Una fábula sueca 26
67%

26

En cuanto María se sentó enfrente de Elina en la sala de interrogatorios se dio cuenta de dos cosas: de que la sueca era más lista de lo que parecía y de que estaba asustada.

Muy asustada. Y María pensó que podía usar ambos factores a su favor si los gestionaba bien.

Así que trató a Elina con dulzura al principio, buscando puntos de encuentro, inventando continuamente mentiras personales para demostrar que la entendía, que comprendía perfectamente su figura de mujer tímida, de superviviente maltratada por el mundo, de tonta universal sometida por el yugo de Katja.

Evidentemente, para sacar estos temas, María tuvo que ir muy despacio, haciendo bromas, hablado sobre los perros, sobre su propia vida, una vida que iba creando según las necesidades del interrogatorio que Prados y ella habían camuflado de conversación amistosa mientras en los despachos se preparaban los documentos que Elina supuestamente tenía que firmar.

Lo armaron de una manera tan plausible —otros guardias entrando para preguntar datos que debían incluirse en los papeles, diciendo que el retraso se debía a que estaban hablando con la cónsul sueca para negociar el tema del pasaporte, reclamando la presencia de María con la excusa de que debía revisar lo que estaban escribiendo para que la sargento pudiera hablar con Katja— que Elina empezaba a parecer incluso cómoda.

Tras varias visitas a una y a otra, María tuvo que reconocer el mérito de ambas mujeres, pues era más que evidente que ya habían contemplado aquello, que ya habían preparado respuestas comunes y sin incoherencias a las preguntas que alguna vez posiblemente tendrían que contestar.

Qué extraño es el ser humano: la mayor parte de las veces que llega el día que queremos evitar a toda costa, sentimos más alivio que otra cosa.

La inquietud desaparece cuando el miedo nos alcanza.

No estaba muy claro que fuese así en caso de las suecas.

Además, María hacía de vez en cuando alguna referencia a Hans, contándole que ella también tuvo que lidiar con un padre con demencia que consiguió desquiciar a toda la familia. Su discurso consiguió incluso conmover a Prados, que la escuchaba de pie, a espaldas de Elina.

—Fue horrible —concluyó con emoción—. Horrible.

—Lo siento —dijo Elina con los ojos húmedos, con la voz levemente quebrada, un momento en el que la sargento comprendió que la mujer era una persona de una gran sensibilidad.

Entonces le ofreció a Elina un té, ella aceptó y María salió de la sala para decirle a un guardia que sacase de la máquina un par de tes con poco azúcar y entró en la sala en la que tenían a Katja.

Con ella la estrategia era muy distinta.

Con ella estaban siendo agresivos, afilados.

La tenían sin agua, en una sala húmeda y sin calefacción.

Solo querían que les iluminase el resquicio por donde penetrar en Elina, y María lo consiguió la tercera vez que entró, cuando Katja ya empezaba a decir que se marchaba porque no sabía qué pintaba allí.

—Ya te lo hemos dicho. Queremos que nos hables sobre Hans. Y no nos hablas sobre Hans, Katja.

—Y yo ya os he dicho que no tengo nada que contar sobre Hans. Yo apenas he tenido trato con él. Yo voy a casa de Elina de vez en cuando y él nunca está. Siempre se va, ¿cómo quieres que te lo diga?

—No te creo.

—Me da igual, no me tienes por qué creer, lo mismo que yo no tengo por qué estar aquí.

—Elina nos lo ha contado todo .

—¿«Todo»? ¿Qué es «todo»?

—Tú lo sabes.

—Elina no os ha contado nada, salvo que su padre está mal y que se escapa continuamente.

—Entonces…, ¿tú no vives allí?

—No. Vivo con mi novio. Con Jimmy.

—¿Y la habitación que hay en casa de Elina? Perdón, en casa de Hans. Esa que tiene tus cosas.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Me lo ha contado Elina. Te estoy diciendo que nos está contando muchas cosas.

—Es para cuando me quedo allí. —Pensó un segundo y después continuó—. Me suelo quedar de vez en cuando, para que no se sienta sola. Y también porque allí tenemos el negocio de los perros. Tenemos que hacerlo entre las dos.

