Una fábula sueca 20 #2
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20 #2

Entonces supo dos cosas: que aquel crisantemo de color malva que sostenía en su mano era idéntico al que, según Ingrid, llevaba el visitante silencioso, y que la bombilla de la lámpara que había junto al sillón individual iba a estar caliente.

La tocó.

Lo estaba.

Y sin apenas pensar en ello más de unos pocos segundos, Gabriel decidió no contar nada a nadie. Ni de lo uno, ni de lo otro. Simplemente metió la flor dentro de un kleenex, la estrujó haciendo una bola y la echó a la basura. «Mejor así», pensó. «Mejor así».

El tiempo siguió pasando en calma. Los niños y Gabriel empezaron el curso, Nora retomó sus actividades lúdico-geriátricas con su amiga Ana e Ingrid tuvo que invertir un buen puñado de horas extra en poner al día toda la documentación que el nuevo consulado de Marbella no había podido atender.

De forma escrupulosa, lo primero que hacía cada mañana al encender el ordenador, con una taza de café humeando entre las manos, era entrar al trámite de Hans y leer aquella irritante expresión: «pendiente de entrega».

Después notaba un tenue hormigueo en el costado que se disipaba al par de minutos; y es que Ingrid se había acostumbrado a las irradiaciones del pinchazo como quien, en los días oscuros de lluvia, siente un dolor recurrente en la rodilla que se rompió veinte años atrás: con una sorda resignación.

Y llegamos así a finales de noviembre, al momento en el que todo se precipitó, al momento que hizo que Ingrid constatara una de las reglas inquebrantables del mundo: que las historias, una vez contadas, pertenecen a cualquiera.

Fue gracias a la cena homenaje a los cuerpos consulares que se celebró en el Stockholms Slott a la que Ingrid y Gabriel acudieron vestidos de gala, completamente abrumados por el brillo dorado de todo cuanto les rodeaba.

El rey Carlos Gustavo dio un discurso de bienvenida en un salón majestuoso en el que alabó la labor del cuerpo consular, que definió como «un faro en la noche del mundo, un pedazo de hogar fuera del hogar».

Todos sonrieron con ternura. Su dicción era pulcra, pausada, augusta.

Después hubo un saludo protocolario en el que Ingrid, avanzando en la fila y acercándose a los reyes, sintió un cosquilleo en la parte baja de barriga cercano a la excitación sexual.

Cuando besó la mano del rey, este la miró sonriendo y le dijo: «Gracias por todo».

Las mesas —rectangulares, largas, decoradas de forma obscenamente ostentosa— habían sido distribuidas por países, como se haría en el comedor de una villa olímpica, y quiso el protocolo de la corona sueca que, en la mesa en cuyo centro se erguían la bandera sueca y la española, Ingrid y Gabriel cayeran sentados justo enfrente de Klara Pålson y de Therese Lindgren, que había sido invitada porque le iban a otorgar una placa a modo de homenaje de su ya extinta carrera diplomática.

Aunque Ingrid también colaboró apuntando, matizando y rectificando con precisión algunas de las exageraciones de su marido, fue Gabriel quien —con la cantidad de vino exacta para convertirse en un narrador juglaresco— se encargó de tener encandilada durante casi una hora a más de una veintena de personas.

Muchas de ellas, las que estaban sentadas en las zonas más alejadas de la mesa, se levantaban de vez en cuando para escuchar mejor ciertos fragmentos de la narración y le reclamaban continuamente que hablara más alto o que repitiera algún detalle, convirtiendo aquella cena de etiqueta en una especie de taberna inglesa de peregrinos medievales.

Todo había empezado cuando Gabriel, sin un mínimo atisbo de aplicar paños calientes, le preguntó a Klara Pålson por el pasaporte de Hans.

Pålson manifestó inmediatamente que no sabía de qué le estaba hablando.

Lili, la cónsul de Marbella, apuntó que el pasaporte le había llegado a su oficina un par de meses atrás, y que seguía en su despacho sin haber sido reclamado.

Parecía una persona con buena memoria. Therese Lindgren, que conocía a la perfección el lenguaje no verbal de Ingrid, que miraba todo aquello con aire de inquietud, preguntó:

—¿Qué ha pasado con ese pasaporte?

Así que Gabriel, tras mirar a su mujer, dar un trago al vino y ajustarse el nudo de la corbata, dijo:

—Pues veréis. Esto me llega a mí a través de unos albañiles, que me hablan de dos suecas que viven en su pueblo. Me dicen que son, atención, putas y brujas. Tal cual.

