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—Y encima, el muy cabrón, muerto de risa.
Sí, sí. No me mires así, que no es gracioso.
Imagínate. Que para una noche que salgo, para una puta noche, que digo yo que tengo derecho, ¿no?
, pues va, y me llama. Y yo en un restaurante de la hostia bebiéndome el mejor vino de mi vida y me llama y me suelta que ha tenido que llevar al niño a Urgencias y que no lo atienden si no presenta la tarjeta sanitaria.
¿Y a quién se le ha olvidado pedirme la puta tarjeta sanitaria?
Exacto: a él. ¿Y cómo lo plantea él? Exacto: que soy yo la que no se la ha dado.
Como antes. Como siempre. Él no tiene nunca la culpa.
Le pregunto: «Pero ¿qué tiene el niño?».
Y me responde que si voy a cuestionar su criterio, apaga y vámonos.
Y ahí me ves. Abandonando una cena, para un día que salgo, joder, con mi vestido bueno, el que me disimula las mollas, mi maquillaje de putón y unos taconazos.
Diciéndole al «hombre A» que me tengo que ir, con Carolina a-lu-ci-nan-do y yo pillando un taxi en Plaza Larga, comiéndome un atasco enorme, rebuscando media casa para encontrar la puta tarjeta, esperando a otro taxi y llegando al hospital sin aliento para que el muy cabrón se descojone de risa cuando me ve entrar por la puerta de la sala de urgencias.
Y que vaya y me suelte: «Pero ¿adónde vas así vestida? ».
»Pero espera. Que antes de que pueda siquiera soltarle una bordería, me viene el niño cogido de la mano de ella.
Coño, ya podías habértela dejado en casa, que te la llevas hasta al baño cuando vas a cagar, amigo.
Y claro. Ella. Con su cuerpazo, sus quince años menos, su piercing de vaca en mitad de la nariz y sus tetas ahí, bien puestas.
Y siempre sonriendo. Siempre tan apropiada, tan perfectita ella.
“Hola, María, perdona que te hayamos molestado. Uy, ¿estabas ocupada?”.
Pues estaba en una cena intentando divertirme un poco, ponerme ciega de vino y follarme de una puta vez a un tío, pedazo de subnormal.
Y el niño, ahí, cogido de su mano. Y tiene cojones que es ella la que le dice “Carlitos”.
¡Carlitos! ¿Quién coño le dice Carlitos al niño?
“Carlitos, corre y dale un besito a tu madre”.
El niño, claro, estaba un poco cortado con la situación, tenía fiebre y se descolocó un poco de verme llegar así, arreglada y cuando no me esperaba.
Pero al minuto se le quitó la tontería y se empeñó en que me quedase.
Y yo desesperada por llamar a Carolina y volver, aunque fuera a las copas.
Pero nada. El niño allí echado sobre mí hasta que nos fuimos.
A las dos y pico de la mañana. Menudo número: yo allí con el vestido y la toda la parafernalia haciendo el papelón, Jorge muerto de risa y la otra allí, con sus mallas de yoga y sus tetas bien apretadas.
»Y, claro, una se compara. Y no es justo, coño.
Ella tiene veinticinco años. ¡Veinticinco!
A esa edad yo también lo tenía todo en su sitio.
Pero, claro, me comparo ahora. Ahora, que he parido un crío, que tengo toda esta celulitis y estas estrías, mira, mira.
Y las tetas. Joder, es que se me vinieron abajo y ya no hay forma de compensar eso.
Mierda, es que vestida tengo pase; mucho, de hecho.
Pero en pelotas no hay manera. Y es que no tengo ni un puñetero minuto para poder hacer deporte, y mira, mira la carne del brazo, coño, ¿desde cuándo me cuelga así?
Pero bueno, ya está. Ya está. Las cosas son así, qué le vamos a hacer.
Él lo hizo bien. Se enamoró de ella, y vino con dos cojones y lo dijo.
“Me he enamorado de otra persona, lo siento muchísimo”.
Ya te lo dijo la psicóloga: lo habitual es seguir manteniéndolo en secreto, forzar una ruptura a base de pasivo-agresividad o algo por el estilo.
Es lo que suelen hacer los hombres. Y él lo hizo bien, ya está.
Se enamoró. Son cosas que pasan. Lo siente muchísimo.
»Y coño, mira qué cara tienes. Todo el rímel corrido, y joder, qué ojeras.
Tú, que tenías que estar duchándote ahora mismo en casa del “hombre A”, con agujetas en las ingles y quitándote el olor a sudor, a polla, a polvo, y aquí estás, desnuda, mirándote la celulitis, apretando la pelota antiestrés y a punto de arreglarte para buscar a un abuelo sueco, con una resaca que no mereces y, para colmo, para colmo, pareces una loca hablándole a un puto espejo.
»Anda, tómate un café.