—¿Van muchos hombres por allí?

—No te entiendo.

—Eso dicen en el pueblo. Que van hombres.

—Va quien nosotras queremos que vaya. Como ocurre en tu casa, supongo. ¿Van hombres por allí?

María le clavó una mirada agria. Katja amagó una sonrisa.

—Elina nos ha contado bastante sobre Hans —dijo Prados, que hasta el momento permanecía en silencio y de pie, apoyado contra la pared, igual que hacía cuando estaban con Elina.

—Lleváis toda la tarde con eso. Y no os creo.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste? —preguntó María.

—Hace mucho tiempo.

—Pero, Katja…, ¿no le dijiste a Ingrid, ese día que ella fue con su familia a vuestra casa, perdón, a casa de Hans, que él había estado allí ese día?

—Katja puso cara de enfado y no contestó—.

¿No la llevaste acaso al sótano argumentando que Hans se había encerrado allí apenas un momento antes?

¿Que prácticamente se acababa de esfumar?

¿No le contaste que el día de antes había armado un escándalo, que estaba, según tus palabras, enajenado?

La sueca no dijo nada.

—¿Eh, Katja?

—¡Elina me había dicho que estaba! ¡Me lo dijo ella! ¡Yo solo quería ayudar!

En ese momento, con Katja enfurecida, prendidos los ojos casi transparentes por un odio que afloraba a borbotones, María recordó aquella foto que había visto en la habitación de Elina: ese gesto autoritario en Hans, esa cara de amargura de las niñas que sujetaba, una con cada brazo. Tenía muy claro que eran ellas dos.

—¿Por qué odiabais a Hans?

—¡No odiábamos a Hans!

Katja se levantó, y María también.

—¡Elina sí, Elina sí que lo odiaba! —replicó la sargento con furia, agitando la melena ondulada al hablar—. ¡Todo el mundo lo sabe, Katja! ¡Estaba atado, desnudo, mal alimentado! ¡Tú también lo sabes!

Katja hizo amago de intentar dominarse, pero estaba fuera de sí, desubicada y agazapada como un corzo en la oscuridad del bosque, asustado pero dispuesto a defenderse a toda costa, así que lo que dijo, señalando con el dedo índice izquierdo a María. Le salió del rincón más profundo de su alma:

—Hans era un hijo de puta. Pero nadie lo maltrató. Ten eso muy claro. Nadie. Quiero irme. Ahora. O me dejas marcharme o te pongo una denuncia.

María no dijo nada. Se limitó a apartarse para que Katja alcanzase la puerta. Al llegar a su altura, Katja la miró. Sus caras estaban a menos de veinte centímetros.

—Sé cómo eres —dijo con una sonrisa sarcástica—. Estoy harta de tratar con gente como tú. Con gente que nos mira por encima del hombro, que piensa inmediatamente: «Eh, vaya dos putones, no valen una mierda». Con gente que nos juzga con una superioridad moral repugnante. Así. Así eres.

María sonreía muy levemente. No quería entrar al trapo, pero cuando Katja ya avanzaba por el pasillo acompañada por un guardia, le dijo:

—Yo también sé cómo eres, Katja. —La sueca se dio la vuelta con aire hastiado—. Pero a diferencia de ti, yo te lo voy a demostrar. Cuídate.

Antes de volver con Elina, recogió los vasos de cartón que contenían algo marginalmente parecido al té.

—¿Cómo va, mi sargento? —le preguntó el guardia.

—Estas dos cabronas mienten más que hablan —dijo justo antes de entrar en la sala en la que estaba Elina.

Prados volvió un minuto después. Llevaba un formulario de protección de datos personales y se lo tendió a la sueca solamente para que firmase algo, para hacerle ver que la cosa avanzaba.

También había tenido otra idea: dejarle un bolígrafo delante, pues se dice en criminología que si un interrogado tiene un objeto manual a su alcance y lo manipula constantemente, con nerviosismo, lo más posible es que sea inocente.

Los culpables suelen ignorarlos. Elina firmó y Prados le dejó el bolígrafo delante.

María le dijo que ya estaban terminando los papeles.

La sueca empezaba a parecer algo cansada.

