Una fábula sueca 21 #2
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—Lo siento. —Katja seguía sonriendo—. Pero nosotras sí hemos terminado. Ya les hemos dicho que no podemos ayudarles. ¿Me hace el favor de quitar el pie? —Su entonación al hablar con Johannes era claramente insinuante, la de una mujer acostumbrada al flirteo continuo.

Johannes afiló el gesto y apretó la mandíbula.

—Katja —atajó Klara Pålson—. Escúchame.

Soy una alta funcionaria de tu país. Soy la autoridad aquí.

No tengo una orden de entrada porque vengo de manera no oficial, amistosa.

Pero puedo conseguirla. No compliquemos las cosas, por favor.

—Katja guardó silencio—. Y ahora, como una de las máximas autoridades de tu país en España, te exijo que nos dejes pasar. Vamos a hablar sobre Hans.

Katja no movió el gesto. Si acaso, amplió aún más la sonrisa. Solo dijo:

—No. Ya hemos terminado. Y ahora, retire el pie, por favor. Es la última vez que se lo pido.

Johannes miró a Klara, que le hizo un gesto afirmativo.

La puerta se cerró y volvieron al coche.

Una docena de nubes con forma de lentejas habían emergido de detrás de las montañas.

Las dos cancelas estaban abiertas y los perros empezaron a ladrar armando un estruendo ensordecedor mientras el coche las atravesaba.

—Vamos al Ayuntamiento. Según esto —Klara había abierto la carpeta donde llevaba toda la documentación que había recabado sobre Hans y sobre La Umbría— no tiene pérdida. Está en la calle principal.

El pueblo exhibía una decoración navideña ostensiblemente antigua y sus calles estaban prácticamente vacías.

Casi todas las casas expulsaban una humareda blanquecina y densa a través de la chimenea, por lo que el ambiente estaba acaparado por un denso perfume a madera quemada y a vegetación boscosa.

Hubo que mostrar cierta contundencia para conseguir ver a la alcaldesa, que estuvo «reunida» hasta que Klara y Johannes hicieron uso de sus credenciales diplomáticas, que pusieron fin a la reunión casi de inmediato.

La alcaldesa era relativamente joven y parecía tener la cabeza ocupada en muchas cosas, así que Klara fue al grano.

Esbozó, sin dar demasiados detalles, un relato del asunto que los había llevado allí y solicitó ver el expediente de Hans para consultar los certificados de vida y la denuncia por posible delito de abandono que interpuso Juan Carlos, el vecino piloto de avión, hacía más una década.

La alcaldesa, sin apenas objetar nada y rememorando lejanamente a Hans con un «La verdad es que hace muchísimo que no veo a ese hombre», los hizo pasar a una sala aséptica donde únicamente había una mesa ovalada con seis sillas, una librería con revistas publicadas por el área de cultura del Ayuntamiento y una fotografía de los reyes de España colgada en la pared opuesta a la puerta.

Unos diez minutos después, el funcionario del registro apareció con dos carpetas de cartón, una marrón y otra blanca.

—Estos son los certificados —dijo dándole a Johannes la marrón—. Y esto me la han dado ahí, en la Policía Local. Es la denuncia.

Klara le dio las gracias y leyó el informe de la denuncia.

Era muy escueto y simplemente reflejaba que el denunciante afirmaba que el padre se encontraba en situación de abandono, «atado, desnudo, sucio y visiblemente mal alimentado».

El parte de intervención señalaba que dos agentes habían acudido a la vivienda e identificado a Hans, quien mostraba «un aspecto normal».

Klara cerró la carpeta blanca y abrió la marrón.

Extendió los certificados de vida sobre la mesa creando una línea temporal que iba desde 1992 hasta 2001.

El primer detalle se reveló a simple vista.

—La foto —señaló Klara.

—Es la misma en todos los certificados —dijo Johannes.

Klara cogió el más antiguo, se lo puso a la altura de los ojos y miró la foto con detenimiento.

En ella aparecía Hans significativamente más joven, tendría unos cincuenta años, sonriendo con dientes limpios y ojos brillantes.

El retrato había sido recortado claramente de una imagen mayor, y en ella podían intuirse árboles al fondo, posiblemente abetos.

Klara devolvió el informe a aquella fila de nueve Hans idénticos, nueve Hans felices entre los abetos aún sin nieve.

También constató que todos los documentos estaban firmados por el mismo médico: James Arteaga. Anotó el nombre en su cuaderno.

—Fíjate en las firmas —dijo Johannes.

—¿Qué les pasa?

—Mira la primera y mira la última. Son diferentes.

—Bueno —dijo Klara—. Es normal. Son nueve años de diferencia en la vida de una persona anciana.

—Sí, sí. Eso es obvio. Pero mira.

Johannes separó los certificados en dos bloques. Los tres primeros en un lado, los seis restantes en el otro. Klara alternó la vista entre un bloque y el otro y se giró rápidamente hacia Johannes.

—Ya veo por dónde vas —dijo.

—¿Lo ves? No tienen nada que ver. Estas… con estas.

—Pero nada de nada. Las tres más antiguas parecen estar hechas…

—Por otra persona.

