24 #4
Prados miró el reloj con despreocupación.
—Las cuatro y veinte.
—Gracias. —María se giró hacia Elina—. ¿Les habéis puesto nombre a los cachorros?
Elina recuperó la sonrisa. Los fue señalando y nombrando:
—Pop, Salsa, Samba. Nombres de música —dijo sonriendo.
—Ya veo —dijo María—. Y oye, ¿crees qué…?
Pero se detuvo porque, en ese momento, Prados empezó a toser; con timidez al principio, pero en apenas cinco segundos ya sufría un ataque de tos leve que aumentó a grado moderado un instante después.
Elina musitó tímidamente un «¿Estás…?» y Prados no contestó, sino que aumentó la intensidad y la frecuencia su tos y se rebuscó teatralmente en los bolsillos del abrigo mientras Elina y María lo contemplaban con gesto de preocupación creciente.
Prados tosía más y más hasta el punto de que María pensó «Joder, este tío se está ahogando de verdad», y cuando atinó a sacar el inhalador, aspiró dos cargas y siguió tosiendo.
Elina preguntó:
—Oye… ¿Estás… bien?
Pero fue María quien contestó ante la imposibilidad de hablar de Prados, cuyo rostro colorado reflejaba una naciente ansiedad.
—Moisés padece de asma —explicó—. Necesita sentarse un poco y beber agua. —El agente asintió sin dejar de toser. Habló entrecortadamente para pedir agua—. ¿Dónde se puede sentar tranquilo, Elina?
—Ven arriba alto.
Y añadió, quizás intentando mitigar la incoherencia de su frase:
—Salón, alto… agua.
Y en ese momento, echó a andar escaleras arriba.
Los agentes la siguieron hasta la segunda planta.
En el rellano de la primera, María echó un ojo al pasillo que según la cónsul tenía toda la pinta de ser una especie de prostíbulo encubierto.
Efectivamente, tal y como figuraba en el informe, las paredes estaban pintadas de un denso color burdeos, las luces eran candelabros eléctricos que titilaban imitando velas y a lo largo del pasillo habían instalado unas puertas abatibles similares a la de las tabernas del oeste.
De hecho, la primera de ellas no le permitía ver nada de lo que hubiese en el corredor.
La segunda planta era un alivio para la vista: paredes blancas y luminosas.
Relativa limpieza. Prados se sentó en el sofá mientras Elina presumiblemente buscaba un vaso de agua en alguna parte.
María se quedó de pie, observando con detalle la estancia, escrutando la librería, la mesa de trabajo, la televisión y el vídeo vhs , el árbol de Navidad que emitía villancicos en bucle.
—Sigue, sigue tosiendo —le dijo en voz baja a Prados.
Elina entró a la habitación con un vaso de agua que María y Prados miraron con asco: era evidente que había echado el agua en un vaso sucio cuya superficie estaba recubierta de salpicaduras rojizas.
Prados intentó librarse de tener que beber reduciendo la intensidad de la tos y musitando un fatigoso: «Ya, ya voy estando mejor», pero Elina le tendió el vaso con aire implacable y dijo con sequedad:
—Agua.
Así que a Prados no le quedó más remedio que beber, dadas las circunstancias. Fue Elina quien preguntó. Solo usó dos palabras. Ásperas. Directas.
—¿Qué queréis?
En ese momento, María sonrió y contestó con un tono sosegado y benevolente:
—Bueno, Elina, hemos venido porque sabemos que el consulado no te deja en paz.
—María hizo una pausa de unos segundos antes de preguntar—: ¿Verdad?
—Elina, cabeceando despacio, asintió—.
El caso es que nos ha llegado un informe sobre la situación de tu padre y hemos pensado en pasarnos por aquí a echarte una mano con esto.
Quizá podemos mediar con el consulado para que te deje tranquila.
Solo queremos ayudarte, Elina. ¿Nos dejas ayudarte?
—Elina asintió de nuevo—. Bien. Pues, en primer lugar, necesito que me cuentes lo que sepas sobre el paradero de tu padre, porque entiendo que no está en casa.
Los ojos amplificados de Elina se revolvieron tras los cristales de sus enormes gafas. Miró hacia la chimenea apagada. Luego miró a Prados.
—Él…
—¿Sí, Elina?
—Él… se va. Loco. Se va. Grita.
—Vale, Elina. Entendemos que él tiene un comportamiento senil y que se fuga de casa, ¿es así?
—Sí.
—De acuerdo, Elina, muy bien. ¿Y tú sabes adónde va?
—No. A veces… Jimmy.
Silencio.
—Vale, va con Jimmy. ¿Y quién es Jimmy, Elina? ¿Un amigo?
—Médico. Novio. ¿Agua?
—No, Elina, gracias. Ya parece que estoy mejor.
—¿Jimmy es tu novio, Elina?
—S… S… Sí.
—Ah, muy bien. Muy bien. Y… ¿tu padre está ahora con Jimmy?
—No. —Elina pareció arrepentirse de la respuesta porque se corrigió de inmediato—. No lo sé. —Y repitió—: No sé.
—Vale, genial, Elina. Ya casi estamos. Que sepas que te entiendo perfectamente. Las personas mayores son… complicadas. Yo lo viví con mi padre, así que entiendo tu situación, de verdad. Una cosa más —apuntó María—. Cuando tu padre vuelve… ¿Vive aquí? ¿En esta casa?
