Una fábula sueca 18 #5
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18 #5

Ingrid se acercó despacio, con pasos cortos como los de un niño que juega a no caer al vacío al pisar ciertas losetas del pavimento.

La ventanilla quedó completamente abierta y tras ella, Ingrid intuyó un bulto negro.

El interior del coche exudaba un olor a cueva, a humedal, a pelo mojado, a fermento agrio.

A casa pequeña. Ingrid entrecerró los ojos para aguzar la vista y, en ese momento, sufrió uno de esos sustos que restallan como latigazos en todo nuestro interior precisamente porque estamos alerta.

Cuatro, cinco perros ladraron al unísono, sacando las cabezas por la ventanilla; cabezas negras, brillantes, coronadas por ojos rabiosos y descolocados.

Ingrid sufrió un segundo de parálisis tras el cual dio un chillido y retrocedió un paso.

Su respiración se había agitado y notó cómo la zona del pinchazo volvía a irradiar oleadas ácidas que surcaban su torso en diagonal.

Pero antes de que pudiera reaccionar, una voz grave gritó una palabra en las entrañas oscuras del coche, una orden seca que los perros obedecieron, deteniendo aquel coro de rugidos roncos de manera instantánea y retrocediendo hacia la última fila de asientos traseros.

Ingrid vio cómo algunos saltaban hacia el maletero y se integraban de nuevo en la quietud tenebrosa.

Se echó la mano al costado, se rascó el pinchazo y decidió ignorar todo aquello y marcharse.

Volver a casa y gritarle a Elina, porque se sentía muy enfadada e impotente.

Pero en ese momento percibió movimiento en el asiento trasero, un movimiento diferente al de los perros.

Un enorme bulto empezó a moverse muy despacio, con la parsimonia de un ser ancestral que despierta de un letargo de siglos.

Los dos perros que aún eran visibles siguieron retrocediendo, asustados ante el despertar de aquella masa sin forma.

Ingrid se quedó paralizada contemplando con extrañeza lo que parecían ser varias mantas moviéndose de manera constante, deslizándose por el asiento como una corriente de arena arrastrada por el viento del desierto.

La lluvia había llegado a un nivel torrencial e Ingrid miró fugazmente hacia su casa, que le pareció tristemente lejana.

La luz cálida que emanaban las ventanas le hizo sentir frío y abandono. Se giró de nuevo hacia el vehículo.

—¿Hay alguien? —preguntó—. ¡Eh! ¿Hay alguien ahí?

Y justo cuando pensaba en llamar por sus nombres a Hans o a Katja, algo emergió lentamente del interior del bulto. Aguantando las ganas de rascarse el costado, Ingrid entornó los ojos y acercó la cabeza. Era una mano; la mano de un hombre anciano.

Avanzando lentamente, la mano se puso en posición cóncava, como si quisiera recoger un poco de agua de lluvia.

Como esperando que alguien le entregase algo.

Ingrid no podía ver el brazo que la sostenía porque estaba oculto bajo la capa de mantas.

No obstante, se acercó. Por algún motivo que no acertaba a comprender, sentía que tenía que acercarse.

Se notaba rara de nuevo. Sintió un hormigueo en el pinchazo y un pensamiento, una idea que no sabía de dónde brotaba, acaparó su mente: la mano era su destino, el lugar al que llegar.

Debía acercarse. Lo sentía así. Lo necesitaba.

Destino, destino. Así que buscó el pasaporte en su abrigo y lo sacó, porque aquella era la mano de Hans y su misión era entregarle el documento.

El pinchazo se había convertido en un fuego furioso que se propagaba por el bosque que ardía sin control en su interior.

La mano se alargó aún más, y los ojos de los perros, al fondo, la miraban con una ansiedad amarillenta.

—Toma, Hans. Tu pasaporte —dijo.

Alguien gritó a su espalda cuando estaba a punto de entregar el documento:

—¡Ingrid! ¡Ingrid!

Ingrid se giró. Era Gabriel.

—¡Vuelve, cariño! —gritaba él desde el porche—. ¡Ven!

En ese instante, al girarse, Ingrid notó que regresaba a la realidad, como si hubiera estado durante unos minutos en un lugar cercano pero distinto. Así lo pensó: «Cercano pero distinto». Estaba empapada y no sabía cuánto tiempo había pasado allí, junto al coche. Respondió a Gabriel:

—¡Sí, ya voy!

Y al volverse se dio cuenta de que el mundo se había actualizado y de que todo era diferente. Porque aquella no era la mano de un anciano, sino una mano de mujer, joven y blanquecina que llevaba el mismo anillo verde que el día anterior, una mano que agarró el pasaporte y tiró de él.

El hechizo se había roto.

—¡Tú eres Katja! —gritó—. ¡Eres Katja!

Así que Ingrid sujetó el pasaporte firmemente y tiró de­satando un forcejeo, pues la mano también luchaba por el documento con fuerza.

