18 #3
—Ese inglés… —murmuró Ingrid levantándose—, siempre a tiempo para una copa. Es Michael —les dijo a los demás—, el vecino de la casa de arriba. Voy a ponerle un whisky porque vendrá con sed. Tenía una cena en Granada y no habrá podido beber por el coche. Vuelvo enseguida.
—¿Te ayudo?
—Sí, eso. Te ayudamos.
—No, no. Tranquilas. Sentaos. Voy a traer una bandeja con las botellas y nos servimos aquí. Sentaos, de verdad. Viktor y Elise lo han dejado todo preparado.
Ingrid echó a andar hacia la cocina con su copa de vino en la mano. Cuando caminaba por el pasillo, sonó el timbre de abajo.
—¡Abrid! —gritó—. ¡Es Michael! —y susurró para sí—: A ese inglés le gusta más un whisky… Bueno, es viudo, tiene que animarse.
En la cocina, Ingrid operaba con calma. Se notaba un poco borracha, animada, quizá algo hambrienta porque siempre le pasaba lo mismo: estaba tan atenta a lo social, a hablar con unos y con otros, que apenas comía.
Dio un trago al vino, soltó la copa en la encimera y encendió la radio.
Una locutora anunciaba una promoción en cortacésped usados y animaba a visitar la exposición, donde prometía aún más ofertas; «ofertas sin fin», de hecho.
Tras la publicidad, empezó a sonar Son of a preacher man .
Ingrid subió el volumen y arrancó a bailar.
Primero contoneándose suavemente, con timidez, pero, a medida que la canción crecía, Ingrid crecía con ella, moviendo la cabeza y los brazos, deslizándose por la cocina guiada por la cadencia afrutada de la voz de Dusty Springfield y abstrayéndose del mundo, aquel lugar agrio acosado por mil tormentas verdosas.
Puso las botellas y una cubitera a rebosar de hielo sobre la bandeja y antes de salir picó unas aceitunas.
Iba escupiendo los huesos en su mano y contemplando —fijaciones de borracha— los microscópicos trocitos de carne que se quedaban adheridos al hueso, irregulares, distintos, como si formasen un idioma que algún tipo de médium caribeña o africana o tibetana o mongol o apalache o araucana pudiera descifrar si ella fuese a mostrárselos, e Ingrid imaginó que la médium la miraba con su piel cuarteada por el viento de los desiertos o por los temporales marinos y, con la cara pintada, con el pelo trufado de rastrojos tintados de colores, le decía con una voz de caverna: «Nunca sigas la estela de un sol del pasado porque solo encontrarás la oscuridad del ayer.
Ahora vete». Después miró su rostro reflejado en la vitrina de los vasos y pensó que estaba guapa.
Echó los huesos a la basura y cogió la bandeja con las botellas, pero volvió a dejarla en la encimera para apagar la radio.
Al hacerlo, notó que las voces del salón se habían extinguido y que los comensales estaban prácticamente en silencio.
En ese momento, un escalofrío le recorrió la columna vertebral como una escolopendra asustada, pero no supo reconocer la advertencia estremecedora de los malos augurios.
Así que cogió la bandeja y recorrió de vuelta el pasillo, feliz y sonriente por ser la portadora de las bebidas, la matriarca suministradora.
Pero cuando puso el primer pie dentro del salón pudo corroborar la materialización del silencio que había intuido en la cocina, ya que todos los invitados, la mayoría de pie, miraban a un mismo punto cercano a la entrada, un punto que no era Michael, sino una bola mojada que se asemejaba a las marañas de algas de los pantanos salvajes.
Aún junto a la puerta, completamente inmóvil, Elina les devolvía las miradas con su pelo empapado y su aspecto miserable, aspecto de lamia de los caminos, de trol de fábula sueca.
Sus ojos, ampliados por los gruesos cristales de sus gafas, mostraban ese velo de sombra que confiere la confusión extrema.
—¿Elina? —dijo Ingrid—. Elina, por Dios, estás empapada. ¿Qué…? ¿Qué haces aquí?
Todos miraban a Ingrid, que pudo reconocer tensión en los rostros de sus invitados.
Los platos y los vasos habían quedado abandonados exactamente igual que los del Mary Celeste, ese barco que se encontró a la deriva en mitad del océano con la mesa y las bebidas puestas, pero sin rastro alguno de los diez pasajeros que lo ocupaban.
A partir de ese momento se sucedieron escenas de confusión.
Por mucho que le preguntaban qué hacía allí, qué quería, qué necesitaba, Elina, con el pasmo inocente de los niños, mirando casi siempre al suelo, apenas daba respuestas coherentes.
«No sé», decía continuamente. También repetía palabras y frases deslavazadas como «noche», «allí» o «ella», «ellos también».
A veces, mientras daba tiritones y sus dientes castañeaban sin control, decía «destino, destino».
Siempre dos veces: «destino, destino». Nora apareció con una toalla y, junto a Ingrid y Naoko, la fueron secando como se seca a un perro que se recoge en la autopista en una noche lluviosa de noviembre.
Las tres mujeres percibieron que de su pelo y de su ropa emanaba un tumulto de olores inclasificables.
