18 #4
Y Elina se limitaba a gimotear mirando al suelo, así que Ingrid dedujo que había sufrido un desvanecimiento y se había golpeado con la encimera.
Ingrid separó una silla de la mesa de la cocina y la puso junto a Elina.
Con mucho cuidado la sujetó por las axilas y la ayudó a incorporarse.
Elina colaboró, e Ingrid la sentó en la silla diciendo: «Venga, un poco más, así…
Siéntate ahí. Ya está. Ya está». Elina abrió las piernas e Ingrid pudo ver sus bragas, que eran de un rosa químico.
—Elina, ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien?
La sueca parecía mareada. Clavó los codos en sus muslos y echó la cabeza sobre las manos, gimiendo y respirando de manera entrecortada.
Ingrid escuchó algo que la hizo mirar hacia la pared.
El teléfono colgaba del cable rizado y, girando sobre sí mismo, golpeaba tibiamente los azulejos.
Ingrid se incorporó y lo cogió. Estaba caliente.
Antes de devolverlo a la base, no pudo reprimir el instinto de llevárselo a la oreja. Una voz masculina dijo:
—Oye, ¿sigues ahí? ¿Elina?
Ingrid no dijo nada, ni tampoco notó cómo su respiración se aceleraba, presa de la ansiedad.
—Te oigo respirar, Elina. Estás ahí. Escúchame. Escúchame muy bien. O lo haces ya, o te vas a enterar cuando llegues, ¿me oyes? Hazlo o te arrepentirás, Elina.
Silencio.
—Mmmmmm… —gimoteó Elina desde el suelo.
Ingrid salió del trance en el que había entrado al escuchar aquella voz seca y agresiva y colgó el teléfono.
—Elina, ¿qué pasa? ¿Estás bien? —le preguntó, agachándose.
—A… arriba… Arriba.
—¿Quieres levantarte?
—Sí… arriba.
—Vale, pues vamos arriba. Dame las manos. La otra, sí. Eso es. Ahora voy a tirar de ti, ¿vale? Haz un poco de fuerza, ayúdame. Venga, que te voy a llevar al salón. Eso es, así.
Ingrid consiguió poner a Elina de pie, pero esta se tambaleaba como una espiga de cereal azotada por un aire furioso.
—¿Puedes andar, Elina?
—Sí, sí.
Pero en cuanto dio los primeros pasos, volvió a perder pie.
Ingrid estaba alerta y la cogió antes de que se cayera de nuevo.
Le pasó un brazo por la espalda para ayudarla a andar, como se hace con los amigos borrachos y con los toreros corneados.
Y entonces, ocurrió. Lo que pinchó el costado de Ingrid fue rápido, seco, fugaz; algo instantáneo y rabioso, como la aguja de un torturador, como el aguijón de un escorpión acorralado.
—¡Ah! —gritó Ingrid, soltando a Elina y echándose la mano al costado que empezaba a rabiarle, a irradiar un calor que se extendía conquistando su cuerpo en todas las direcciones y profundidades.
No tenía duda de que Elina la había pinchado con algo; con una aguja, o quizá con un alambre, así que se giró hacia ella con una inflamación que le azotaba el pecho y le dijo:
—¿Qué me has hecho?
Elina había cambiado por completo. Su mirada de boba se diluyó por un instante para mostrar unos ojos furiosos, cebados de ira y rencor, unos ojos que agredían a Ingrid a través del verdor tornasolado que irradiaban sus enormes pupilas.
Su flagrante estupidez se había intercambiado por un rostro agudo, de extraña inteligencia y de ostensible maldad.
En los diez segundos que duró aquel intercambio de miradas, Elina sonrió entreabriendo la boca y soltó una especie de risotada sorda, una risa simple que Ingrid escuchó como si viniera desde muy lejos, desde una montaña oscura:
—Je.
Y se giró.
Y salió de la cocina.
Y, rascándose con desesperación aquel picor ácido en el costado, Ingrid salió tras ella.
Y solo podía pensar en segmentos de frases cortas y deslavazadas.
Y se detuvo en el pasillo porque se notaba rara.
Y se apoyó en la pared.
Y notó con su palma el tacto rugoso del gotelé.
Y cuando llegó al salón, Elina ya estaba sentada de nuevo en el sillón.
Y volvía a tener su cara de idiota extraviada.
Y Vinbär estaba sobre su regazo, ronroneando.
Y Jutta hablaba con ella.
Y ella gimoteaba, intentando explicar que se había caído.
Y destino, destino.
—Cariño. Cariño. Eh, Ingrid —Gabriel prácticamente le zarandeaba el brazo—. ¿Qué te ocurre, estás bien?
