Una fábula sueca 24 #2
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24 #2

E hizo exactamente lo mismo que Klara Pålson.

Extendió los nueve documentos. Primero miró las fotos de Hans.

Nueve gestos idénticos, nueve rostros que expresaban al mismo tiempo alegría y perplejidad.

Y abetos al fondo. Prados separó los bloques tal y como indicaba la cónsul general en su informe. María simplemente asintió.

—Tengo entendido que usted no ha identificado a Hans, sino que lo ha dejado en manos de un médico de su confianza.

Al secretario le salía la voz con dificultad.

—Sí, Así es. Verá, esto es un pueblo y…

—Déjelo. No le vamos a dar muchas vueltas ahora mismo.

Dele a Prados sus datos. Probablemente esto se quede en nada, pero hay alguna posibilidad de que algún día le tengamos que llamar.

Nos vamos a llevar los documentos. —María cogió las carpetas y levantó la vista hacia el secretario—.

¿Dónde está la Jefatura de la Policía Local?

—Ahí enfrente. Solo cruzar la calle.

—Perfecto. Vamos, Prados.

Allí los recibió un agente cuya barriga era de tal volumen que María inició un fugaz debate consigo misma sobre la talla de su uniforme, sobre si la Policía Local lo encargaría de manera excepcional o si, por el contrario, era una talla que ofrecían en su catálogo habitual.

De darse este segundo supuesto, estaban bien jodidos.

—Buscamos a los agentes… —María enseñó fugazmente su identificación y después abrió la carpeta de la denuncia—. Javier Martínez Nieto… y… Raúl… Espere. Raúl Abarca Blanco. Somos de la judicial.

El policía los miró con parsimonia. Mascaba un chicle de color verde que de vez en cuando aparecía al fondo de su boca al hablar.

—¿Qué necesitan?

—Solamente queremos preguntarles por una denuncia que atendieron hace unos años. Algo rutinario, nada serio.

—Pasen —dijo señalando al interior—. Voy a llamarlos por radio. Salieron a patrullar hace un rato.

María y Prados se sentaron en el recibidor mientras el agente avisaba a sus compañeros. Todos los policías que entraban o salían los miraban con aire serio y los saludaban en voz baja, con frialdad. Prados se aproximó a María, que apretaba la pelota rosa, y le susurró:

—Que desconfiados son en los pueblos, ¿eh?

Cuando María fue a contestar, los agentes llegaron.

María y Prados se identificaron y les dijeron que tenían unas preguntas.

Los dos olían levemente a alcohol y generosamente a tabaco y parecían de bastante buen humor.

Propusieron pasar a la oficina, donde otros policías tecleaban en sus ordenadores.

La mayoría levantaron la vista un momento y continuaron en lo suyo.

Una radio ubicada en una mesa vacía emitía a volumen bajo una canción de Estopa.

—Sí, me acuerdo. La denuncia la puso un vecino. Pero ese hombre les tenía manía a las chicas. No era un tipo muy de fiar.

María no estaba muy acostumbrada a aquellas inferencias. Su mundo policial solamente se regía por la objetividad.

—¿Por qué? —preguntó.

—Pues porque estaba acomplejado. Ellas son mujeres muy…

alegres. Que salen, que entran. Que hacen fiestas…

Ya me entiende. Las granjeras, las llaman.

—El agente sonrió con sorna—. Por aquello de que ordeñan bien.

—Hizo un amago de buscar complicidad en la broma, pero nadie se la brindó—.

Y él era un hombre muy serio. Un piloto de avión.

—Y homosexual —añadió el otro.

—Entiendo que ustedes las conocen.

—Sí, bueno. —El policía miró al compañero y ambos sonrieron—. Lo normal, vaya. De la vida en el pueblo, básicamente.

Prados continuó.

—Entonces… acudieron a la casa tras la denuncia.

—Sí, claro. Nos pasamos por allí. Les dijimos que el vecino pensaba que no estaban cuidando bien de su padre. Ellas siempre dicen que son hermanas, pero en realidad no lo son. El hombre es el padre de una de ellas, de Elina.

—Las granje… Perdón… Ellas llamaron al padre y el hombre salió. Un viejo normal y corriente. Delgado, pero con buena salud. Quizá algo moreno para ser sueco. No entendía una mierda de español.

—Ah, y le faltaba una mano.

—¡Es verdad! Coño, no me acordaba. Pero no estaba amputada, era una especie de malformación, ¿no?

—¿Tú crees?

—Sí, claro. Ahora lo recuerdo. Perfectamente. Se intuía una mano, pero que no se había formado. Tenía una especie de bolitas pegadas, como los brotes que les salen a las patatas que se pasan.

—Es verdad. Joder. Incluso creo recordar que se movían. ¿Se movían?

—A ver, a ver —interrumpió María—. La observación, perfecta. Impecable. Pero identificaron a ese hombre, entiendo.

Los agentes se miraron con extrañeza.

—Bueno… —dijo uno—. Nosotros llegamos, nos sentamos a tomar algo y salió este hombre. Ellas nos lo presentaron, el tipo no hablaba español… En fin, entendimos que aquel viejo era el padre.

—No hablaba español —repitió el otro, como si aquello fuera un argumento irrefutable a prueba de leyes y protocolos.

María y Prados se miraron con incredulidad ante aquella exhibición de incompetencia.

