Una fábula sueca 27 #3
70%

27 #3

La sombra era sombra porque no se atrevió a encender una sola luz.

Ni siquiera una vela, un fósforo o un mechero.

Alguien que no supiese que estaba allí no hubiese podido verla.

Caminaba por la casa a oscuras, sorteando los muebles, los objetos y las puertas como un espectro incapaz de asumir el espanto de la muerte, vagando sin rumbo a través los pasillos apenas iluminados por fibras pálidas de luz que entraban por las ventanas como hebras plateadas, como trasquilones fugaces.

La sombra tenía tantas cosas que hacer, tantas que revisar, que se obligó a sentarse un momento en el salón.

A pensar. Sobre la mesa había una botella de Dewar’s.

Desenroscó el tapón y dio un trago directamente de la botella.

Pensó. Dio otro trago más y enroscó el tapón.

Cuando el whisky —seco, ácido, ahumado— se asentó en su estómago, la sombra se sintió reconfortada, acariciada por una oleada de calor trémulo.

Se levantó y contempló el valle oscuro a través de las ventanas.

Todo era frío, negrura y nada de viento.

Pensó fugazmente que, de pronto, sin saber por qué, aquel era un mundo nuevo, un mundo más turbio.

Unas horas más tarde, toda aquella tierra azulada sería escarcha.

Después abrió un armario y sacó una mochila de acampada, una Eastpack de 50 litros que llevó hasta la mesa de estudio.

Con cuidado, en silencio, apenas iluminada por el brillo gris de las ventanas, abrió los cajones y fue llenando la mochila con papeles, eligiendo muy bien lo que se llevaba y lo que volvía a dejar en el cajón.

Si tenía dudas sobre algún documento, lo metía en la mochila.

Cuando terminó, revisó las habitaciones.

Metió algunas cosas más en la mochila y fue a la cocina.

Se sentó en un taburete alto y descolgó el teléfono. Marcó. Un tono, dos, tres.

—Vamos, coño.

Cuatro.

—Cógelo.

Nada.

Marcó otro número. También de memoria. Este contestó al instante.

—Soy yo —dijo la sombra.

—¿Qué quieres?

La sombra sabía muy bien cómo tratar con animales, con bestias, y también con hombres rudos y secos.

—Necesito que vengas. Y que te traigas las herramientas. Y a Nacho. Tráete también a Nacho. Hay que hacer un trabajo. De hecho, consigue todos los hombres que puedas.

—¿Qué coño estás diciendo? ¿A estas horas?

—Sí, a estas horas. Lo necesito.

—Estoy con mi familia, vete a la mierda.

La sombra pensó. Apretó el cable rizado del teléfono.

—Pero cuando te llamo a estas horas para decirte que tienes una negra abierta de piernas…, ahí sí que vienes, ¿eh? ¿Eh, cabronazo?

Silencio.

—¿Qué hay que hacer?

La sombra se lo explicó. Despacio.

—¿Por qué? ¿Por qué ahora?

La sombra se lo explicó.

—¿Me estás diciendo que tienes a la puta Guardia Civil encima y que yo tengo que ir allí, a hacer eso? ¿Y que además saque a mis hombres de sus casas y los lleve también? Vete a tomar por culo. Estoy con mi familia.

Así que la sombra le dijo que «por favor», que lo necesitaba, que le haría lo que él quisiera, lo que él quisiera, que se dejaría hacer lo del otro día, que le buscaría dos negras a la vez, o incluso a una niña, como aquella vez, sí; que le conseguiría una niña a la que vestiría como a él le gustaba, pero esto último no se lo llegó a decir al él, se lo dijo a un frenético bip-bip-bip que emitía el auricular después de que él hubiese colgado.

«Piensa», se dijo.

Pensó rápido. Se levantó, abrió un cajón de la cocina y sacó una libreta pequeña. Pasó un par de páginas y volvió al teléfono. Mirando la hoja con dificultad, marcó un nuevo número. Tras hacerlo, echó la libreta a la mochila.

—Soy yo —dijo—. Necesito que vengáis.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Es importante.

—¿Qué ocurre?

La sombra se lo explicó.

—Llevamos trabajando todo el día, hemos llegado ahora mismo. Estamos muertos, de verdad.

—Lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Pero necesito que vengáis. Mira. Escúchame. Si venís, quedamos en paz.

—¿Totalmente?

—Totalmente.

—¿No te debemos nada?

—Nada.

Al otro lado del teléfono, alguien habló de fondo. Una voz de mujer. El hombre le dijo «Shhh».

—Llegamos en veinte minutos.

Así que la sombra invirtió esos veinte minutos en seguir buscando.

Bajó a la primera planta, bajó al sótano y metió un par de cosas más en la mochila.

Ya estaba casi llena. Las sombras de las nubes se desplazaban imperceptiblemente por la estancia creando figuras fugaces, inciertos dibujos que aparecían repentinamente en las paredes.

Cuando escuchó el coche acercarse a la casa, salió y abrió.

La lluvia se había alejado y había dejado un rastro de humedad, un halo gaseoso que apenas era una alteración cromática en la tenue luz de las farolas.

Dos personas se bajaron del coche. Traían las herramientas. Parecían cansados.

En silencio, entraron a la casa. Todo estaba a oscuras e impregnado en una brisa seca y fría, como en una catacumba visigoda. Tres sombras. Tres sombras que se escabullían entre las tinieblas repeliendo la luz.

Ella los saludó:

—Buenas noches, Viktor. Elise, me alegro de verte. Pasad. Es abajo. En el sótano.