—S… Sí. La casa es suya.
—Ah, vale —añadió María sin dejar de sonreír—. Eso no lo sabíamos. Bueno —suspiró—, pues yo creo que ya estamos —dijo levantándose del sofá—. Voy a ir al servicio, si no te importa, y ya nos vamos.
Y acercándose un poco a Elina, bajó la voz para decirle con aire cómplice:
—Cosas de mujeres, ya sabes.
Elina sonrió.
—Está por ahí, ¿verdad? —preguntó María señalando hacia el pasillo.
—Sí.
—Te dejo un momento con Moisés. Verás qué simpático es.
María salió del salón muy despacio y sonriendo, pero en cuanto accedió al pasillo modificó por completo el gesto y apretó la velocidad para entrar directa a la cocina, echar un vistazo general y lanzarse hacia el frigorífico.
Nada más abrirlo, aquel olor que nunca más olvidaría le dio tal bofetón que tuvo que llevarse la mano a la boca.
Y es que las baldas laterales, a la espalda de la puerta, estaban llenas de latas de comida de perro, todas abiertas, todas a medio gastar, todas rebosando un intenso moho verdusco adherido a las paredes de las latas que incluso había colonizado el exterior de algunas de ellas.
—Mierda —susurró María.
El resto del frigorífico contenía casi exclusivamente tripas de embutido: un chorizo, un par de piezas de lomo embuchado y algunos salchichones y morcillas resecas.
María imaginó aquel hedor impregnándose lentamente en la carne reseca del embutido durante días y días, semanas y semanas. Ante una nueva arcada, cerró la nevera.
Salió a toda prisa de la cocina y entró en el baño, que era la siguiente puerta.
Lo esperaba más sucio. Al entrar, observó con atención.
Dos cepillos de dientes, dos toallas colgadas de unos ganchos tras la puerta.
Una báscula con la huella de unos pies grabada por erosión.
Buscó rastro de productos de afeitado y de prótesis dentales.
Nada. Abrió el botiquín, que parecía bastante completo.
Tenía lo necesario para atender un corte profundo, una quemadura y una resaca.
En cuanto a los medicamentos más específicos, lo único reseñable que encontró fueron dos cajas de Valium 10, una de Prozac 20 y once cajas de Postinor, un nombre que María se esforzó en retener para consultarlo más tarde.
Por lo demás, era el botiquín de cualquier casa: algún resto de antibiótico para la garganta, un par de jarabes y pomadas para el dolor muscular.
Es decir, ni rastro de medicamentos que indicasen específicamente que allí vivía un anciano: ni pastillas para la diabetes, ni para la coagulación, ni tan siquiera para la demencia que Hans supuestamente padecía.
Ningún tensiómetro. Por último, María abrió una cesta de mimbre redonda y alta que había en una esquina.
Como esperaba, allí encontró la ropa sucia.
Revolvió cuidadosamente buscando prendas de hombre, pero todo cuanto vio fueron faldas, blusas finas y lencería; mucha lencería.
Los sujetadores eran claramente de dos tallas diferentes y la mayoría de las bragas eran de encaje y muchas de ellas tenían evidentes restos de semen seco.
María salió de nuevo al pasillo sabiendo que no tenía mucho más tiempo.
Al fondo se escuchaba la voz grave de Prados y los monosílabos grises de Elina.
Rápidamente abrió una de las dos puertas que había enfrente y entró en un dormitorio muy desordenado, con el suelo lleno de pelos oscuros de perro y ropa de mujer por todas partes que ocupaba prácticamente cada superficie disponible.
En una esquina había un caballete con una pintura apenas empezada.
María cerró la estancia, volvió al pasillo y abrió la otra puerta.
El segundo dormitorio no tenía nada que ver con el anterior, pues en comparación con aquel estaba prácticamente vacío.
María se fijó primero en lo que llamaba «lo grueso»: una cama, un armario blanco, una cómoda, unas zapatillas de deporte junto a la puerta y una mesilla de noche a juego con el armario.
Después buscó «lo fino»: un pañuelo enmarcado sobre el cabecero con el nombre de Elina bordado en punto de cruz, un reloj Casio en la mesilla y una fotografía sobre la cómoda, rodeada por un marco de terciopelo rojo.
—Coño —dijo mientras cogía la foto con cuidado.
Y es que en ella aparecían Hans y dos niñas.
Él estaba joven, quizás mediada la treintena.
Su gesto era serio, su barba oscura y sus manos fuertes, unas manos que agarraban a las niñas.
Una de ellas, la de pelo liso, sostenía un globo.
Ninguna de las dos sonreía. Es más, sus caras emitían cierta aura de pena.
Es posible que lo que había tras ellos fuese alguna feria de verano.
María apoyó de nuevo el marco de la foto sobre la cómoda y salió de la habitación.
Pensó en bajar una planta y curiosear por el pasillo rojo, pero decidió no hacerlo porque ya llevaba demasiado tiempo ausente, así que decidió volver al salón haciendo como que se secaba las manos en los vaqueros.
—¿Qué? —dijo mirando a Elina—. ¿A que es simpático?