En apenas una fracción de segundo, los perros despertaron de su estado de indiferencia y se lanzaron hacia Ingrid, recuperando la rabia perdida y ladrando con todas sus fuerzas, segregando espumarajos y con los ojos encendidos, intentando morder su mano sin morder la de su dueña.

En un último intento, Ingrid agarró el pasaporte con las dos manos, apoyó la rodilla en la puerta y tiró con todas sus fuerzas.

Uno de los perros le mordió de refilón el pulgar derecho, pero finalmente Ingrid consiguió arrancar el pasaporte de la mano fantasma.

Las mantas se agitaron violentamente e Ingrid echó a correr para dejar atrás aquello que en su mente se convertiría en una imagen imborrable: perros y mantas moviéndose en una especie de ondulaciones propias de un mundo irreal.

Primero alcanzó la parte iluminada, donde el asfalto empapado brillaba a causa del reflejo de las farolas y después llegó a la casa.

Solamente miró atrás una vez más, mientras forcejeaba con su propia verja, que en ese momento le parecía una muralla inexpugnable.

Nada había cambiado en la furgoneta: la jauría seguía arremolinada junto a la ventanilla abierta, mirándola tras la cortina de agua en la medianoche de Viernes Santo; y, en el centro de esa masa de animales enfurecidos, una mano, una mano muda y joven que para Ingrid representaría desde aquel día la viva imagen del pánico.

Gabriel detuvo su forcejeo, la agarró y la llevó prácticamente en volandas dentro de la casa.

Y allí seguía Elina, sentada con Vinbär en brazos y con aquel gesto de satisfacción estúpida.

Todos miraban a Ingrid consternados, pues su rostro había tomado un cariz mortecino y pálido, de figura de porcelana abandonada en una habitación infantil cuya dueña ya estudia en la universidad.

Iba calada hasta los huesos, creando charcos de agua a su paso, agua rosada a causa de la sangre que le brotaba del pulgar izquierdo.

—¡Ingrid, estás herida! —exclamó alguien.

Pero Ingrid no escuchaba absolutamente nada de lo que todos le decían al mismo tiempo, ya que, extraviada por completo en un mar de odio ajeno a su forma de ser y con el pinchazo ardiéndole en el costado, se abalanzó sobre Elina, la agarró de una mano y tiró de ella con violencia.

Vinbär saltó y se marchó corriendo, y Elina chilló como chillaría una niña a la que le arrancan un juguete de la mano: con resentimiento explícito.

Pero Ingrid no le permitió empezar su retahíla de quejas porque le lanzó un grito que hizo callar a todas las personas al mismo tiempo:

—¡Fuera!

Y siguió:

—¡Fuera de mi casa!

Mientras, Elina ponía cara triste y sus ojos se humedecían.

—¡Que te vayas! ¡Que te vayas de una vez! ¡Tira! ¡Tira! —seguía gritando Ingrid.

Y como Elina era absolutamente capaz de moverse, Ingrid se puso detrás de ella y la empujó. Una, dos veces, sin darse cuenta de que le estaba llenando la blusa de sangre, imprimiéndole borrones rojizos con formas propias de la pintura abstracta.

—¡Que te muevas, joder! ¡Muévete! ¡Fuera! ¡Fuera!

Gabriel y Sebastián hicieron amago de intervenir, incluso mascullaron un tenue «Ingrid», pero cayeron fulminados ante la mirada cortante y agresiva de la cónsul.

Nora se echó la mano a la boca. Elina por fin caminó hacia la puerta y, cuando la alcanzó, se dio la vuelta para clavar sus enormes ojos fijamente sobre el pasaporte que la cónsul sostenía en su mano derecha.

Ingrid se dio cuenta y le lanzó una sonrisa irónica. Levantó el pasaporte.

—Mmmm, lo quieres, ¿verdad? —Elina no dijo nada—. Quieres esto, ¿a qué sí? ¿A que sí?

—Sí —dijo Elina finalmente en voz baja. Y añadió—: Dámelo. Dámelo, Ingrid. O si no, va a venir alguien.

Era la primera vez que Ingrid escuchaba su nombre en boca de Elina y también la primera vez que esta enunciaba una frase tan larga y bien construida. La miró fijamente, sonriendo con ironía.

—¿Me estás diciendo…? —Todos miraban la escena en silencio e Ingrid caminaba agresivamente hacia Elina mientras hablaba—.

¿Me estás diciendo, Elina, que, además de deslizarme una amenaza, pretendes que viole un protocolo diplomático porque vosotras no sois capaces de traerme a tu padre porque a saber —y repitió—, a s aber qué habéis hecho con él?

Los invitados miraron a Ingrid, que se había plantado a unos pocos centímetros de Elina.

Por primera vez, la sombra de que a Hans le había ocurrido algo y que ellas eran las causantes se había puesto de forma notoria y explícita sobre la mesa.

Elina se limitó a mantener su expresión ausente y a decir:

—Sí.

—Vete de mi casa. Ahora.