María le preguntó por su infancia. Fue algo patente —más tarde lo comentaría con Prados— que a Elina no le gustaba el tema.

Y María supo que ahí había algo. Así que siguió dando vueltas, haciendo confidencias de su propia infancia inventada solo para la sueca, empatizando con ella hasta dar con una línea de pensamiento con la que Elina se mostró especialmente sensible: lo injustos que pueden llegar a ser los padres con los hijos.

María dijo que, a su juicio, su padre había cometido muchos errores con ella, y que lo peor de todo es que ella también los había cometido con él.

Elina se emocionó. María siguió por ese camino.

Más de diez minutos. Más de quince. Le dijo que le daba mucha pena no poder arreglarse con él, no poder decirle lo mucho que lo sentía, pues había muerto completamente ajeno a la realidad, devorado por la demencia. A Elina se le saltaron las lágrimas.

—Tú tampoco puedes, ¿verdad, cariño?

Elina no contestó, pero negó con la cabeza.

—Te entiendo perfectamente. Es muy triste. Llora, llora si lo necesitas.

Dos lágrimas rodaron por las mejillas arreboladas de Elina. Prados, de espaldas a la sueca, miraba a María en tensión absoluta. Los ojos de la sargento también parecían acuosos.

—¿Por qué, Elina? ¿Por qué no puedes despedirte de Hans? ¿Por qué no puedes decirle lo mucho que lo sientes? ¿Te pasa lo mismo que a mí?

La sueca asintió levemente y, a continuación, aunque lo dijo tan bajito que apenas fue audible, de su boca salió algo parecido a:

—… to.

—Elina…

Sus ojos lloraban ya sin represión alguna. Era evidente que la mujer se había dejado doblegar por el turbio caudal de la pena. María tendió sus dos manos y Elina se las agarró con las suyas.

—Dilo, cariño. Te va a sentar bien. Te va a liberar. Cuéntamelo y descansa. Cuéntame que no te puedes despedir de tu padre porque está…

—Muerto —dijo Elina.

María parpadeó para calmar la irritación de sus ojos. «Joder, he estado a punto de llorar», fue lo que pensó. Acto seguido soltó las manos de Elina y le dijo:

—Elina.

La sueca había agachado la cabeza. Lloraba cada vez más. Se había echado las manos a los ojos y lloraba incesantemente, convulsionando el pecho y la barriga. Lloraba como un animal herido en la noche que se sabe acechado por peligros inevitables, fieras que esperan agazapadas para devorarlo.

María y Prados se miraron. Prados sonreía levemente.

—Elina, mírame, por favor.

Elina levantó la cabeza. Su cara era de total descomposición y los efectos de la calefacción habían desaparecido de sus mejillas, que adquirieron un tono marmóreo.

—Elina, tengo pruebas de que estás cobrando la pensión de tu padre. Y acabas de reconocer que está muerto. Así que te notifico que desde este momento estás detenida por un delito de estafa.

Elina entreabrió la boca. Su sorpresa fue tal que dejó incluso de segregar lágrimas. Las dos últimas cayeron sobre la mesa. Su cuerpo y su mente parecieron entrar en un bloqueo inmediato. Solo acertó a decir, muy bajito:

—No…

Prados puso un folio encima de la mesa. Tuvo que hacerlo en un lateral para que no se mojase.

—Estos son tus derechos. Tengo que asegurarme de que los conoces. Por favor, léelos bien y firma debajo. Y Elina… —María intentó adoptar un tono de voz dulce—. Para que sigamos hablando… Elina, mírame. Necesitas un abogado. ¿Tienes un abogado, o quieres uno de oficio?

El pasmo de Elina era tal que empezó a caer un minúsculo hilillo de baba por su comisura derecha. No reaccionaba, no movía un músculo. Solamente contemplaba a María con la mayor mirada de decepción que la sargento jamás había recibido.

—Elina, ¿tienes un abogado?

Elina reaccionó. Se pasó la mano por la comisura de la boca y dijo, en un tono casi inaudible pero que era el reflejo inmaterial de la resignación:

—Sí. Preguntad a Katja…, por favor. —Y después de limpiarse restregándose las manos llenas de babas sobre las solapas del abrigo, añadió—: Ella sabe quién es.