21
Klara Pålson era una mujer rubia, bajita, sarcástica y seria. Una mujer de carácter que había conocido de primera mano las dificultades de hacerse respetar en un mundo tan politizado y masculinizado como el diplomático. Una mujer que nunca levantaba la voz, pero que tampoco la bajaba. Un hueso.
Y Klara Pålson estaba empezando a enfadarse.
Cuando recibió el informe de Ingrid, lo primero que hizo fue llamar al número de teléfono que figuraba en la ficha de Hans, un número fijo de Granada de no dio señal.
Después consultó la ficha de Elina, pero el número que figuraba era el mismo.
La ficha de Katja tenía un teléfono de contacto diferente, un número móvil.
Llamó. Una voz de mujer contestó, y Klara Pålson explicó quién era y qué quería.
Acto seguido la mujer, que reconoció ser Katja, dijo que en efecto ella pasaba temporadas en casa de Elina, pero que en esas temporadas apenas había visto a su padre.
Que Hans solía estar fuera, que «se va a otras casas», como si irse a otras casas fuera un estado natural del ser humano, como si aquel anciano casi impedido fuera una especie de nómada ancestral.
Cuando Klara Pålson quiso seguir preguntando, Katja colgó.
El teléfono no volvió a dar tono, y ella solicitó acceso a la ficha íntegra de Hans.
Allí comprobó sus certificados de vida y sus pagos de pensiones. Siguió enfadándose.
Lo siguiente que hizo fue solicitar a Marbella una copia por fax del pasaporte sin firmar de Hans, ya que alguien de su equipo lo envió allí después de que Ingrid lo hubiera devuelto.
La tarde en la que el fax llegó, Klara estaba en su despacho, sola y a punto de echarse a llorar por algo que era insultante y abrumadoramente sencillo: ella, tan fuerte, tan independiente, tan orgullosa de sí misma, se había enamorado de alguien que no la correspondía.
«Solo ha sido un poco de sexo», le había dicho él ese día, durante el almuerzo que hicieron en un pequeño bistró junto al Manzanares, cuya agua mostraba un aspecto limpio y granizado.
«Tú lo sabías, Klara». Y lo más triste había sido que él llevaba razón, que ella lo sabía, y aun así había sucumbido a aquello que se había prohibido a sí misma sucumbir después de su horrible primer matrimonio.
«Idiota», pensó Klara mientras, en su despacho ya oscurecido por la luz del invierno, se secaba las primeras lágrimas, que son siempre las más difíciles de admitir, las que intentamos retener a toda costa.
Obligándose a serenarse, apretó el botón «OK» del fax, que parpadeaba en verde anunciando una recepción.
Cuando salió el papel, Klara lo cortó, lo llevó debajo de la luz del flexo de su mesa y miró con detenimiento la foto de Hans.
Cinco, diez, quince, veinte segundos. Esa misma noche, mientras Madrid recibía una nevada silenciosa y deshilachada, Klara, sin dejar de sentirse idiota, hizo la maleta.
Después se tomó un somnífero sin cenar, utilizando para tragárselo un vaso de vino tinto.
Pasó el día siguiente arreglando papeles, dejando asuntos zanjados y decidiendo que alejarse unos días de Madrid era lo más razonable para sentirse algo menos idiota.
Vergüenza: le daba vergüenza haberse abierto tanto, haberse expuesto.
Y se dijo: «Toma nota». Habló con Johannes, una especie de chico para todo que trabajaba en el consulado, y reservó dos billetes de avión.
A las siete de la mañana siguiente tomaron el vuelo.
Antes de despegar, Johannes le hizo notar que él apenas cabía en los asientos de Iberia y que, por contra, a ella le sobraban varios metros cúbicos de espacio.
A Klara le hizo gracia el comentario y se echó a reír por primera vez en varios días.
Al llegar, recogieron un coche diplomático en el aeropuerto de Granada.
Sin pasar por el hotel, fueron a casa de Ingrid.
La cónsul los invitó a un té negro cuyos cuerpos fríos agradecieron.
También abrió una caja de galletas de mantequilla.
Johannes fue el único que comió. En los veinte minutos que estuvieron en casa de Ingrid apenas hablaron de nada que no fuesen trivialidades concatenadas: ola de frío, asuntos generales de trabajo, tópicos sobre la vida en Madrid…
, cosas así. Agotada la conversación, Klara le dijo a Johannes un seco «Debemos irnos» y cuando ya bajaban las escaleras camino de la calle, le preguntó a Ingrid:
—¿Algo que debamos saber antes de ir a verlas?
Ingrid pensó mientras contemplaba cómo se disolvía el vaho que había expulsado la boca de la cónsul general.
—Que son impredecibles —contestó—. Completamente impredecibles.
Klara bajó un par de escalones más y se giró hacia Ingrid.
—Ingrid —su tono era serio, pausado—. Esta visita no es oficial.
Nadie de arriba está informado de que estamos aquí, y por el momento quiero que sea así.
Simplemente he venido para tantear un poco el caso, porque cuando contasteis todo aquello en Estocolmo me dio la sensación de que te había impactado bastante, y es algo que he corroborado leyendo tus dos informes.
