Una fábula sueca 24
61%

24

María llegó temprano a la comandancia de la Guardia Civil, un edificio mitad azul y mitad rojizo que se había construido manteniendo la estética de las urbanizaciones circundantes.

Dentro, la calefacción saturaba el ambiente de manera bastante desagradable y María se quitó el abrigo con desesperación mientras saludaba a un par de cabos.

Sacó un café de la máquina y abrió su despacho, que estaba al fondo de las dependencias de la Policía Judicial.

Mientras encendía el ordenador, Concha, la funcionaria administrativa, dio un par de toques en su puerta entreabierta.

—María, buenos días. El capitán ha dejado esto para ti.

—Gracias, Concha.

Lo primero que hizo al hojear el dosier fue pensar lo mismo que había dicho Granero cuando la llamó.

Que quien había elaborado aquello parecía tener ínfulas de detective.

Cuando terminó, descartó ese pensamiento y lo sustituyó por la idea de que Klara Pålson era una funcionaria haciendo su trabajo escrupulosamente bien.

Para empezar, el dosier mostraba dos informes escritos por la cónsul de la zona, Ingrid Sørensen.

El primero era una copia impresa de un email enviado a Pålson en abril en el que Ingrid manifestaba su deseo de desvincularse del pasaporte de aquel hombre, y el segundo era un informe mucho más detallado, aparentemente solicitado por la cónsul general en el que Ingrid exponía su interacción con aquellas dos mujeres de manera pormenorizada.

María los leyó con mucha atención y tomó bastantes notas, porque aquello le pareció una historia de novela: una jauría de perros intimidatorios, un allanamiento, disparos, una mano misteriosa saliendo de un coche, un sofá con olor a muerto.

—Joder —dijo en voz baja.

Detrás de los informes de Ingrid se adjuntaban fotocopias de los pasaportes de Hans, Katja y Elina, así como de varios certificados, entre ellos los de doble nacionalidad de las mujeres, ambas casadas con ciudadanos españoles.

Ambas viudas. También había un resumen emitido por la Caja Rural con los cobros de la pensión de Hans en una cuenta compartida con su hija.

Los pagos del gobierno de Suecia a esa cuenta empezaban quince años atrás; el último era de apenas diez días antes, del cuatro de enero.

Pero lo que provocó la estupefacción de María fueron los seis folios que contenían las conclusiones de Klara Pålson.

Le costaba recordar cuando había leído un informe redactado con tanta claridad y precisión.

La cónsul general exponía en primer lugar una serie de hechos objetivos, después extraía conclusiones y finalmente hacía conjeturas personales.

También hacía un esbozo de las personalidades de Katja y Elina.

A Katja la definía con más de quince adjetivos entre los que destacaban «astuta», «suspicaz» o «sibilina».

«¿Cómo coño tiene una sueca tal precisión léxica en castellano?

», pensó María. A Elina le atribuía, entre otras, cualidades de «estupidez», «imprevisibilidad» y «dispersión».

La calificaba como «la parte accesible» del dúo.

María terminó de leer todo el informe, resopló y se levantó para sacar otro café.

Pero a medio camino se dio la vuelta, volvió a paso rápido a su despacho y se abalanzó sobre el dosier buscando un dato que creía haber leído en la primera parte, en la de información objetiva.

Estaba casi al final: «Según nos dijo ella misma, Katja da un paseo, con objeto de despejarse, cada día a las cuatro de la tarde».

«Coño —pensó María—. Va a resultar que sí que eres una detective de la hostia».

Así que sacó el segundo café y se acercó al cuadrante donde figuraban los guardias disponibles para llevarse a alguien con ella. Moisés Prados le pareció la mejor opción, así que lo buscó y le soltó el dosier de Klara Pålson.

—Te vienes conmigo, Prados. Vamos a pasar por el Ayuntamiento de La Umbría al final de la mañana y después vamos a hacer una espera frente a una casa. Léete todo esto y ponte de paisano. Nos vamos a las doce.

—Por supuesto, mi sargento —fue todo lo que dijo Prados antes de que María se perdiera pasillo adentro.

Después se acercó a hablar con Quintana, el cabo en quien más confiaba, un viejo cabrón que se las sabía todas, y le contó algo que tenía en mente.

Quintana, acostumbrado a aquellas excentricidades de María, que, por otra parte, la solían llevar a resolver casos y él lo sabía, la escuchó sin hacer demasiadas preguntas y se limitó a contestar.

—Perfecto, estaré atento al teléfono.

—Esto solo es una posibilidad remota. Pero si ocurre, sales de aquí de inmediato, ¿de acuerdo? Y si alguien, me importa una mierda quien sea, intenta retenerte, le dices que tienes órdenes mías de salir. Yo me encargo después, no te preocupes.

—Gracias, mi sargento.

No fue hasta que volvió a su despacho y se puso a redactar las diligencias de otro caso en el que estaba trabajando —un intento de homicidio con mucha droga de por medio— cuando cayó en la cuenta de que le tocaba recoger a Carlos a las 15:00.

