Una fábula sueca 27
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He aquí la noche de tres mujeres y una sombra.

María es la primera de ellas. Llegó a casa de su madre un poco antes de las doce de la noche, totalmente devastada por una especie de resaca turbia y espesa que abotargaba la lucidez de su mente.

Al mismo tiempo se notaba agitada, febril, vulnerable.

Removida. Todo el piso estaba a oscuras, a excepción de unos fogonazos que provenían del salón y que iluminaban intermitentemente el pasillo.

Su madre dormía en el sofá frente a la televisión encendida.

—Mamá. Mamá.

—Hija…

—Vete a la cama, anda.

—¿Qué hora es? ¿Has cenado?

—Tranquila, mamá, he cenado. Vete a la cama, que es tarde. El caso se nos ha complicado. Anda, ve. Mañana hablamos.

—Pero, hija…, es muy tarde.

—Mamá, ahora no, por favor.

—Está bien. Buenas noches.

Su madre caminó con la inestabilidad de un herido de guerra y cerró la puerta de su habitación.

María apagó la televisión y fue a la cocina, donde engulló seis lonchas seguidas de jamón cocido.

Bebió un trago de Fanta de limón directamente de la botella y fue hasta la habitación que un día había pertenecido a su hermana Nina y que ahora era la de Carlos.

El niño dormía con tanta calma que María no se atrevió a entrar a besarlo. Todo el dormitorio olía a él.

—Bonito mío —susurró en un tono tan bajo que ni ella misma oyó.

Pensó en el mensaje que le había enviado el capitán Granero cuando se enteró del resultado del interrogatorio de Elina: «No era tan difícil, ¿no?

», algo que María debía de tomarse como una felicitación, supuestamente.

Ya en su habitación, se quitó la ropa y se metió en la cama en bragas.

Desde el divorcio se quedaba tantas veces en casa de su madre que había llenado un armario —su armario de adolescente, que tuvo que vaciar entre las risas que le provocaron a su madre y a ella los atuendos horteras de los ochenta— con varias mudas de trabajo, ropa interior y pijamas.

Decidió no ponerse pijama porque sentía una tensión tan grande que solamente podía aliviarse a través de dos métodos, y masturbarse era uno de ellos.

Apagó la luz, se tapó hasta el cuello con la sábana y se bajó las bragas.

A través de la ventana entraba un haz de luz blanca de provenía del rótulo de un hotel de cuatro estrellas que había al otro lado de la plaza a la que daba su habitación.

María cerró los ojos y empezó acariciando los labios mayores, despacio, apenas con la punta de las uñas.

Notó algo de calor activándose en torno al centro de su cuerpo.

Después tocó con suavidad los labios menores, levemente humedecidos, suaves y tibios.

Sensibles. Pero a su cabeza —que ella intentaba dirigir hacia hombres que la excitaban, entre los que para su sorpresa apareció Prados, de pie, serio, cruzado de brazos y mirándola con complicidad— acudían constantemente fogonazos de imágenes y sensaciones intrusas: Katja medio desnuda saliendo a la calle helada y brumosa, el pasillo granate de la casa, perros negros de orejas recortadas, dos niñas asustadas agarradas por un hombre ante una feria, el olor de aquel frigorífico, la absurda cara de Elina al ser esposada y conducida al calabozo, su madre yendo a buscar otra vez a su hijo al colegio…

Así que, por muchos hombres que intentó evocar, aquello fue imposible.

Era como ver una película a la que introducen un corte de publicidad cada minuto.

Abandonó. Respiró con resignación, se subió las bragas y fue al baño.

Allí abrió un cajón y sacó una caja de Valium 10, idéntica a la que había en el botiquín de la casa de las suecas, una caja que constituía el segundo método para aplacar aquella tensión insoportable.

Tomó un comprimido con agua del grifo, se metió en la cama y notó cómo poco a poco se adueñaba de su consciencia una bruma algodonosa, una flojera que, en la negrura de su pensamiento, iba adquiriendo una textura granulada, como la nieve grisácea de una televisión sin señal.

La transición al sueño fue tan fugaz y violenta como la cuchillada de un asesino agazapado entre las sombras de un callejón del extrarradio de Londres en una noche sin luna de 1884.

De la luz a la oscuridad. Del todo a la nada.

La segunda mujer de la noche es Ingrid.

Ingrid se encontraba muy animada porque iba a cenar con Cecilia, así que se arregló con alegría, escuchando música y canturreando mientras se pintaba los ojos, los pómulos, los labios.

Había pasado el día tramitando algunas reclamaciones, enviando pasaportes e intentando localizar sin éxito a una muchacha sueca cuyo documento de identidad había aparecido en el baño de una discoteca.

Cuando se acicalaba para salir, le gustaba hacerlo en su dormitorio.

Sacaba su estuche de maquillaje del baño y usaba para mirarse el espejo de su cómoda, ya que estar en su habitación le permitía contemplar el pueblo y el campo oscurecerse poco a poco a través de la ventana.