María soltó la carpeta marrón sobre la mesa con desgana, como si las fuerzas la hubiesen abandonado.

Como si un vampiro la acabara de morder.

Abrió la carpeta con calma y sacó uno de los certificados de vida de aquel Hans de unos cincuenta años que sonreía a medias entre los pinares.

Puso la hoja sobre la mesa, apoyó sobre ella la palma entera de la mano y giró el folio ciento ochenta grados.

—Mírenlo. Quiero que me digan si era este hombre.

Los dos agentes se levantaron, se acercaron y miraron la foto con rostros opacos.

—No —contestó uno.

—No, no era —dijo el otro.

María respiró. Dos, tres veces. Sacó del bolsillo la pelota antiestrés y la apretó. Uno de los agentes dijo:

—El hombre era más moreno, calvo por la zona de la frente y con los ojos claros. Muy claros.

—Sí, como ojos nórdicos —dijo el otro, sumando otro argumento irrefutable al del mutismo idiomático. Ojos nórdicos.

María se giró hacia Prados, dándole completamente igual que la escuchasen.

—Esto es increíble —dijo.

En ese momento se formó un silencio, incompleto a causa de la radio que pinchaba una canción de Jennifer López. Para sorpresa y alivio de todos, el siguiente en hablar fue un agente de los que tecleaban, el que estaba más cerca a ellos.

—Pues yo sé quién es.

Todos lo miraron.

—El tío que decís. Calvo por delante, ojos claros y le falta una mano. Es inconfundible. Vamos, estoy seguro de que todos lo habéis visto. Va pidiendo dinero por Granada. Suele estar a las puertas de las iglesias. Está mucho en la de Gran Vía, no sé cómo se llama.

—Sagrado Corazón —dijo Prados.

Mientras abandonaban la Jefatura de Policía, ni Prados ni María dijeron una sola palabra. Subieron al coche, María encendió la calefacción y, antes de arrancar, Prados la miró con media sonrisa. No fue hasta entonces cuando la sargento también sonrió y dijo:

—Pusieron a un impostor y estos dos imbéciles se lo tragaron.

Pararon en una gasolinera que tenía un restaurante anexo.

Un goteo de gente entraba a comprar leña y bombonas de butano.

Allí comieron un par de bocadillos y se tomaron un café rápido.

María expuso sus intenciones. Su idea era intentar entrar a toda costa en la casa de las suecas y hablar con Elina.

—Si podemos, nos metemos hasta la cocina. Y si Elina es como nos la han pintado en los informes, creo que es posible. Toma.

María deslizó algo por encima de la mesa.

—¿Y esto?

—Si en algún momento dado te pregunto la hora, esperas medio minuto, no más, y finges un ataque de tos.

—Mi sargento…

—Déjate de chorradas. Es fácil. Tose unas cuantas veces y ya verás como te sale bastante tos. Entonces sacas esto y me dejas hablar a mí.

Prados miraba a María con el vivo rostro de la alucinación.

—No he usado un cacharro de estos en mi vida.

—Pues coño, no tiene misterio ninguno. Mira. Así y así, ¿ves? Te lo llevas a la boca, aprietas y ya está. —Prados asintió—. Bueno, más. Si conseguimos entrar, y lo veo viable, pediré ir al servicio. Tú la entretienes mientras echo un vistazo.

—Perfecto.

—Y otra cosa. Tengo en mente una idea, pero no estoy segura de que vaya a salir. No obstante, hay que estar preparados. Ya he avisado esta mañana a Quintana, que le toca guardia de papeleo. Pues bien, mi idea es intentar llevarnos a Elina a la comandancia.

—¿Está hablando en serio, mi sargento?

—Por supuesto que sí. Creo que hoy es nuestra única oportunidad de pillarlas con la guardia baja.

Con Elina sola y sin avisar. Doy por hecho que está enormemente aleccionada por la otra.

Pero al menos, contamos con sorprenderla desprevenida.

Una segunda vez ya será imposible, porque Katja la pondría alerta.

Así que, si todo transcurre igual que con las cónsules, es decir, que no hay padre y nos da evasivas, me gustaría llevármela. A priori, solo para charlar con ella.

—Para eso hay que convencerla.

—Sí, claro. Por eso te digo. Todo amistoso. Servil y amable. «Vente, nos cuentas todo esto allí en nuestro despacho para que podamos ayudarte y luego incluso te traemos, no hay problema ninguno aquí. Es solo para que te quedes tranquila de una vez, para cerrar ya esto, etcétera». Ya sabes.

—Vale. ¿Y Quintana?

—Eso, Quintana. Él ya está informado y sabe lo que tiene que hacer, así que, si conseguimos montar a Elina en el coche, discretamente coges el móvil, llamas a comandancia y pides que te lo pasen. Solo tienes que decirle que actúe. Ya está. Él se encarga del resto.

—Entendido —dijo Prados dando el último trago al café y contemplando medio hipnotizado la inmensa chimenea que latía al fondo del restaurante.

Cuando salieron, una niebla densa se había instalado en el pueblo y el cielo plateado parecía amenazar nieve. Prados conducía despacio buscando el camino que subía a casa de las suecas.

—Qué bonito —dijo María mientras rodeaban el lago.

—Dentro hay esqueletos de mamuts —dijo Prados señalando hacia el lago sin mirarlo—. Mi hermana trabajó en un proyecto ahí. Es bióloga.