25
Un tiempo después de que Gabriel hubiese encontrado el primer crisantemo junto al sillón, Ingrid encontró el segundo.
Fue cuando regresaba, completamente helada y a deshoras, de una cena con una cónsul argentina con la que guardaba una relación estrecha y de una complicidad que iba bastante más allá de lo protocolario.
Se llamaba Cecilia y a Ingrid, siempre tan correcta y ajustada a cualquier norma o procedimiento, le encantaban sus visitas —Cecilia tenía su oficina en Sevilla— porque aquel torbellino de cincuenta kilos que decía continuamente «vos», «viste» y «pija» no podía ser más opuesta a ella.
Cecilia se desmadraba con una facilidad asombrosa, hacía constantes referencias sexuales y escatológicas —muchas eran las veces que entrelazaba ambos terrenos— y flirteaba continuamente con cualquier hombre o mujer que le siguiera mínimamente la conversación.
Cecilia era cónsul por su increíble sentido de la ayuda al prójimo.
Había arreglado situaciones que a Ingrid le habrían resultado imposibles de solventar, y aunque no estaba de acuerdo con su excesiva permisividad —le dijo en su momento a Ingrid que ella les habría entregado el pasaporte a las suecas sin pestañear—, la admiraba y la respetaba de forma reverencial.
Con Cecilia de por medio, siempre ocurrían cosas.
Aquella noche, mientras cenaban en una pizzería argentina del Realejo, Ingrid, con la pesadumbre lastimera de un cachorro maltratado, había vuelto a hablarle de las suecas, de todo lo ocurrido en Semana Santa y de la visita de Klara Pålson a Granada para investigar lo que estaba ocurriendo.
Cecilia se limitó a decir lo que se esperaba de ella:
—Dejá el tema nomás, Ingrid. No parás de caer en sus boludeces. Dejalo, dejalo pasar. Olvidate de esos dos soretes mal cagados de una vez.
Así que Ingrid, evidentemente, no tuvo más remedio que dejar el tema.
Acabaron en un pub irlandés charlando con dos músicos sudafricanos que intentaron llevárselas a su hotel.
Cecilia no paraba de enredarlos con bromas y dobles sentidos para, finalmente, cuando Ingrid le dijo que se marchaba porque estaba destrozada y algo bebida, despedir a la sueca con un abrazo y marcharse al hotel con uno de ellos.
El otro, el que había hablado con Ingrid, no había parado de toser, y cuando la sueca anunció su marcha, él dijo que también se retiraba.
Ingrid cogió un taxi al final de la Gran Vía, bajo la estatua de Colón e Isabel la Católica.
Sonrió al escuchar el acento argentino del taxista.
Cuando se bajó frente a su casa, el aire de la madrugada de enero arrastraba partículas afiladas que Ingrid intentó contrarrestar subiéndose la bufanda hasta prácticamente los ojos.
El taxi se marchó, e Ingrid miró hacia donde nueve meses atrás había aparcado aquel coche lleno de perros, aquel recuerdo que le impregnaba el alma de espanto ahogado y de una especie de regusto penoso.
La farola ya estaba arreglada y le habían puesto una luz diferente al resto, más potente, como señalando indefectiblemente el lugar donde todo había ocurrido, donde todos sus miedos se habían materializado un viernes de abril. Arrebujada en su abrigo, entró en casa.
Aquel año, Gabriel se había empeñado en probar un nuevo tratamiento de aguas para dejar la piscina llena durante todo el invierno.
Ingrid lo había puesto en duda, pero la verdad era que el tratamiento parecía funcionar y que el jardín lucía mucho más agradable con el agua azul y limpia.
Siempre que hacía bueno, ella solía bajar con Camilla después de comer para tumbarse junto a la piscina a leer un rato al sol.
Encendió las luces exteriores y miró el reloj: las tres y media de la madrugada. Y cuando la piscina se iluminó, lo vio.
Al principio no supo lo que era. Solo vio algo flotando sobre el agua —rana ahogada, hoja, quizás alguna alimaña cazada y abandonada por Vinbär— y siguió caminando hacia la escalera porque ansiaba entrar al calor de su hogar.
Pero hubo algo que la hizo detenerse: aquel color malva que no podía borrar de un rincón remoto de su memoria y que le había parecido ver de nuevo en el agua.
Así que retrocedió, bordeó toda la piscina y, a medida que lo hacía, su sospecha se fue constatando.
Se agachó y lo sacó del agua gélida. El crisantemo era idéntico al que el visitante había llevado en la mano en todo momento aquel ingrato sábado de marzo, de un malva tan característico, tan único, que Ingrid no podía sino asociarlo a aquel hombre todo silencio, todo melena rubia y gesto oscuro.
Y ahí, sosteniendo el crisantemo, lo sintió.
No fue un escalofrío normal, el que uno siente fruto del miedo, del frío, del recuerdo de un sufrimiento lejano o de un amor desvencijado.
Fue físico. Fue eléctrico, y recorrió la parte derecha de su cuerpo desde la mano hasta el pie, clavándose en la mandíbula, en el oído interno y en la parte derecha del tórax.
Como si la flor le hubiera provocado una descarga eléctrica, la soltó con ansiedad.
Quedó de nuevo flotando sobre la piscina, emitiendo minúsculas ondas circulares y silenciosas que morían a unos palmos de distancia.
El escalofrío se alivió en cuestión de segundos e Ingrid empezó a rascarse el costado.
No le picaba, pero sencillamente necesitaba hacerlo.
Rascarse el costado se había convertido en una especie de reflejo similar a la tos seca.
Entró en casa, calmó su corazón y su estómago contemplando las ascuas brillantes que agonizaban en la chimenea y subió a acostarse.
La respiración acompasada de Gabriel se modificó cuando ella hizo algo de ruido mientras se quitaba la ropa. Él preguntó con voz pastosa:
—¿Todo bien, cariño?
—Todo bien —contestó.
Y fue Gabriel quien la despertó unas horas más tarde, quien la sacó de un sueño extraño que no se esforzó por recordar mientras el primer sol, tímido y emitiendo aún rayos fríos para no perturbar demasiado la escarcha de un invierno furioso, ya asomaba por la ventana del dormitorio.
—Ingrid —dijo—. Cariño.
Ella fue inmediatamente consciente de que era muy temprano, de que se había acostado tardísimo, de que la vejiga le iba a reventar y de que le dolía la cabeza.
—Mmmm… qué…
—Ha llamado Klara Pålson. Lo he cogido porque me ha extrañado que llamase a esta hora. Cariño…
Ingrid abrió los ojos y se incorporó.
—¿Qué pasa? —preguntó con ansiedad.
—Que Elina ha declarado a la Guardia Civil que Hans está muerto.