Solamente con la pronunciación de la palabra «putas», Gabriel ya obtuvo la atención de cinco o seis personas más.

Y el número de oyentes fue creciendo a medida que iba recreándose en la agresividad de los perros, en los disparos de escopeta a primera hora de la mañana, en los pagos odontológicos mediante favores sexuales, en los detalles de la visita a la casa de La Umbría —ya completamente convertida en un burdel clandestino y en un santuario de espíritus oscuros—, en la estupidez de Elina o en la aparición del visitante silencioso.

Así que para cuando llegó al momento culminante, que obviamente fue el episodio del Viernes Santo, los comensales de las mesas colindantes ya escuchaban la narración completamente absortos, girados sobre sus sillas a riesgo de despertar al día siguiente con una intensa tortícolis.

Algo que divertía mucho a la audiencia era el sueco de Gabriel, algo torpe y con una ostensible falta de vocabulario que suplía con giros realmente ingeniosos.

Cuando terminó el relato con la devolución del pasaporte al Consulado General, las caras de todos los oyentes mostraban mezclas de sentimientos imposibles de determinar, que iban desde la sorpresa divertida al espanto preocupado.

—Madre mía —dijo Therese Lindgren con gesto de curiosidad inquieta—. Y entonces… vosotros creéis que está… ¿muerto?

—Sin ninguna duda —sentenció Gabriel—. Y creo que está dentro del sofá de obra.

Se escuchó un murmullo.

—No sé, yo no creo que… —dijo Ingrid.

—¿Cómo que no, cielo? —la cortó Gabriel—. ¿Qué sentido tiene allí un sofá, hecho por ellas mismas, donde es imposible sentarse y que para colmo desprende una pestilencia insoportable?

—¿Y por qué iban a tenerlo tan cerca? —preguntó alguien—. Es decir, ¿por qué no arrojarlo al mar o enterrarlo en un bosque, como cualquier criminal que se precie?

—Yo sí que veo claro lo del sofá —dijo otro alguien—. Creo que, para que a uno no lo pillen, es mejor no hacer lo más evidente.

—Lo que está claro es que esto da para una película…, o mejor, para una novela. —Era Therese Lindgren quien hablaba de nuevo—. Pero, Klara, ¿cómo es que tú no has hecho nada?

Una sombra de rabia apareció en el rostro de Klara Pålson, pero ella misma se encargó de disiparla con su implacable respuesta:

—Esto lo tuvo que leer y contestar alguien de mi oficina, estoy segura. Porque es la primera noticia que tengo del caso.

Lindgren miró a su sucesora con lo que a Ingrid —que también conocía muy bien el lenguaje de no verbal de su amiga— le pareció un gesto de reproche, un gesto de «yo me hubiera encargado de eso personal e inminentemente», por lo que Klara Pålson, puesta en relativa evidencia delante de todo su cuerpo consular, continuó diciendo:

—Ingrid, ¿te importaría hacerme un nuevo informe cuando vuelvas a España, por favor? Me gustaría adjuntarlo al expediente, por si en algún momento hay que tomar alguna medida al respecto. Me da la sensación —concluyó— de que esto no ha acabado.

Pero si hay una verdad inmutable en el curso del mundo es que todo acaba.

Todo se ve arrastrado por el vendaval del tiempo.

La cena acabó y la visita a Estocolmo acabó.

También acabaron el otoño, el uso de las pesetas y el año 2001.

Y así, con tanto acabado y a su vez con tanto por acabar, una mañana gélida, casi nórdica, una mañana de 3 de enero que lidiaba como podía con la ola de frío estepario que atravesaba España, el timbre de Ingrid sonó.

Dos veces. Los niños dormían y Gabriel trabajaba en una escultura que quería incluir en una exposición que tenía programada para mayo.

Ingrid se puso un chaquetón relleno de plumas, se calzó y bajó a abrir.

El jardín estaba recubierto por una fina capa de nieve que había caído de madrugada y que luchaba por sobrevivir al sol que emergía con calma por el este, por encima de campos de olivos que intentaban sacudirse la escarcha.

Cuando Ingrid abrió la puerta, su mente, desubicada, tardó un par de segundos más de la cuenta en reconocer a Klara Pålson.

La acompañaba un tipo enorme, un oso rubio y denso que mediría casi el doble que ella.

Pålson miró de frente a Ingrid y lo único que dijo fue:

—Voy a hablar con ellas. Esto no me gusta.