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Pero María no siguió la conversación. Pensaba en Carlos, saliendo a esa hora del colegio y encontrando una vez más a su abuela en vez de a su madre. Apretó la pelota antiestrés, primero con la mano izquierda y después se la cambió a la derecha.
Llegaron a la casa de las suecas a eso de las tres y cuarto, completamente envueltos en brumas bajas y con los cristales del coche cubiertos por una película plateada de escarcha.
En la calle, un poco más abajo de la primera cancela, había un coche aparcado, una furgoneta azul con aires de abandono.
—Ponte detrás —dijo María—. Creo que desde ahí vemos la salida.
Prados aparcó detrás y apagó las luces, pero no cortó el motor para poder tener calefacción y radio.
Debido a su carácter nervioso, María no llevaba las esperas especialmente bien.
Sobre todo, por la posibilidad de que podían fallar.
Que la persona no acuda ese día en concreto adonde se la espera.
Que le duela la cabeza, que la televisión emita su película favorita, que se quede dormida o que justo ese día decida acostarse con el vecino.
Hay más posibilidades que estrellas en el cielo.
Así que, en esos casos, toca retirarse y volver al día siguiente. María no soportaba eso.
Pasaron un buen rato en silencio, escuchando música en una emisora que solamente emitía rock y sin perder la vista de la cancela en ningún momento.
—Con el día que hace —dijo Prados rompiendo el silencio—, yo no saldría a ninguna parte.
Estuvo a punto de no terminar la frase porque la cancela se abrió justo en ese momento. María se agachó un poco.
—¡Coño! —exclamó Prados.
Pero quien salió fue un hombre. Iba tan envuelto en un chaquetón rojo que apenas se le veía la cara.
Cerró la cancela y miró a ambos lados de la calle.
Después encendió un cigarro haciendo barrera con su mano libre para contrarrestar el viento de montaña y se perdió en sentido contrario a donde estaban ellos, completamente arrebujado en su abrigo.
La espera siguió en calma. Fue María la que, presa de la ansiedad, inició un poco de conversación:
—Te has casado hace poco, ¿no?
—Sí —contestó Prados sin dejar de mirar al frente—. En septiembre.
—Vaya, enhorabuena.
—Gracias —sonrió—. Yo la verdad es que no estaba muy por la labor de casarme. Pero a mi mujer le hacía ilusión. Y a mi suegra, bastante más. Las familias, ya sabes… —Y repitió—: Ya sabes. —Hizo una pausa antes de preguntar—. ¿Tú estás casada?
María también sonrió.
—Me divorcié en septiembre. Para compensar lo tuyo.
—Vaya. —Prados se giró hacia ella—. Lo siento.
—No, me libré de un gilipollas, no te preocupes. Nada que no se arregle con algo de tiempo.
A Prados se le fue la mirada a la mano de María, que bombeaba con fuerza la pelota rosa. Quitó la vista de inmediato.
—Bueno, aun así, lo siento. Un divorcio debe de ser duro.
—Lo peor es lo externo. —María hizo una pausa para pensar—.
Es curioso. Te iba a decir que lo externo no me deja rehacer mi vida.
El niño, que tiene seis años y lo tengo en custodia única.
El trabajo, que ya sabes cómo estamos. Y, ¿sabes?
—María ensanchó la sonrisa, una sonrisa que traslucía un velo de ironía—, el otro día me nombraron presidenta de la puta comunidad porque falté a la reunión de vecinos.
—Prados sonrió echando un poco de aire por la nariz—.
Pero, joder. Es que, si lo piensas, eso es la vida.
Así es mi vida, y ya está hecha, solamente ha cambiado.
No hay que rehacerla. Pero, por otro lado, coño, quiero tener… no sé. No sé si me explico.
—Te explicas perfectamente. Necesitas encontrarte. Tener tiempo para ti. Es normal, mi sargento. Lo importante es que…
—Mira, mira, mira.
Prados se giró súbitamente.
—Hostia, ahí la tenemos.
Efectivamente, Katja salía de la casa con un perro sin atar que orinó la esquina de la cancela en cuanto pisó la calle. De la orina salió un humo blanquecino que se fundió con la niebla baja.
—Joder —dijo María mirando hacia la sueca, que ya bajaba por la calle transversal—. Esa mujer no va abrigada para el puto frío que hace. Coño, si va medio en pelotas.
Y es que Katja llevaba una minifalda gris de lentejuelas y una chaqueta de béisbol blanca y roja, prácticamente abierta y mostrando debajo lo que parecía ser una blusa fina. Su melena de rizos rubios se movía con fuerza por efecto de la brisa helada.
—¿La ves atractiva?
—¿Qué?
—No me mires así. Es que, según el informe, ya has visto que la cónsul dice que parece tener magnetismo para los hombres. ¿Qué te parece?
Katja ya desaparecía calle abajo. Prados la miró.
—Pues si te soy sincero, diría… que tiene morbo. Es distinto de ser atractiva, ¿no?
—Sí —dijo María abriendo la puerta—. Es distinto. Y mucho mejor para ella. Vamos.
María y Prados reaccionaron como todo el que veía por primera vez el terreno de las suecas: con una mueca de desagrado.
