Una fábula sueca 27 #2
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27 #2

La historia se recreaba durante un par de páginas en la triste vida del joven príncipe Fjölnir, un muchacho que creció obsesionado por vivir cerca de aquella muñeca de ramitas secas que lo mantenía a salvo de una muerte segura.

Un príncipe débil y temeroso cuyo carácter había sido completamente condicionado por la presencia de aquel objeto siniestro.

El desenlace de la fábula era cruel, porque el príncipe empezaba a darse cuenta de que la muñeca, como por otra parte era normal, al estar fabricada con materia orgánica, se estaba descomponiendo.

Las manitas ya no existían y, cada vez que la manipulaba, el torso soltaba un poco de polvo o se le desprendían algunos trocitos.

Así que el príncipe se obsesionó hasta tal punto con aquello que decidió salir una noche, sin decir nada a nadie, en busca de la cabaña de la anciana.

Conocía el sitio de sobra, pues sus padres siempre le habían señalado el lugar cuando pasaban por allí en el carruaje real.

La noche era fría y una enorme luna esparcía una sábana brillante sobre los árboles.

El príncipe se adentró en el bosque, cuyo suelo estaba formado por un sustrato de ramas muertas que hacían difícil caminar.

Poco a poco, tropezando continuamente, consiguió adentrarse un buen trecho hasta que vio una cabaña a unos cien metros de distancia.

Pero cuando se quiso dar cuenta, ya no tenía la muñeca.

Posiblemente se le había caído del morral —que efectivamente estaba mal cerrado— en uno de sus tropiezos.

El príncipe entró en pánico. Se olvidó de la cabaña y se centró en volver sobre sus pasos y en buscar la muñeca.

Empezó a notar picor por todo el cuerpo y una especie de rubor enfermizo que lo hacía sudar pese al frío.

No podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera la maldición de su familia.

El problema era que el suelo estaba lleno de ramas secas de enebro, idénticas a las que formaban su talismán.

Desesperado, echó a correr en una dirección cualquiera, y ahí fue cuando pisó la trampa para lobos.

El príncipe gritó ante semejante estallido de dolor: el cepo le había desgarrado toda la carne de la pantorrilla hasta clavarse con firmeza en la tibia.

Intentó abrir el cepo, pero su esfuerzo solo servía para cortarse las manos con la cuchilla.

No obstante, no llegó a intentarlo muchas veces, pues la jauría de lobos salió de entre los árboles y se lanzó directa hacia él.

Empezaron el festín dos machos jóvenes, que fueron los que primero se abalanzaron sobre Fjölnir.

Mientras gritaba de horror ante las primeras dentelladas, el príncipe vio cómo se acercaba a él una pequeña sombra que salió de entre los árboles.

Era la anciana. Pero, a medida que se aproximaba, la minúscula viejecita iba aumentando de tamaño hasta convertirse en un gigantesco trol que apartó a los lobos de un grito seco mientras se acercaba a Fjölnir, que convulsionaba sobre un charco de sangre.

Y antes de abrir sus entrañas y devorarlo, el trol le dijo al príncipe: «Sabes que la muñeca te trajo hasta mí, ¿verdad? ».

Así terminaba.

—¡Qué horror! —exclamó Camilla.

—¡Supergore! —dijo Adam sonriendo—. ¡Me encanta!

Ingrid apenas dijo nada, salvo un tímido: «Qué barbaridad de historia». Gabriel, que había escuchado la última parte apoyado en el marco de la puerta, comentó:

—Esta es la más bestia con diferencia. Qué crueldad.

—Las fábulas son para enseñar algo a la gente, ¿no? —dijo Adam mientras se incorporaba—. ¿Qué pretendían enseñar con esta?

Ingrid dijo que el debate se ponía interesante, pero que tenía que marcharse.

Así que besó a sus hijos y a Gabriel, se puso el perfume y el abrigo y llamó a un taxi.

Aquella historia de la muñeca y el príncipe la perturbó durante el trayecto hasta Granada, quince minutos que invirtió en reflexionar acerca de la pregunta que había hecho Adam: ¿qué pretendía enseñar la historia del príncipe Fjölnir?

Recordó otras de las historias del libro: obviamente, eran advertencias para el ser humano, ejemplos para adquirir ciertas defensas sobre las amenazas intangibles del mundo.

