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Y esto fue lo que ocurrió: Klara Pålson envió una respuesta breve y áspera que mostraba esa desgana protocolaria tan típica de la diplomacia nórdica.
Un correo escueto en el que autorizaba a enviar de vuelta el pasaporte a Madrid y decía tomar nota de la situación, algo que a Ingrid le recordó a cuando, en la escuela, un maestro hastiado le decía a un niño que acudía a él quejándose porque otro lo había tratado mal: «Sí, vale.
Ahora le regaño, tú ve a jugar con otros niños y no le hagas caso si vuelve a decirte algo».
Y a partir de entonces, el silencio más absoluto se apodera de esta historia hasta finales de noviembre, siete meses y medio más tarde de aquella extraña Semana Santa.
Mayo y junio trajeron por fin la calma que Ingrid tanto deseaba, la ansiada sensación de que en su vida no ocurría nada reseñable, nada fuera de lo común, nada digno de ser contado más allá de las tribulaciones de un ser humano de mediana edad en territorio occidental.
Continuaron las visitas de cónsules extranjeros con los que disfrutaba de la ciudad y de la compañía de personas con puntos de vista muy diferentes al suyo; continuaron las cenas en casa, las inquietudes por el vertiginoso desarrollo de sus hijos y, poco a poco, los días se fueron acumulando y sumiendo a Ingrid en un estado de calma, en una ataraxia mental que podía confundirse con ese mito inalcanzable al que llamamos felicidad.
Esta sensación únicamente se tambaleaba cada vez que sonaba el teléfono consular, un teléfono al que Ingrid siempre contestaba con un regusto de miedo en la boca, entrecerrando los ojos para amortiguar el golpe que le supondría escuchar la voz zalamera de Katja y respirando aliviada cada vez que no era ella quien estaba al otro lado del cable. Pero las suecas no volvieron a llamar.
A finales de junio, Ingrid recibió un correo electrónico de la embajada recordándole que se le debían tres semanas de vacaciones, y que según la legislación sueca debía disfrutarlas antes del mes de octubre.
Así que decidió unir las tres semanas adeudadas con el mes de agosto, que era de inactividad consular, lo cual hacía un total de siete semanas de completa libertad.
Con Gabriel y los niños también de vacaciones, la familia decidió marcharse a Suecia para cambiar de aires.
En lo relativo a las tareas consulares, estas pasarían durante ese período a una nueva sede instalada en Marbella, otra concesión de Klara Pålson a la comunidad nórdica pudiente asentada en la Costa del Sol, que a ojos de Ingrid parecía ser muy influyente en las decisiones de la nueva cónsul general.
Julio y agosto trajeron la paz más absoluta.
Ingrid disfrutó de unas vacaciones perezosas cuya esencia consistía en ir dilapidando días a manos llenas, sin cargo de conciencia alguno, y pasar las mañanas leyendo al sol, los mediodías tomando un par de vinos más de la cuenta y las tardes durmiendo una gran siesta intercalada con sexo ligero.
Por las noches, los cinco se reunían en el porche de la casa de Nora y devoraban platos suecos, recetas de una simpleza y efectividad acorde a sus principios culturales, todas ellas acompañadas de vinos tintos suaves que compraban en una bodega cercana.
Los fines de semana solían hacer excursiones, normalmente a parajes naturales o a pequeños pueblos.
Cuando se decantaban por la naturaleza, llevaban para hacer un pícnic que disfrutaban en alguno de esos prados suecos florecidos y solitarios, mientras que las visitas a los pueblos servían para acercar a los niños a las raíces de la cultura sueca y a Gabriel para hacer innumerables fotografías de aspiraciones costumbristas.
Durante ese verano, normalmente una vez por semana, Ingrid acudía a una oficina diplomática situada en el sector de Östermalm, un edificio antiguo rehabilitado y pintado de un discreto color crema ubicado junto al puente de Djurgårdsbron, donde solicitaba un despacho de visitante para conectarse a Internet desde una red segura.
Allí revisaba la marcha de los trámites consulares y se desesperaba por la lentitud de la oficina de Marbella, algo que vaticinaba un mes de septiembre a rebosar de papeleo acumulado.
Después leía y contestaba el correo electrónico y, finalmente, justo antes de apagar el ordenador, siempre entraba de nuevo en la plataforma diplomática, pero en este caso haciendo los clics de ratón lentos y lo más silenciosos posibles, como si se pudiera navegar por Internet de puntillas.
Allí comprobaba el trámite relativo al pasaporte de Hans. Y siempre aparecía el mismo mensaje:
Ciudadano: Hans Mattsen Sexo: Hombre Tipo de documento: Pasaporte Fecha de solicitud: 16/10/2000 Estado: Pendiente de entrega
Era curioso que el único momento en que el pinchazo volvía a manifestarse era cuando leía en la pantalla el nombre de Hans.
En ese instante, un escozor vibrante y suave, un calambre inesperado de anguila eléctrica surcaba su costado y la hacía estremecerse unos minutos y rascarse durante todo el trayecto en metro hasta la casa de Nora.
«A rascarse. Eso es lo que toca». Pero no daba tiempo a que la ansiedad aflorase.
