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—No obstante —añadió Klara girándose hacia su compañero y sonriendo con malicia—, los mismos que te advirtieron podrían argumentar que, como las dos tienen doble nacionalidad, les ha salido la parte española. Que se han contaminado.
Johannes soltó una carcajada y ambos volvieron a brindar entre risas.
Klara pasó aquellos días en Granada trabajando desde la sala de informática del hotel y paseando por la ciudad.
Aprovechó la estancia para visitar la Alhambra y los barrios históricos, para comer caracoles en el Albaicín, para ver espectáculos de flamenco y para intentar sentirse un poco menos idiota.
De vez en cuando se lo decía a ella misma, especialmente cuando se despertaba en mitad de la noche, orinaba violentamente las cervezas y las copas y contemplaba en el espejo del baño su rostro sumido en la penumbra: «Idiota.
Has sido una idiota». Pero justo después, ya de nuevo inmersa en el calor de la cama, pensaba: «No te hables a ti misma tan mal, por favor».
No obstante, cuando a lo largo del día, mientras trabajaba o recorría las calles pedregosas de Granada, volvía a pensar en él —en su cuello robusto, en el vello dorado de sus brazos, en aquellos trayectos en metro hasta su casa segregando dopamina y flujo vaginal— se lo decía de nuevo, fugazmente, una sola vez: «Idiota». Y después agregaba: «Perdón».
Nadie llamó. Ni la alcaldesa, ni las suecas.
Así que Klara Pålson, como era de rigor en ella, cumplió con su palabra y empezó lo que, unos meses más tarde, el juez de instrucción calificaría en su auto como «la cadena comunicativa».
A saber: Klara levantó el teléfono y llamó al embajador, a quien explicó someramente dónde estaba y por qué.
El embajador, con las mismas, llamó al subdelegado del Gobierno en Granada.
Y el subdelegado del Gobierno en Granada llamó a Klara Pålson.
La citó en su despacho de la Gran Vía el viernes sobre el mediodía, apenas una hora más tarde de haber recibido la llamada del embajador.
La saludó con altanería y le preguntó por Therese Lindgren, con quien, según el subdelegado, «era una bendición trabajar».
Klara le tendió el dosier que había elaborado sobre el caso y le habló como le gustaba hablar, con poca retórica y mucha sustancia.
Le habló de Ingrid, de la denuncia de Juan Carlos, de los certificados de vida sospechosos y de la actitud de las suecas.
Cuando terminó, el subdelegado dirigió la vista hacia la ventana, tras la que bailaban árboles sin hojas al son del viento afilado de la sierra.
Los contempló durante unos segundos y se giró de nuevo hacia Klara.
—Vamos a hacer lo siguiente —dijo—. Si le parece bien.
Usted me deja toda esta información y yo me encargo de que esto se investigue.
No es necesario que haga nada más, no queremos hacerle perder su valioso tiempo.
Vuelva tranquila a Madrid y le garantizo que la Guardia Civil se encargará de averiguar qué pasa con ese hombre.
Si, llegado el momento, descubrimos algún delito, nosotros nos haremos cargo.
Y, por supuesto, me ocuparé personalmente de que le llegue a usted toda la información del caso.
Nuestras relaciones institucionales con su país son excelentes y quiero que continúen siéndolo. ¿Le parece bien?
A Klara le pereció perfecto. Si algo le producía placer de su cargo era la facilidad que tenía para abrir puertas en las instituciones, dentro de las cuales solía encontrar políticos españoles, personajes casi siempre de aire torpe que le parecían cortados con el mismo patrón: serviles, retóricos, deficientemente preparados.
Y precisamente debido a su notoria incompetencia, vivían en un estado de permanente alerta que los convertía en elementos peligrosos.
Un año atrás, cuando llegó a España, el embajador se los definió como «niños pequeños conduciendo coches de lujo por mitad de la autopista», una comparación bastante más graciosa en sueco que en español, todo sea dicho.
Fue una tarde de llamadas. Primero telefoneó precisamente al embajador para informarle de lo ocurrido.
Tras escucharla, el hombre solamente hizo un comentario acerca del asunto: «Eso huele a muerto desde aquí».
Después llamó a Iberia para confirmar que Johannes y ella volarían a Madrid al día siguiente en el primer vuelo directo.
A eso de las ocho de la tarde, bajó al bar del hotel que, con sus luces bajas, su barra acolchada en piel y aquella infinidad de detalles dorados, le parecía un lugar agradable, quizá más propio de otro tiempo, de uno más lento y civilizado.
Pidió un Black Label con agua y llamó a Ingrid.
Le dijo que el asunto ya estaba en manos de las autoridades y que no tenía de qué preocuparse.
Que se desentendiera. También le habló de sus dos encuentros con las suecas, recalcando lo similares que habían sido sus impresiones con respecto a todo lo que Gabriel había contado en la cena de noviembre.
Ingrid se mostró poco comunicativa, con evidentes ganas de zanjar el tema.
—Gracias por hacerte cargo, Klara.
—De nada. Me ha venido bien despejarme estos días. Además, me ha encantado conocer Granada. Me encantaría volver en otoño.
—Creo que es más bonita en primavera.
—Lo tendré en cuenta. Bueno, Ingrid —Klara adoptó un tono que podría calificarse como maternal—, espero que esas dos te dejen en paz.
—Sí, eso espero yo también —concluyó Ingrid.
Pero, a tenor de los hechos, ninguna de las dos tenía ni la más remota idea de lo equivocadas que estaban.
Tres whiskies después, contemplando a través de las cristaleras del hotel un chaparrón de aguanieve recta y persistente, Klara lo llamó.
Él le dijo secamente que no podía hablar y colgó a los seis, quizá siete segundos.
Y eso provocó que ella subiera a su habitación y se pasara prácticamente toda la noche en vela, recordándose a sí misma lo idiota que era hasta que el efecto aletargante del alcohol se disipó, y entonces se pidió perdón frente al espejo del baño y se metió en la cama, que estaba helada y le pareció hostilmente inmensa.
Y cuando estaba a punto de dormirse, la alarma sonó. Eran las siete de la mañana.
Unas horas después, cuando el comandante del vuelo dijo que se disponían a aterrizar, Klara se asomó por la ventanilla, y al contemplar las afueras heladas de Madrid, aquella ciudad nerviosa y ajetreada, aquel cúmulo de vidas entretejidas como los cables de una gran red eléctrica, como las moléculas brillantes de una densa bola de mercurio, atraídas y repelidas por el azar grotesco y entre las que estaban las suyas, la de él, la de ella, se echó a llorar.
Para que Johannes —que escuchaba música en un iPod y cabeceaba rítmicamente con los ojos cerrados— no se diera cuenta, se apoyó contra el cristal de la ventanilla.
Contempló los nudos de carreteras de entrada a Madrid atestados de coches, las enormes urbanizaciones familiares de la periferia y, finalmente, los primeros indicios de la ciudad al fondo.
Un pitido indicó que se abrochasen los cinturones y Klara sorbió discretamente una bola de mocos, se secó las lágrimas con las mangas de su camisa blanca y se giró hacia Johannes quien, tras mirarla unos segundos fijamente, con un gesto reflexivo de concentración, le preguntó:
—¿Estás resfriada?
—Sí —contestó Klara Pålson.
Y el avión aterrizó.