El funcionario que había llevado las carpetas contemplaba la conversación en sueco con gesto interrogante, quizá hasta con una sonrisilla curiosa. Finalmente, Klara levantó la vista de los documentos y se giró hacia él:

—¿Quién se encarga de visar los certificados de vida?

—Yo mismo, señora. Soy el secretario del Ayuntamiento.

—¿Por qué este hombre presenta una foto tan antigua? ¿No le ha pedido que la actualice? ¿Qué aspecto tenía el martes?

—¿El martes?

—Esta fe de vida —dijo Klara señalando un documento— es de la semana pasada. Tuvo que venir a presentarla. ¿Qué aspecto tenía?

—Bueno, verá. —Klara y Johannes levantaron las cejas al escuchar este inicio—.

Es que el papel lo trajo Jimmy, el médico.

Por lo visto, el hombre está muy impedido.

Jimmy es una persona de confianza, colabora con la Cruz Roja y nos ayuda siempre en temas de salud municipal.

Así que es él quien nos trae normalmente los certificados de los ancianos.

Además, él habla idiomas y aquí hay una barbaridad de extranjeros, muchos de ellos perdidos en casas de montaña. Jimmy se encarga de estos temas.

—Entiendo —dijo Klara.

Sin mediar palabra, se levantó y volvió a la oficina de la alcaldesa. Abrió la puerta, que estaba cerrada, y sin importarle que la alcaldesa estuviese hablando por teléfono, le espetó:

—¿Sabe usted que aquí se están cometiendo irregularidades graves?

La alcaldesa dijo tímidamente «Cariño, ahora te llamo» y colgó.

Después, en un tono exageradamente amistoso y conciliador, intentó ilustrar con una enrevesada retórica de político corto de miras una idea básica que repetía hasta la saciedad: que aquello era un pueblo.

Por lo visto, esa premisa justificaba que las cosas de hicieran de cualquier manera.

—Ya, pero es algo irregular.

—Sí, sí. Si yo la entiendo, pero le vuelvo a repetir que esto es un pueblo, y que quizá usted esté acostumbrada a que en Madrid todo se haga con mucho rigor. Aquí hay ciertos asuntos que, en fin, son… más flexibles.

Klara no podía más con aquello. Así que concluyó:

—Comprendo perfectamente lo que me está intentando explicar.

Y no es que yo esté acostumbrada a algo.

Es que hay que hacer las cosas según la ley.

Porque, ¿sabe lo que no es flexible? La pensión que mi gobierno paga religiosamente cada mes a una persona que usted, por ley, debe comprobar visualmente que está viva. Y no lo ha hecho.

Klara y Johannes salieron de allí dejando a la alcaldesa y a su secretario con rostros lastimosos, como cachorros a los que se riñe por primera vez.

La última frase, justo antes de dejar sobre la mesa la tarjeta con su número de móvil y salir por la puerta del despacho, había sido de una rotundidad feroz: «Ya pueden ir poniendo de su parte, porque si no veo a Hans en un plazo de cuatro días, daré parte a la Guardia Civil. Buenas tardes».

Y le dijo lo mismo a Katja. Exactamente lo mismo.

La encontraron caminando por la parte alta del pueblo, medio envuelta en brumas que bajaban de la montaña mientras Johannes y ella iban camino de su casa.

Johannes detuvo el coche en el arcén y Klara abrió la puerta sin llegar a salir del todo.

Pese al frío, Katja llevaba minifalda y unos tacones rosa fluorescente.

Sostenía una correa con perro enorme, una bestia descomunal a la que tenía que decir constantemente «César, tranquilo» para que no se abalanzase sobre Klara.

En la otra mano llevaba dos bolsas de supermercado en las que se intuían latas de cerveza.

No parecía venir del veterinario. Dijo que salía todos los días a las cuatro de la tarde a despejarse un rato, pero Klara apenas la dejó hablar mucho más.

Solamente le explicó lo mismo que a la alcaldesa después de darle también su tarjeta.

—Ya sabes. Tenéis cuatro días. Si no he visto a Hans el jueves, me voy a la Guardia Civil. Llamadme a ese número.

Cuando Katja fue a decir algo, Klara ya había cerrado la puerta del coche.

Esa noche, tomando una copa en el bar del Hotel Meliá Ganivet, Johannes, algo achispado, dijo:

—Es curioso. Hace un par de años, en las semanas previas a venir a trabajar a España, todo el mundo en Suecia me advertía sobre España y los españoles.

—Dio un trago y apoyó el vaso lentamente sobre el posavasos—.

Que eran conocidos por su picaresca, por su habilidad para engañar.

«Ten cuidado, a los nórdicos siempre nos quieren timar», y cosas así.

Klara sonrió.

—A mí me pasó algo parecido, sí —dijo.

—Y fíjate. En el par de años que llevo aquí, la primera vez que estoy cerca de lo que tiene toda la pinta de ser un timo, las autoras son suecas. ¿No es irónico?

—Brindo por ello —dijo Klara levantando la copa.

—Por los estereotipos —dijo Johannes alzando la suya.