Unos minutos después de bajar del tren, el escozor desaparecía por completo hasta la semana siguiente, hasta que volvía a leer aquel «Hans Mattsen» impreso en la pantalla del ordenador.
Algo también curioso era que todos los miembros de la familia cumplían años en verano; Ingrid y Adam, en julio y Nora, Gabriel y Camilla, en agosto.
Así que tuvieron unas vacaciones repletas de tartas en el jardín, de velas iluminando una cara sonriente con los mofletes inflados, de papel de regalo rasgado tirado en el césped, rodeando las sillas de madera.
Un verano de deseos entre soplidos. El 29 de agosto, en la celebración del cumpleaños de Camilla, que era el que clausuraba la retahíla de tartas y también las vacaciones familiares, Nora se echó a llorar.
Se había tomado un par de vasos de Skåne Akvavit y de repente se le saltaron las lágrimas.
Miró a los niños, después a Ingrid y a Gabriel y dijo:
—Gracias. Gracias por…
—¡Mamá! ¿¡Pero qué te pasa!?
—¡Abuela!
—Perdonad, perdonad. Es que… os estoy muy agradecida por… todo. Pero… —Nora hizo una pausa que los demás gestionaron con expectación—. Pero… no quiero ser una carga para vosotros, de verdad. No podría…
—Mamá, por favor, no empieces.
Y es que Nora había dejado caer varias veces durante el verano la idea de que se podría convertir en un lastre para la familia, y que ella nunca podría soportar eso.
De hecho, propuso quedarse en Estocolmo.
En su casa. Después de hablarlo, Ingrid y Gabriel le dijeron que la entendían, pero que preferían que volviese a España con ellos, al menos por una temporada, y que después verían, ya que, al revés de lo que Nora pensaba, se había convertido en un gran apoyo para ellos, pues ayudaba con los niños y con la casa.
Así que los cinco se montaron en el avión la tarde siguiente y aterrizaron en Málaga por la noche, exageradamente abrigados para el golpe implacable de calor y humedad que los recibió en la salida de la terminal del aeropuerto.
Compraron bocadillos en un quiosco de comida rápida y cogieron la lanzadera al aparcamiento de larga estancia.
Ya en el coche, camino de Granada, sonó el móvil de Ingrid. Era Michael, el vecino.
—Dime, Michael.
—…
—Pues precisamente estamos volviendo ahora mismo. Estamos en el coche. Sí, sí, acabamos de salir de Málaga. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
—…
—Pues no, no que yo sepa. Ya. Ya, ya. ¿Y no estaba antes, dices?
—…
—Sí, vale, es de ahora. Pues la verdad es que no…
—…
—Pues no tengo ni idea. Porque una amiga ha estado yendo a regar y a ponerle comida y agua al gato, pero ella va por las mañanas. No tiene por qué encender ninguna luz. Sí. Sí, sí, claro.
—…
—Bueno, de todas formas, ahora lo vemos. Estamos allí en un ratito. Sí. Sí, muchas gracias, Michael. Por cierto, te hemos traído un poco de salmón.
—…
—No, tranquilo. Yo me paso mañana por allí. Vale. Sí, vale. Lo hacemos así. Buenas noches. Gracias por avisar, Michael. Buenas noches.
Ingrid colgó.
—¿Qué pasa, cielo? —quiso saber Gabriel.
—Que dice Michael que ha pasado por delante de nuestra casa hace un rato y que había una luz encendida en el salón.
—¿Y eso?
—Pues no sé. Tiene pinta de que Naoko ha ido esta tarde a regar y se la ha dejado.
Pero cuando llegaron a casa, que mostraba ese olor extraño que exudan nuestras viviendas cuando pasamos tiempo fuera de ellas y que en realidad es nuestro olor, todas las luces estaban apagadas.
—¿Se le notaba bebido? ¿A Michael? —preguntó Nora—. Creo que últimamente bebe demasiado.
—No —contestó Ingrid—. Tenía la voz serena. Si estaba bebido, lo disimulaba muy bien.
Todos habían subido a soltar sus equipajes y a asearse, menos Gabriel, que se quedó abajo abriendo ventanas.
En un momento dado se paró en el centro del comedor, mirando a todas partes, pensando en la luz encendida.
Se acercó a la lámpara de pie que había junto a los sofás y tocó la bombilla.
Fría. Hizo lo mismo con las dos del techo, que también estaban heladas.
Tocó sin esperanzas las bombillas de todas las lamparitas bajas que había repartidas por el salón.
Todas tenían el tacto indiferente del cristal abandonado.
Solamente le faltaba por comprobar la lámpara de pie que había junto al sillón individual de la esquina, el sillón que desde aquel ya lejano Viernes Santo siempre contenía en su mente la figura fantasma de Elina sentada sobre él.
Y a medida que se aproximaba, lo vio. Estaba en el suelo, a los pies del sillón, medio tapado por las enaguas de la mesa camilla, algo espachurrado.
Avanzó hasta él, se agachó y lo recogió.
Lo miró y tardó cinco, seis segundos en atar cabos, aunque solo había un cabo posible que anudar.