Gabriel, que estaba trabajando en su estudio, entraba de vez en cuando para echarle algún piropo y acariciarle el culo con ambas manos.

Ella se reía y le decía «¡Pero oiga!». Él levantaba las manos expresando inocencia y respondía: «A mí que me registren, señora».

Ya estaba preparada y aún faltaba un rato para marcharse, así que les propuso a Adam y a Camilla algo que llevaban unos días postergando, como quien guarda un buen vino para el momento preciso: leer la última fábula sueca del libro.

Los niños aceptaron con entusiasmo y se echaron sobre la cama de Camilla.

Uno de los motivos por los que a Ingrid le daba pena terminar el libro era porque aquellas lecturas constituían uno de los últimos reductos de infancia de Adam, que renunciaba por unos minutos a su pose de adolescente impasible y volvía a ser aquel crío impresionable y abstraído en las ficciones.

Era algo que Ingrid asociaba a ese libro, y temía que, al cambiar de lectura, al empezar otro libro distinto, ese mágico retorno a la infancia se evaporase.

—¿Listos? —preguntó Ingrid, impecablemente arreglada, aún sin el perfume puesto y sentada sobre el borde de la cama junto a los niños, tumbados en pijama—. ¡Que es la última, chicos! ¡Qué emoción!

Los niños asintieron con júbilo e Ingrid empezó a leer.

La última fábula era una típica historia de nacimiento dentro de una familia real.

Los reyes de Svealand vivían en una permanente tristeza porque todos sus hijos morían a los pocos días de nacer a causa de unas extrañas fiebres que les llenaban el cuerpo de ronchas y que acababan con sus vidas a los tres días.

Siempre a los tres días. Habían traído médicos y druidas de toda Escandinavia, pero ninguno acertaba a explicar aquella terrible enfermedad que estaba privando al reino de su línea de sucesión.

Como es normal, se había extendido por toda Svealand el rumor de que una maldición pesaba sobre la familia real.

En las tabernas se hacía alusión a la brujería y en los reinos contiguos se observaba con atención la desgracia de los reyes, que empezaba a ser sinónimo de oportunidad.

No obstante, ellos traían constantemente niños al mundo con la esperanza de que, aunque fuese por una vez, el mal no acudiese a su encuentro.

Pero era en vano: cada nacimiento traía consigo la enfermedad, y a los tres días, la muerte.

—Vaya —dijo Ingrid—. Se están superando en tragedia.

—¡Lee, mamá! —replicó Camilla.

E Ingrid, después de sacarle la lengua a la niña y darle un pellizco inocente, continuó leyendo.

El cuento proseguía con un extraño encuentro en un bosque.

Estando la reina embarazada, los reyes habían acudido a la boda de uno de sus guardias reales, que se había celebrado en un pueblo cercano.

En mitad del baile, que transcurría entre barriles de hidromiel, espetones de pescado y música de laúd, la reina rompió aguas.

El rey ordenó que trajeran su carro de inmediato y los llevasen al palacio.

Por el camino, cuando cruzaban un frío y lúgubre bosque de enebros, una de las ruedas del carruaje se quebró, y este no volcó de milagro.

Los cocheros se apresuraron a sustituir la rueda y, mientras lo hacían, los reyes vieron cómo una enorme sombra se movía tras los árboles y se aproximaba con lentitud.

Cuando la figura llegó al camino, los reyes, cogidos de la mano, con la tensión del parto y la incertidumbre de la maldición asaltando sus pensamientos, vieron cómo el gigantesco bulto se transfiguraba, quizá por un caprichoso efecto lumínico de los faroles del carro, que habían amplificado la sombra, en una minúscula anciana que decía: «Majestad, majestad, ¿es usted?

». Cinco o seis guardias se interpusieron de inmediato entre la anciana y el carro, exigiendo a la mujer que se marchase.

Pero ella decía que la dejaran pasar, que era la dueña de una cabaña cercana y que no quería hacerle nada a nadie.

La reina la miró con curiosidad y la vieja empezó a levantar y a agitar un pequeño objeto y a decir: «Majestad, mi reina, coja esto.

Siempre que su hijo lo tenga cerca, evitará la maldición».

El rey ordenó que la hicieran callar, pero la reina lo contradijo al instante y le pidió a un guardia que le acercase el objeto.

El guardia volvió con una pequeña muñeca hecha con ramitas de enebro entrelazadas.

La reina cogió la muñeca mientras la vieja gritaba tras el muro de guardias: «¡No lo olvide, majestad!

¡Que no se separe de ella! Y es un niño, ¡enhorabuena! ».

«¿Vas a hacer caso a esa loca?», preguntó el rey. Pero lo cierto es que la reina dio a luz a un niño esa noche, un niño que, para algarabía de toda Svealand, creció sano, libre de la maldición.