Una fábula sueca 22
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Y la «cadena comunicativa» continuó. Porque lo segundo que hizo el subdelegado del Gobierno tras recibir a Klara Pålson —lo primero fue encender un Marlboro y fumárselo de manera clandestina bajo el marco de la ventana abierta, mirando la danza de los árboles desnudos y sin pensar prácticamente en nada— fue citarse para comer con Manuel Luján, el coronel de la Guardia Civil.

—Manolo, nos ha caído un coñazo —fue su saludo mientras se sentaba a la mesa.

El encuentro se celebró en restaurante Poetas Andaluces, un lugar de la máxima confianza del subdelegado.

Ambos pidieron rabo de toro y compartieron una ensalada, queso viejo y una botella de Protos.

Manuel Luján escuchó la exposición completa del subdelegado y recibió el dosier que había elaborado Klara Pålson.

No hizo ni tan siquiera amago de abrirlo.

Se metió en la boca el último trozo de su guiso tras desgarrar la carne del hueso gelatinoso y dio un sorbo al vino. Después dijo:

—Tengo a todo el mundo ocupadísimo, Pedro. ¿De verdad me vas a poner a buscar a un viejo?

—Mira, Manolo. Sabes que normalmente no te molesto con gilipolleces, pero esto viene de arriba y no quiero tonterías con la diplomacia. Necesito que me mires esto, de verdad.

Obviamente, ambos sabían que los intereses del coronel estaban ligados estrechamente a la política, por lo que, tras refunfuñar levemente, Manuel Luján aceptó encargarse del asunto.

Mientras les servían el café, que ambos tomaron con un chorrito de Terry Centenario, el subdelegado remató al prisionero:

—Y por Dios, Manolo. No me vayas a mandar dos guardias, que nos conocemos.

Que como la sueca se empeñe, me van a pedir informes.

Y no quiero poner en esos informes que, estando advertidos, enviamos a Pepe y a Paco.

Según la cónsul, aquí puede haber algo turbio, algo más allá de una desaparición.

Y si eso es así, quiero escribir que estuvimos a la altura desde el principio.

Que mandamos a alguien de la judicial, a alguien bien situado.

Porque lo vimos clarísimo. Y si el viejo está en el sofá viendo el puto Canal Sur, pues nos vamos y aquí no ha pasado nada. ¿Te apetece un pacharán?

Así que a Manuel Luján no lo quedó más remedio que levantar el teléfono de su despacho, ya pasadas las cinco de la tarde, y llamar a Carlos Granero, un capitán de la policía judicial con quien mantenía una estrecha relación debido a que sus respectivas esposas eran primas y quedaban cada dos viernes por la tarde para jugar al tenis.

Los maridos solían incorporarse más tarde y los cuatro compartían unas cervezas y algunas raciones de embutidos y quesos en el restaurante del club de tenis.

Obviamente, Carlos Granero no tuvo más remedio que aceptar, no sin antes decirle al coronel exactamente lo mismo que este le había argumentado al subdelegado durante el almuerzo: que tenía a todo el mundo muy ocupado, pero que, dadas las circunstancias, buscaría a alguien para hacer el trabajo.

Y así es como terminó la «cadena comunicativa».

Con una última llamada a eso de las siete y media de la tarde, mientras la ciudad iluminada bullía de gente haciendo las últimas compras de reyes magos y los turistas se refugiaban del frío en las cafeterías humeantes del centro.

Cuando sonó el móvil, María se estaba afeitando las piernas.

Ella era el último eslabón de la cadena.

Había quedado con Carolina, su amiga y fisioterapeuta, y con dos hombres a quienes Carolina llamaba «hombre A» y «hombre B».

María los había visto en una foto que Carolina le había enseñado la última vez que había ido a su consulta, y mientras la fisio le descargaba la espalda, María, con una voz que apenas era la suya a causa de estar boca abajo con la cabeza encajada en un agujero, había dicho: «Como el hombre A se deje, lo voy a destrozar».

Al sonar el primer tono, María dio tal convulsión que estuvo a punto de cortarse en la ingle.

—¡No! —dijo en voz alta—. ¡No, joder!

Y salió de la bañera haciendo desbordar una pequeña ola espumeante, con la pierna izquierda a medio afeitar, mientras Britney Spears sonaba a todo volumen en la radio.

Tiró directamente del enchufe y Britney se calló.

María corrió hacia su dormitorio, donde el móvil la reclamaba con agitación.

Desnuda y empapada, tropezó con un juguete de Carlos en el pasillo y se golpeó el meñique del pie izquierdo.

Ignorando el dolor afilado, continuó corriendo hacia su habitación con nerviosismo.

Y es que nada había que le causase más ansiedad a María que una llamada a deshoras de Jorge.

Cuando vio que era su jefe —una llamada de su jefe a deshoras habría sido lo peor posible hacía un tiempo; «Hay que ver lo que cambian las cosas», pensó María después de colgar— sintió alivio y contestó.

Carlos Granero fue directo: le pidió disculpas por la hora, pero tenía que hacerse cargo de una investigación que venía de arriba.

En principio, era una tontería, le dijo.

Debía revisar un dosier elaborado por la cónsul general de Suecia —«que por lo visto es detective, la señora»— sobre un ciudadano sueco, un anciano que vivía en La Umbría, y comprobar por qué no había forma de dar con él.

Cuando María respondió que tenía tres casos abiertos al mismo tiempo, el capitán lo zanjó con sencillez:

—Pues ya tiene cuatro, sargento.