Una fábula sueca 18 #6
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18 #6

Sin mediar palabra, Elina cogió su abrigo de la percha y empezó a ponérselo con lentitud.

El mutismo de todos los presentes era tal que podía escucharse el rozamiento de la tela mientras Elina se la enfundaba.

Cuando terminó, se dio media vuelta y salió en silencio.

Ingrid echó a andar tras ella. La lluvia había remitido y apenas caían unas minúsculas gotas punzantes.

Las dos mujeres bajaron las escaleras y atravesaron el jardín sin mediar palabra.

Alguien desde el interior, posiblemente Gabriel, encendió las luces exteriores desde la casa.

Ingrid abrió la puerta de la calle y dijo secamente:

—Fuera.

Elina salió con aire cabizbajo e Ingrid empujó la puerta para cerrarla, pero algo se lo impidió: Elina había metido el pie entre la puerta y el marco.

Ingrid intentó empujar de nuevo, pero Elina volcó su cuerpo sobre la puerta y consiguió asomar un hombro y la cabeza.

Su rostro volvía a mostrar ese gesto inédito que Ingrid había visto en la cocina, completamente desprovisto de su hasta entonces inherente velo de estupidez.

Sus ojos —enormes, verdes, estrábicos— se clavaron en los de la cónsul.

—Ingrid, es tu última oportunidad. Dame el pasaporte. Dámelo ahora y todo habrá terminado. —Ingrid no podía dar crédito a ese tono de voz lúcido y sereno—. Estás a un segundo de que todo esto termine… ¿De verdad no quieres que termine? —Hizo una breve pausa.

Silencio.

Siguió.

—De lo contrario… De lo contrario, Ingrid, esto no habrá hecho más que empezar. Te lo repito: es tu última oportunidad.

Descolocada ante aquella metamorfosis y con el costado de nuevo ardiendo, Ingrid tomó aire y contestó:

—Elina, no pienso daros el pasaporte hasta que venga Hans a firmarlo. Lo sabes. Lo sabéis de sobra.

—¿Es tu última palabra?

—Lo es.

—Muy bien. —La sonrisa de Elina se ensanchó, mostrando dos huecos negros en el lugar donde deberían estar los colmillos—. Pues entonces, ya sabes lo que toca.

Ingrid no replicó. Se limitó a mirarla con seriedad.

—A rascarse. A rascarse el costado. Eso es lo que toca.

Elina soltó el pie y se lanzó a la noche, que se la tragó como lo haría una gran fiera oscura. Su olor a ciénaga y a líquenes permaneció durante unos segundos en el aire. Ingrid subió la escalera y entró en el salón. Gabriel le dio un abrazo y Guadalupe fue quien rompió el hielo:

—Híjole —dijo sosteniendo un whisky con soda—, ¿qué chinga acaba de pasar aquí?

Ingrid sonrió y se encogió de hombros.

—Ahora vengo —fue todo cuanto dijo—. Dejad que me cambie. Estoy helada.

Subió y se desnudó en el baño de su habitación.

Se plantó frente al espejo y se miró el costado.

En el lugar del pinchazo tenía un minúsculo punto azul.

Se rascó. Mucho, muchísimo, y sus uñas dejaron caminos rojizos sobre su piel.

Después se desinfectó la herida del pulgar derecho con Betadine y gasas, se la vendó y se cambió de ropa.

Cuando bajó, el ambiente estaba mucho más relajado.

Le pusieron una copa de vino tinto y la sentaron frente a la chimenea.

El suelo estaba recién fregado y el rastro de sangre diluida había desaparecido.

Entre varios narradores le contaron que los niños habían vuelto para decir que Elina se acababa de montar en la furgoneta sin conductor y que el vehículo había desaparecido en dirección a la autovía.

Por su parte, Ingrid narró con todo detalle lo que le había ocurrido: el desmayo en la cocina, el incidente del coche y la mano, el mordisco y la repentina transformación de Elina en la despedida.

En todo momento tuvo mucho cuidado de no hacer mención al pinchazo en el costado porque en su mente operó una especie de proceso de negación: si no hablaba sobre ello, sería como si no hubiese ocurrido.

Pero la realidad es que estaba reprimiendo con ansiedad las ganas de rascarse mientras contaba todo aquello y sus invitados la miraban con inquietud.

La noche se extendió al abrigo de la chimenea, de los licores y de varias cafeteras humeantes que Nora traía de vez en cuando de la cocina.

Por supuesto, todas las conversaciones giraron en torno a lo que acababa de ocurrir y finalmente se extrajo una especie de teoría general: es posible que Hans estuviera gravemente incapacitado, retenido en alguna parte o directamente muerto, y ellas querían seguir cobrando su pensión, pero no podrían hacerlo a partir de mayo, cuando el pasaporte caducase.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Patricia en un momento dado.

—Por lo pronto —contestó Ingrid— escribirle a Klara Pålson, la cónsul general. Voy a contarle toda esta locura y le voy a pedir que me permita desvincularme del pasaporte. No quiero tenerlo.

