Una fábula sueca 24 #5
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Elina asintió con algo más de seriedad que la mostrada hasta el momento y Prados se levantó. La sueca también se incorporó.

—¿Bajáis? —preguntó Elina.

Así que bajaron las dos plantas prácticamente en silencio, con María rememorando con asco aquel indeleble olor del frigorífico y elucubrando cadenas de pensamientos imprecisos y oscuros, posiblemente generados a causa del ambiente en el que se encontraban.

Cuando llegaron abajo, Elina abrió la puerta de la casa.

—Adiós —dijo.

Sin dejar de sonreír y adoptando aquel tono paciente y didáctico con el que le hablaba a la sueca, María dijo:

—Verás, Elina. Me gustaría decirte que he decidido redactar un informe favorable acerca de este… asunto de tu padre. Después de todo, estás colaborando, ¿verdad?

—Sí —dijo Elina.

—No sé lo que pensará el consulado, pero yo sí te creo. De hecho, pienso que tú eres aquí la afectada. No es tu culpa que tu padre decida marcharse cuando le dan los brotes. No es tu culpa.

—No… No.

—Claro que no. Por eso, como te digo, yo podría redactar un documento para cerrar el caso. Es una comunicación con la que le diríamos a los suecos que ya nos encargamos nosotros, que se olviden y te dejen tranquila. Un informe favorable.

Elina parecía pensar, procesar todo aquello a su ritmo mental de perro cojo.

—¿Y… —dijo con lentitud— … el pasaporte?

—Bueno —respondió María mostrando un tono explícitamente pensativo—. Lo podríamos ver. Podría poner en el informe que tu padre está impedido y solicitar que tú te encargases de firmar en su nombre… Sí, creo que se podría hacer. Una firma por poderes.

Elina pareció excitarse.

—Se me ocurre una cosa —continuó María—.

Vente ahora con nosotros a mi oficina y lo preparamos sobre la marcha.

Es que, para poder hacerte el informe favorable, tienes que pasarte por allí a firmar.

Es un trámite. Solo tienes que contarme de nuevo lo que me acabas de contar, que tu padre se altera, que se va por ahí y todo eso, y firmar que no sabes dónde está.

Solo eso. A partir de ahí, cerramos el caso.

Suecia te deja en paz y miramos lo de gestionarte el pasaporte.

También podríamos gestionarte una ayuda por ser una persona dependiente.

¿Qué te parece? ¿Nos acercamos y lo dejamos hecho?

Elina mostró un gesto de recelo. La cara que uno le pondría a una pareja de testigos de Jehová, sonrientes y deseosos de saber si acaso alguien en casa no se ha sentido alguna vez vacío y deseoso de una respuesta espiritual.

—Katja… —dijo.

—Ah, no te preocupes por eso. Tú eres la hija, así que solo tienes que firmar tú.

Y, además, será cuestión de un momento. Mira, tardamos diez minutos en llegar, diez en preparar el documento y otros diez en volver.

En media hora estás aquí, con todo hecho.

Liberada de una vez del consulado. ¿Qué te parece, vamos?

Elina pensaba desviando sus enormes ojos hacia arriba y, mientras lo hacía, María luchaba ferozmente consigo misma por no sacar la pelota antiestrés y apretarla hasta reducirla a su mínima expresión molecular.

Finalmente, Elina dijo:

—Zapatos.

—Sí, claro, cálzate —dijo María—. Y coge también un abrigo, que hace frío.

Camino ya del coche, azotados por la brisa helada de la sierra que se encontraba con la bruma densa del lago, Prados sacó el teléfono móvil y quedándose atrás, dijo:

—Dadme un segundo. Tengo que llamar a mi mujer.

—Vale, no tardes —dijo María. Luego se giró hacia Elina y le dijo con sorna:

—Se acaba de casar. Aún tiene que dar explicaciones.

Elina se rio con ganas, y a María le agradó su sonrisa inocente.

El trayecto en coche fue silencioso y rápido.

De vez en cuando, María miraba el rostro de Elina a través del espejito del parasol, un rostro dominado por sus enormes gafas, sus ojos amplificados y su gesto inmutable de animal arrinconado.