Toda la parte delantera era un erial de tierra seca y apelmazada a rebosar de decadencia: heces de perro, cadáveres de pequeños animales, latas de pintura plástica desbordadas, un contenedor de escombros, piezas de motor, una bañera llena de basura y una figura al fondo, antes de que diera comienzo la zona boscosa, que parecía ser una maniquí de una tienda ropa, desnuda, con una peluca rosa y con un solo brazo.
Prados llamó al portero automático. Tras unos segundos, el altavoz emitió un crujido y una voz de mujer dijo:
— Hallå?
—Buenas tardes —dijo María—. ¿Elina?
—S… Sí.
—Hola, Elina. Verás, somos funcionarios judiciales. Nos gustaría hablar contigo. No te entretendremos mucho, solo será un momento. —Pausa, silencio—. También queremos saber si tienes cachorros disponibles, estoy interesada en uno. Es para mi hija. ¿Puedes abrirnos, por favor?
—¿Son… policías?
—Sí, Elina. Pero solamente estamos comprobando una cosa, algo muy sencillo. Si nos dejas pasar, terminaremos en un momento. ¿Nos abres, por favor?
María pasó aquellos diez segundos de silencio apretando con todas sus fuerzas la pelota de goma. Con un zumbido metálico, la primera cancela se abrió. María dijo entre dientes:
—Amabilidad, ¿de acuerdo? Y hablamos siempre en singular. La otra no existe.
Y anduvo hasta la segunda cancela. Esta se abrió y los agentes entraron a la parcela. También se abrió la puerta de la casa. Elina salió. En cuanto la vio, María elucubró varios pensamientos fugaces: «cara de tonta», «manipulable», «lado oscuro», «se deja follar fácilmente». Y también: «cuidado».
—¿Qué tal, Elina? —María tendió la mano. Elina la estrechó con aire serio. Llevaba una falda que imitaba la piel de una serpiente, un jersey de algodón de color verde hoja e iba descalza—. Soy María, y este es mi compañero Moisés.
—Bien —dijo Elina—. ¿Qué queréis?
—Lo primero de todo, me gustaría preguntarte por los perros.
Lo otro es una tontería, ya te lo comentamos después.
Es que, verás, tengo una hija de catorce años, y resulta que se ha obsesionado con los rottweilers .
Son su pasión. Ya sabes cómo son los adolescentes.
Y bueno, había pensado en regalarle un cachorro.
Sé que lo voy a acabar cuidando yo, pero como estoy sola, seguro que incluso me viene bien. Porque… hacen mucha compañía, ¿verdad?
—Sí —dijo Elina con el gesto mucho más relajado—. Son lo mejor del mundo.
María y Prados sonrieron.
—Entonces… —continuó María—, ¿tienes cachorritos?
—Sí —contestó Elina—. Nos quedan cuatro. Ya casi se pueden llevar.
—¡Qué bien! —exclamó María con entusiasmo, acompañada de un sonriente «¡Anda, mira qué casualidad!» de Prados—. ¿Y los podemos ver?
—Sí —dijo Elina—. En el garaje. Venid.
En cuanto la sueca se dio la vuelta, María y Prados se lanzaron una mirada sustituyendo sus sonrisas complacientes por dos gestos serios. María asintió dos veces, ladeó la cabeza hacia Elina y echó a andar tras de ella.
—Bonita casa —dijo Prados.
Elina no contestó.
Mientras cruzaban el pasillo, María iba fijándose en cada detalle que había a su alcance, empezando obviamente por aquel olor mohoso, aquel olor a lodo verde y marrón, a humus, a simbiosis vegetal, continuando con las manchas en el suelo, el desorden de los objetos incoherentes que había sobre los muebles y finalizando por aquellos extraños cuadros de las paredes.
En cuando Elina abrió la puerta del garaje, una perra ladró y se abalanzó sobre ellos. Elina la calmó y la perra retrocedió.
—Pasad —dijo.
Acto seguido fueron los cachorros los que se acercaron moviendo la cola y dando brincos.
María hizo una exclamación de ternura y se arrodilló.
Los cachorros se abalanzaron sobre ella y Prados no pudo evitar reírse ante la escena.
Ambos agentes seguían escrutando el escenario en busca de detalles aprovechables.
—¡Pero qué lindos son! —María, aún agachada, levantó la vista—. ¿Cómo son de carácter?
—Buenos —dijo Elina. María pensó que era evidente que la sueca hablaba con la lentitud y la simpleza de quien tiene alguna clase de retraso, y que sus frases muchas veces no eran fáciles de comprender, pero que no era ni mucho menos como lo había planteado Ingrid en sus dos informes, que describían a Elina prácticamente como una niña pequeña y boba.
—Y muy protectores —añadió—. Hacen todo por el dueño.
—¿Y el resto de los perros?
—Allí. Dentro. —Elina señaló una puerta de madera que parecía dar al edificio lateral que habían visto desde fuera.
—¿Cuánto cuestan?
Elina pensó. Sonreía mientras veía a los cachorros amontonarse para jugar con María. De hecho, pareció quedarse trabada ahí, sonriendo con dulzura, mirando a los perros, como un ordenador que se bloquea de repente.
—¿Elina?
La sueca emergió de la desconexión diciendo:
—Creo que ochenta mil. —Aún pensaba en pesetas—. Pero eso… Katja. Se encarga… ella.
—¿Quién es Katja? —preguntó María.
—Es… hermana. Vive aquí. Katja.
María asintió. Después le dijo a Prados:
—Moisés, ¿tienes hora?