vamos a dejar que la acusada y su abogado tengan la reunión que les concede la ley.

Pueden usar esta sala, así que dile a Ortega que se quede en la puerta para trasladar a Elina cuando terminen.

Letrado —añadió María girándose hacia Morillas—, voy a preparar las diligencias para llevar a su defendida al juzgado.

En cuanto las tenga, haremos el traslado.

Será esta misma mañana. Tengo mucho trabajo.

—Muy bien, sargento. Iré para allá cuando hayamos terminado. Está de guardia el tres, por si no lo sabe.

—Estupendo, gracias —dijo María. Miró al fondo de la sala—. Adiós, Elina.

Elina musitó un par de sílabas que se perdieron en aquel velo de silencio amargo.

Los agentes entraron en el despacho de María y, mientras esta se llenaba un vaso del bidón de agua, Prados dijo:

—¿Qué te parece?

—Pues me parece —María dio un trago al agua— que lo tienen más que hablado. Y también me parece que se equivocan. Que el abogado y Katja o quienquiera que esté detrás de esto, creen que Elina se tiene la lección bien aprendida. Pero aquí está, ¿no?

—Aquí está.

—Así que, que sigan. Que sigan confiando.