Ingrid salió del bloqueo y empezó a encontrarse mejor. De hecho, notó cómo aquella sensación cálida que se distribuía por su pecho se iba disolviendo completamente. Miró a su marido, que le hablaba con rostro de preocupación. Le contestó en voz baja.
—Gabriel, ¿qué está pasando? ¿Qué es todo esto?
—Yo creo que está drogada o algo. ¿A quién ha llamado?
—No lo sé. Todo ha sido muy raro en la cocina.
Ambos se acercaron a Elina, que estaba con Jutta en el Rincón.
El resto de los invitados, más bebidos y animados, habían puesto música y conversaban mientras miraban las escenas de Elina como quien asiste a un teatro de improvisación en un café cultural de alguna decadente ciudad centroeuropea.
En ese momento aparecieron de nuevo los niños, diciendo que el coche raro se había marchado y que había vuelto a los cinco minutos, que se había puesto en el mismo sitio y que no lo conducía nadie.
—¿Cómo no lo va a conducir nadie?
—No, papá —dijo Adam. Llevaba el pelo totalmente empapado—. No tiene conductor. Va solo.
En ese momento, Elina empezó a mascullar palabras inaudibles, igual que esas ancianas que rezan apretando los ojos, de rodillas sobre los bancos de las iglesias.
—El coche —dijo Jutta con el tono eufórico de quien resuelve un acertijo—. La furgoneta esa. Elina, ¿has venido tú en esa furgoneta?
Elina levantó la vista, miró a Jutta y asintió. Después miró a Ingrid.
—Padre —dijo—. Padre.
—Elina —continuó Jutta—. ¿Está tu padre en el coche?
—Sí —contestó sin dudarlo—. Destino, destino.
Fue Gabriel quien continuó con la argumentación.
—¿Acaso has venido con tu padre a recoger el pasaporte y te has confundido un poco, Elina?
Elina miró a Gabriel y sonrió. Vinbär seguía en su regazo, atento, inquisitivo, como si quisiera mostrar a través de su mirada toda la ferocidad que los ojos de Elina, perdidos, acuosos y destartalados no llegaban ni tan siquiera a insinuar.
—Sí, eso es. Padre. Pasaporte.
Gabriel e Ingrid se miraron.
—Joder —dijo Gabriel en voz baja, girando la cabeza—. Que rara es esta gente, coño.
Aunque se sentía mejor, Ingrid notaba que le pasaba algo, pero no sabía qué.
Algo. Y aquello que le ocurría, fuese lo que fuese, le insufló una especie de impulso instintivo que la hizo darse la vuelta, coger su bolso, sacar de dentro el pasaporte —seguía allí desde el día anterior— y no escuchar todo aquel razonamiento que Gabriel le estaba exponiendo y que tenía como premisa que, si había venido su padre, también habría venido Katja, porque siempre estáis juntas, y «Oye, Elina, nada de esto parece tener sentido», etcétera, algo que a Ingrid le dio completamente igual porque descolgó de la percha su chubasquero amarillo, se lo embutió y, espoleada por una energía que brotaba directamente desde su pecho, dijo:
—Ahora vuelvo. Voy a entregar el pasaporte. Hans está en el coche.
Los pocos invitados que la escucharon la miraron con incredulidad.
Gabriel intentó disuadirla y Elina la contempló con satisfacción desde el sillón mientras acariciaba al gato.
Todos le intentaban argumentar, pero Ingrid no escuchaba.
Apenas dijo nada más. Un relámpago rajó el cielo y, mientras abría la puerta, se escuchó el estruendo quebrado de un trueno.
—No tardo nada— concluyó lanzándose a la calle, donde fue engullida por un manto de agua oscura.
La furgoneta estaba situada bajo la farola que según los niños había explotado, por lo que únicamente podía intuirse una masa negra y cuadrada de aspecto fúnebre.
Ingrid se sentía renovada, estimulada por un nuevo valor que la hizo caminar deprisa bajo la lluvia, maldiciendo en sueco palabras de corta vida que se perdían en la humedad vaporosa del aire mientras se aproximaba a la furgoneta, que le devolvía la mirada desde la penumbra silenciosa.
Cuando llegó, corroboró lo que decían los niños: no había conductor.
Haciendo visera con la mano izquierda, escrutó la zona delantera a través del cristal del copiloto.
Sobre el asiento había un mapa de carreteras abierto y las alfombrillas estaban cubiertas de latas de cerveza aparentemente vacías.
El cenicero sobresalía del salpicadero y en él no cabía ni una colilla más.
Todo lo que Ingrid podía escuchar era el repiqueteo metálico de la lluvia acribillando el techo y el capó de la furgoneta, que se mezcló con otro sonido repentino que provenía de la parte trasera.
Cuando miró, una de las ventanillas empezó a bajarse.