—Haces bien —dijo Naoko—. Yo haría lo mismo.

—Y si tienen la poca vergüenza de aparecer de nuevo por aquí, las remito a la embajada. No quiero saber nada más de ellas.

—¿Te duele la mano, cariño?

—No, no mucho, me he puesto antiséptico.

—Esos putos perros. Hay que ser…

—Bruja.

—Sí, bruja. Y zorra.

—¿Y eso de que «va a venir alguien»? ¿Qué coño ha sido eso?

—¿Y cómo sabía que había un teléfono en la cocina? Fue ella quien echó a andar cuando tú le ofrecías el inalámbrico de la mesa.

—Joder, no había caído en eso.

Y así continuó la inagotable conversación hasta las cuatro de la madrugada, que fue cuando Esteban dijo que debían marcharse.

El resto de los invitados coincidió y Gabriel bajó al sótano a avisar a los niños.

Los mayores jugaban a la consola y los pequeños se habían quedado dormidos en posturas inverosímiles.

Cuando Gabriel consiguió movilizarlos, salieron al jardín como zombis abatidos.

Todos los adultos dieron sentidos abrazos a Ingrid y se despidieron del resto de la familia.

La noche era húmeda y las tormentas habían tintado el cielo de un malva satinado.

—Gracias a todos por venir. Que no me entere yo de que alguien dice por ahí que mis cenas son aburridas —dijo Ingrid mientras los invitados subían a sus coches y sonreían ante su comentario.

Cuando entró en casa tras despedirse, miró hacia el Rincón.

Sobre la mesa quedaba el único rastro tangible de Elina: una taza de té a medio beber.

El otro rastro, el inmaterial, solamente podía sentirlo ella, surcando su costado, irradiando desde el punto azul ramificaciones ácidas que se extendían hasta su cabeza y su pubis.

Vinbär se frotó contra su pierna y subió al sillón en el que se había sentado Elina.

Ya en la habitación, Gabriel intentó sacar conversación, pero Ingrid atajó de inmediato:

—Cariño, no me apetece hablar más del tema, ¿de acuerdo? —Gabriel, desnudo, poniéndose unos calzoncillos limpios, asintió—. Mañana daré parte a la embajada y ya está. No tiene sentido volver a obsesionarse con esto.

—Muy bien, cielo. Me parece la mejor actitud posible. Y me encanta que lo lleves así. —Caminó hacia la cama y besó a Ingrid en los labios—. No podemos entrar otra vez en su juego. No lo soportaríamos.

En ese momento, Ingrid evocó las palabras de Elina: «De lo contrario, Ingrid, esto no habrá hecho más que empezar».

Intentó desplazarlas de su mente con un pensamiento fugaz.

Después apagó la luz y, a pesar de todo lo ocurrido, se durmió de manera casi instantánea.

Por la ventana, impresa sobre un claro despejado, asomaba un pedazo de luna que iluminaba tibiamente un par de nubes con forma de cerebro, confiriéndoles una textura similar al óxido.

Esa noche, en casa, todos tuvieron sueños extraños, como si una energía intrusa hubiera parasitado sus pensamientos.

Nora soñó que se presentaba a un concurso de televisión cuyo premio final consistía en resucitar a un familiar del ganador.

Adam surcó los cielos a lomos de un dragón, que en un momento dado se giraba y le decía: «Voy a arrojarte al cráter de un volcán.

Allí morirás a causa de la lava, pero mientras, disfruta de esto», y acto seguido sacaba unos pechos enormes de mujer que hicieron a Adam eyacular violentamente en los calzoncillos.

Camilla soñó con un personaje de dibujos animados que le pedía vivir escondido en su armario porque había matado a otro personaje y la Policía de Ciudad Mayonesa lo perseguía para ajusticiarlo.

Gabriel soñó que Ingrid se enteraba de que tenía una amante joven, bellísima, una alumna irresistible de su escuela con la que irónicamente no conseguía tener una erección.

Por su parte, los sueños de Ingrid fueron turbios, difusos: iba caminando sola por una calle lluviosa en la que se escuchaban ecos de ladridos y de huesos quebrados, lejanos sonidos de muelles chirriando y maullidos de gatos nocturnos.

A medida que avanzaba, notaba unos crujidos bajo sus pies.

Cuando miraba al suelo, todo estaba lleno de alfileres azules que se movían como insectos intentando morder sus tobillos.

Ingrid pedía ayuda y una figura aparecía al fondo de la calle, una figura que no se acercaba a medida que Ingrid caminaba hacia ella, sino que se mantenía siempre a la misma distancia, e Ingrid corría y corría mientras los alfileres le aguijoneaban los tobillos y, finalmente, la figura, una mujer a la que no podía ver el rostro, decía algo.

Dos palabras que en su boca sonaron pesadas y turbias y que hicieron despertar convulsamente a Ingrid:

—Destino, destino.