Salieron del pueblo en dirección Granada y entraron por la Avenida Juan Pablo II hasta alcanzar la comandancia. El ambiente frío y pálido de la tarde dejaba en las mentes un poso de melancolía inevitable.

—Qué bonitos, los cachorros —dijo María mientras atravesaban la barrera de seguridad.

—Sí —contestó Elina mirando las gotas que chorreaban por el cristal de su ventanilla.

Mientras María y Prados abrían la puerta trasera para que Elina saliese al aparcamiento interno de la comandancia, en La Umbría transcurría una escena paralela.

Quintana, vestido de paisano y apoyado en un Citroën oscuro aparcado justo delante de la cancela de las suecas, esperaba.

Quintana era un cabo de la vieja escuela, un agente de calle, duro, seco, sarcástico.

Cuando recibió la llamada de Prados, hizo oídos sordos de un sargento que le dijo que no le tocaba salir y condujo a toda prisa hasta La Umbría.

Allí, de pie, junto a aquella casa que le dio mala espina desde que aparcó y fumando un cigarro, Quintana pensaba en su nieta, a quien por lo visto otra niña pegaba en el colegio.

Pero interrumpió sus pensamientos en cuanto vio a la sueca.

Venía directa hacia él, seria, caminando rápido, con aire desesperado y tirando de un perro —ahora atado con correa— descomunal.

Irradiaba desconfianza y Quintana se dio cuenta, solo por su forma de caminar y de mirarlo mientras se iba a aproximando, de que sabía perfectamente que él era policía.

—¿Quién eres? ¿Qué pasa?

Quintana la miró con calma, contrarrestando su prisa. Lanzó la colilla al suelo y la pisó con la bota derecha. El perro evaluaba sus movimientos con aire contenido.

—Pasa —dijo incorporándose de la puerta sobre la que estaba apoyado y enseñando la placa— que tenemos a Elina en comandancia por todo ese asunto de Hans.

—María le había dicho que era muy importante que se aprendiera los nombres y los usara con naturalidad.

Katja puso cara de pasmo—. ¿Y sabes, Katja?

La sueca no contestó. Se limitó a mirar a Quintana.

—Pues que nos está contando muchas cosas.

Finalmente, reaccionó.

—No os la podéis llevar así por las buenas —dijo con agresividad.

—No, no. No te equivoques. Ella ha venido por su propia voluntad. —Quintana dio dos pasos hacia Katja. El perro tensó la correa y gruñó entre dientes—. Y creo que tú deberías hacer lo mismo. Deberías venirte conmigo. Por voluntad propia, claro.

—No voy a ir contigo. No sé quién eres.

—Soy el cabo Quintana —dijo enseñando la placa de nuevo—, de la Judicial.

Y me parece perfecto que no vengas. Pero, insisto, te conviene hacerlo.

Porque, como podrás imaginar, tu amiga no te está dejando muy bien parada.

No sé. —Se hizo un silencio en el que Katja clavó sus ojos azul hielo en los de Quintana—.

Ya te digo, Katja, no sé. Pero pienso que deberías venir y contarnos tu verdad.

—Quintana, lentamente, abrió la puerta de atrás del coche patrulla—.

Quizás sea lo que te convenga antes de que te salpique toda la mierda que está saliendo allí dentro. Así que… ¿Qué, te vienes o no?

Katja entrecerró los ojos y los músculos laterales de su rostro desvelaron la enorme fuerza con la que apretaba la mandíbula. Miró con rabia a Quintana, quien permanecía impasible junto la puerta abierta del coche. Finalmente, dijo:

—Dame un minuto que meta al perro.

María tardó un rato en saberlo. En saber que todo había funcionado.

Que apenas eran las seis de la tarde, que en la ciudad se estaba desatando una ventisca, que su hijo estaría echándola de menos una tarde más y que las tenía allí en la comandancia, a las dos, asustadas ante las paredes grises de aquel edificio impersonal y hostil, aquel miércoles de nieblas y aguanieve.

Y lo que era mejor todavía: las tenía separadas.