Y llegó a una especie de teoría general, a un denominador común de todas aquellas fábulas que nacían de las ascuas ideológicas de su cultura: el miedo solo puede hacernos daños si cedemos ante su presión.

Ya sabemos cómo terminó la noche de Ingrid. Con un taxista argentino y un crisantemo violeta flotando en la piscina como el cadáver de una estrella de rock ahogada: tan siniestro como bello.

La tercera mujer de la noche es Elina.

Elina estaba experimentando una sensación que le provocaba náuseas, pues no podía pensar al mismo ritmo que ocurrían las cosas.

En otras palabras: su mente y el mundo se habían desacompasado.

Mientras hablaba con la mentirosa en la sala de la comandancia, Elina aún pensaba en la visita de los agentes a su casa y en lo contenta que se pondría Katja al ver que ella, «la que nunca hace nada», había vendido un cachorro.

Mientras lloraba por su padre junto a la mentirosa, aún le venían a la cabeza las avenidas de la ciudad recubiertas por la bruma helada que había contemplado desde el coche.

Elina no comprendía bien del todo nada de lo que le estaba ocurriendo porque su mente iba un paso por detrás de la realidad, y no fue hasta que entró al calabozo cuando sus pensamientos se asentaron sobre el presente como el polvo que se va posando lentamente sobre las ruinas de una casa demolida.

Antes de que la dejaran con los dos guardias que la habían llevado al sótano, la mentirosa le había dicho que volvería al día siguiente junto a su abogado y que ella, Elina, tendría que volver a contarle lo mismo por la mañana.

Pero ella, Elina, que ya había retomado el control de sí misma, sabía lo que tenía que hacer.

Katja y Fernando la habían preparado para cualquier situación, a excepción de una: justo la que había ocurrido.

Jamás habían contemplado la posibilidad de que la sorprendiesen sola y de que una mentirosa de mierda la enredase con sus trucos de mentirosa, de puta, de zorra, de asquerosa mierda de persona.

No. No volvería a ocurrir. Y, para colmo, antes de irse, la mentirosa le dijo también que había hecho lo correcto, que no se arrepentiría.

«Hija de puta», pensó Elina. «Serás hija de puta».

Pero lo pensó una hora más tarde, ya encogida sobre sí misma en un rincón del calabozo.

Escupió al suelo un esputo verdoso oscuro que dejó un regusto agrio en su lengua y, como no tenía carbón, hizo la señal en el suelo con el dedo.

— Förbannad —susurró.

Dejó sin tocar aquella asquerosa cena que le habían traído los guardias y se sentó en el suelo.

En aquella sala del sótano hacía un calor insoportable, no había un solo resquicio para que entrase luz o aire del exterior y las paredes emanaban un olor denso y viscoso.

Así que Elina se quitó la ropa y se quedó en bragas y sujetador.

Le encantaba estar en bragas y sujetador.

Cuando el guarda entró a retirar la bandeja, la miró de arriba abajo y le dijo:

—Señora, vístase.

—¿Por qué?

—Porque no puede estar así.

Elina lo miró fijamente.

—¿Te gusta? —preguntó.

El guardia la observó de nuevo. Elina pensó: «Le gusta». Y el agente salió del calabozo sin mediar palabra.

Volvió a encogerse en una esquina. A pensar.

Pensó en Katja, en cómo reaccionaría cuando se enterase de lo que había hecho, de lo que había dicho por culpa de la puta mentirosa y empezó a sentir miedo, un miedo que intentó desplazar moviendo su pensamiento hacia los perros, que eran lo que más quería del mundo, pobres perritos, pobres todos ellos, solos, sin mí, solos con Katja, y sintió pena, una pena espinosa que la llevó a pensar en su padre, en su padre muerto, en su padre sin tiempo, porque en la mente de Elina, regida únicamente por magnitudes absolutas, la muerte era la privación de tiempo, la oscuridad, el vacío, la ausencia, la soledad opresiva, volumétrica, y lo que para Elina era, con diferencia, lo más angustiante: un destierro del tiempo que lo privaba, para siempre, del brillo de las estrellas.

Porque si alguien preguntase a Elina qué era lo que más le gustaba de la vida, ella habría respondido sin dudarlo: las estrellas.

Papá.

Muerto.

Sin tiempo.

Sin estrellas.

Y acurrucada, sola, aislada, sin perros, sin Katja, sin padre, sin estrellas que contemplar, y triste y con remordimientos, Elina se durmió.

Y falta la sombra.