Se sentía algo confusa a causa de la mala noche y además, el hecho de haber visto al niño en el hospital, un día que no le correspondía ocuparse de él, la había confundido aún más, así que no tuvo más remedio que exclamar para sí misma «Me cago en mi puta vida» y llamar a su madre, algo que intentaba evitar a toda costa porque aquello empezaba a rozar el abuso.

—Mamá, lo siento muchísimo. Pero hoy también me ha surgido una cosa.

—Nena, que tengo pilates…

—Ay, mamá, perdona. Perdona, de verdad. Ya te dije que voy a buscar una canguro, te lo prometo. Pero es que no paro. No paro, mamá.

—Si ya lo sé, cariño. Si ya sabes que a mí no me molesta. Falto al pilates y ya está. Lo que me da rabia es que…

—Que sí, mamá. Que no me lo digas más. Mi trabajo es así, ya está. —Silencio—. Perdona, perdona. Es que tengo un día de mierda, y mira qué hora es. Bueno, que te dejo. Llévate al niño a tu casa, ¿de acuerdo? Yo lo recojo de allí en cuanto termine.

—Vale, nena. ¿Qué le doy de merienda?

—Yo qué sé, mamá. Lo que pilles.

—No, como estás tan pesada con lo de la fruta ahora.

—Pues dale fruta, ya está.

—Vale. Ya está.

—Anda, no te enfades. Te quiero.

—Te quiero, nena. Intenta no quedarte hasta muy tarde, anda, que Carlos te echa de menos —dijo su madre antes de colgar.

María resopló.

—¡Joder! —exclamó en voz alta, mirando aún el teléfono.

Y es que no podía soportar aquellas frases que le soltaba su madre de vez en cuando, aquellas bofetadas morales que le transmitían que no estaba a la altura: «Que Carlos te echa de menos».

«Mierda —pensó María—, me divorcié de la noche a la mañana hace cuatro meses, tengo un crío de cinco años y un trabajo que no entiende de horas…

¿tan jodidamente difícil de entender es?

». Agarró la pelota antiestrés y la apretó con fuerza varias veces, respirando y contemplando cómo la goma rosa se contraía y se expandía revelando caminitos de estrías en la superficie, grietas prácticamente invisibles como las que se van formando cada día en el interior de todas las personas.

A las doce del mediodía, María y Prados salieron de los garajes de la comandancia en un Renault Megane azul oscuro rumbo a La Umbría, cruzando la ciudad sumida en un gélido estupor: el termómetro marcaba un grado.

Prados era de su agrado porque hablaba poco y porque parecía una persona templada, y en aquella época María sentía que necesitaba rodearse de tranquilidad para contrarrestar sus nervios en la medida de lo posible.

Era un tipo alto, sonriente y mostraba ese gesto involuntario que se tiene o no se tiene y que delata a las buenas personas.

El único dato que María tenía de él es que se había casado hacía no mucho.

—¿Has leído el dosier?

—Sí, mi sargento.

—Tutéame, anda. No me hagas más vieja. ¿Qué te parece?

Prados pensó.

—Pues creo que dar tantas largas nunca es buena señal. De hecho, me parece muy mala señal. Y todo lo que supuestamente le han hecho a la cónsul, a la tal Ingrid… No sé. Es muy raro. A ver qué nos encontramos.

Como el resto de los guardias de la Policía Judicial, Prados sentía por la sargento María Infante un profundo respeto, algo que a ella le había costado ganarse mucho tiempo, mucho esfuerzo y muchos casos resueltos con su astucia.

Y es que, al principio, cuando María empezó a destacar y a ascender en la Judicial, los que habían pasado de compañeros a subordinados le adjudicaron como apodo «la Pelota» en un zafio intento de desprestigiar su fulgurante carrera.

Pero, poco a poco, el trabajo tenaz de María comenzó a dar extraordinarios resultados, a lo que se le sumó el hecho de que resolviera un caso en el que estaba implicado uno de sus propios compañeros, precisamente uno de los que habían sido más crueles con ella en los corrillos, y que fue acusado de haber cometido una violación una noche en la que iba borracho.

El susodicho no recordaba nada de la noche de autos y tenía los indicios y todas las opiniones posibles en contra, pero María consiguió demostrar su inocencia.

De esta forma, no les quedó más remedio que claudicar, y cuando llegaba alguien nuevo a la comandancia y preguntaba por qué a aquella sargento la llamaban «la Pelota», los demás le respondían: «¿No ves que va todo el santo día apretando una pelota antiestrés? ».

La visita al Ayuntamiento de La Umbría siguió una estructura similar a la de Klara Pålson: alcaldesa reunida, mire quiénes somos, pasen por favor.

Misma solicitud de documentos, misma habitación con la fotografía de los reyes.

La gran diferencia fueron los nervios del secretario, a quien prácticamente le temblaban las manos cuando le tendió a María las dos carpetas.

—Quédese, por favor —dijo María.