—Ingrid guardaba silencio con los brazos cruzados—.
He tenido acceso al expediente de Hans. Lleva casi veinte años en España, y desde hace nueve, según estipula la ley de pensiones de Suecia, entrega puntualmente un certificado de vida firmado por él y por un médico.
En teoría, todo está en regla. Uno de los motivos que me ha hecho venir es la fecha en la que entregó la última fe de vida.
—¿Cuándo la entregó? —preguntó Ingrid tímidamente.
—El martes pasado.
La carretera a La Umbría estaba completamente helada y a Johannes, que conducía, le produjo un extraño sentimiento de nostalgia porque le recordaba a la zona pantanosa del sur de Suecia en la que había crecido.
—Es bonito —dijo Klara mientras rodeaban el lago Mamut.
Y eso fue lo único que dijeron en todo el trayecto.
Unos quince minutos después, tras dar un par de vueltas de más, ligeramente extraviados, consiguieron llegar a la finca de las suecas.
Ambos bajaron del coche y notaron de inmediato cómo el aire frío transportaba el olor dulzón de los pinos.
Miraron a través de la primera reja y Klara hizo notar a Johannes la doble cancela de la que había hablado Gabriel en la cena, aquel sistema donde se habían quedado atrapados sus amigos de la caravana.
—Esto es deprimente —dijo Johannes contemplando el interior de la finca, un campo árido y repleto de basura de todo tipo.
En el centro del espacio visible, que era un barrizal a causa de la nieve derretida, junto al chasis de un tractor desguazado, había tres gatos muertos que mostraban dentelladas por todo el cuerpo.
—Mucho —dijo Klara Pålson.
Llamaron y nadie contestó, pero se abrió una ventana en la casa.
Tras ella se intuyó la presencia de un bulto oscuro y, apenas un minuto después, se abrió la primera cancela.
Klara y Johannes subieron al coche, y tras llegar al espacio intermedio, se abrió la segunda.
Una vez en la finca, cuando se disponían a bajar del coche, salieron.
Eran unos diez. Olían el aire, el suelo, el coche, los cadáveres de los tres gatos.
—Joder… ¿eso son…?
—Muchos perros, sí.
—Mierda, son enormes. ¿Qué hacen?
—Creo que intimidarnos.
—Mira qué cabezas. Joder, mira ese. Ese se está comiendo un puto gato.
—Tranquilo, creo que quieren enseñárnoslos. Es lo que hacen con todo el que viene. Toca el claxon. Otra vez. Dale, dale un poco más. Mira, ya los meten.
Los perros volvieron por donde habían venido y, en cuestión de medio minuto, habían desaparecido.
—Te veo muy tranquila.
—Es su numerito. Veníamos avisados. Vamos.
Klara llamó a la puerta de la casa con los nudillos.
Cuando se abrió, un olor vegetal y mohoso invadió la entrada.
Ahí estaban. Una delante, la otra detrás.
Casi a oscuras. Klara no dio muchos rodeos.
Desplegando una fotocopia en la que aparecía la página del pasaporte de Hans que contenía la foto y sus datos, explicó que era la Cónsul General de Suecia, su país de nacimiento, y que ya había hablado con Katja —esta asintió— por teléfono hacía un par de días y que necesitaba saber el paradero de Hans Mattsen porque, como ya sabían, había un pasaporte retenido sin firmar, ya que la cónsul de la zona no había conseguido ver a Hans en sus múltiples encuentros organizados para ese fin.
Y que, a pesar de ello, Hans había firmado una fe de vida la semana anterior.
—Así que necesito verlo. Seguro que ustedes lo entienden.
—Como ya le dije el otro día, Hans se ha ido. Se marcha constantemente y no sabemos adónde va. Está mal. Fatal. Muy anciano. Perturbado. Él tiene amigos en otras casas y se marcha continuamente.
—Entonces… ¿La fe de vida no la firmó aquí?
—No. No sabemos dónde está. Se lo estoy diciendo.
Klara Pålson miró a Elina, que estaba tres pasos por detrás de Katja, medio a oscuras en el pasillo, como si habitase en un cuadro de Caravaggio. Los gruesos cristales de sus gafas emitían reflejos de animal agazapado.
—¿Y usted? Usted es su hija. Se supone que cuida de él, ¿no?
—Ella no habla mucho. Y tampoco lo sabe —contestó Katja.
—¿Le deja contestar a ella, por favor? —Klara se dirigió a Elina—. ¿Sabe usted dónde está su padre?
—No.
Klara se quedó seria, pensando.
—¿Nos permiten pasar? Quizá podamos hablar más tranquilos sentados.
—Verá, es que íbamos a salir. —Katja habló con dulzura, sonriente—. Vamos a llevar a una perra al veterinario. Tenemos cita. Y realmente creo que no podemos ayudarla, lo sentimos muchísimo. Hans no está. Si vuelve, le diremos que se ponga en contacto con el consulado, ¿de acuerdo?
En cuanto dijo eso, Katja empezó a cerrar la puerta, pero Johannes cortó de inmediato la trayectoria interponiendo el pie.
—Un momento, señora. ¿No ve que la cónsul general no ha terminado?