—Venga, cariño. Date la vuelta. Así. Por Dios, estás helada —decía Nora intentando secarle los hombros—. ¿Estás bien, Elina? ¿Eh? ¿Todo bien, cariño?
—No sé —dijo con una sonrisa vagando en sus labios—. Ellos. Todos. Destino, destino.
Después de secarla, la sentaron en un sillón y le prepararon una taza de té.
Seguía contestando con frases cortas y carentes de sentido mientras sus enormes pupilas vagaban sin posarse sobre nada, como una bolsa de plástico arrastrada por un temporal o como un colibrí desesperado por encontrar néctar.
Sebastián empezó a preguntar por las bebidas y, con la ayuda de Luis y Roberto, consiguió servir las primeras copas.
Gracias a ello, la mayoría de los comensales volvieron a la mesa y el ambiente se relajó de nuevo.
Junto a Elina solamente permanecieron Ingrid, Nora y Jutta, quien se agachó para ponerse a su altura y tomar la palabra.
—Elina. Elina, ¿sabes quién soy? Mírame.
Elina posó fugazmente los ojos sobre Jutta, pero lo único que dijo fue:
—Ella. Ella.
—Elina, mírame, soy Jutta. Nos hemos visto algunas veces en certámenes de perros… A ti te encantan los perros, ¿a que sí?
—Sí —contestó Elina con vaguedad.
—Pues yo soy la dueña de Káiser, ¿te acuerdas de Káiser? Katja siempre lo llamaba Colita porque no para de mover el rabo. Siempre está muy contento ¿Te acuerdas, Elina? ¿Te acuerdas de Colita?
Elina pensó entrecerrando los ojos y apretando la boca.
—Sí —contestó con una medio sonrisa—. Sí —añadió.
El resto de los invitados habían retomado las conversaciones, pero todos miraban continuamente de reojo hacia las cuatro mujeres.
—Elina… —continuó Jutta—. Elina… ¿Qué haces aquí?
Pero Elina recobró el gesto extraviado para contestar mirando al suelo:
—Destino, destino.
—Tú vives en La Umbría, ¿verdad? —Elina asintió. Jutta continuó—. ¿Cómo has llegado hasta aquí a estas horas?
—Alguien.
—¿Te ha traído alguien, Elina?
—Sí…
—¿Quién te ha traído? ¿Tu hermana?
No hubo respuesta.
—Elina, ¿te ha traído tu hermana hasta aquí?
—Ella, sí. Ella. Ellos. Destino, des…
Nora intervino.
—Elina, ¿qué es eso del destino?
Muy bajito, todavía mirando al suelo, Elina repitió su doble letanía:
—Destino… Des… tino…
—¿Qué es eso? —preguntó Jutta—. ¿Qué pasa con el destino?
Elina empezó a levantar la mirada del suelo.
Despacio, muy despacio. Tenía los ojos semiabiertos y el agua que le caía del flequillo le goteaba sobre las piernas, generosamente exhibidas gracias a la minifalda color ciruela que llevaba.
Cuando finalmente enderezó la cabeza, abrió los ojos del todo, y sus pupilas gigantes, verdes y amplificadas por las gafas se clavaron sobre Ingrid, dijo:
—Ella es el destino.
Ingrid volvió a sentir el escalofrío, la escolopendra. Nora también se estremeció. Jutta insistió:
—¿Ingrid? ¿Ingrid es el destino, Elina?
Elina no contestó, sino que apoyó las manos sobre los brazos del sillón y se levantó. Sin dejar de mirar a Ingrid, solamente dijo una palabra, la primera que demostraba cierto avance en sus obtusos procedimientos mentales.
—Teléfono.
Y después añadió:
—Llamar. Quiero llamar.
—¿Quieres llamar? ¿A quién quieres llamar? —preguntó Ingrid mirando hacia el teléfono inalámbrico que había sobre una mesilla, junto a la librería.
Pero Elina ignoró la pregunta y las miradas incrédulas de las mujeres y echó a andar en dirección opuesta, directa hacia la cocina.
Algunos de los comensales, de pie, interrumpieron sus conversaciones para ver qué hacía.
La sueca abandonó el salón a toda velocidad, aparentemente desprovista de su pastosa parsimonia, y se perdió pasillo adentro.
Ingrid, nerviosa, alerta, fue la única en ir tras ella.
Gabriel hizo ademán de levantarse, pero su mujer, caminando a toda prisa tras la sueca, le dijo: «Deja, yo me encargo».
Elina había dejado entornada la puerta de la cocina y, efectivamente, parecía estar hablando por teléfono.
Sus intervenciones se limitaban a unos suaves cuchicheos sibilantes articulados con su habitual voz de niña atrasada.
Girada para orientar el oído hacia el interior de la cocina, Ingrid acertó a escuchar palabras sueltas que transmitían la misma incoherencia que había exhibido en el sillón: «ellos», «todos», «tarde», «dos» y por supuesto, su cansina plegaria: «destino, destino».
Para escuchar mejor, Ingrid disminuyó su respiración, inhalando y exhalando muy despacio diminutas cantidades de aire con olor a leña quemada.
Y de repente, el golpe. Cualquier persona que tenga hijos reconoce de inmediato el impacto de una cabeza y una superficie sólida, ese choque seco y picudo que en una viñeta de cómic se expresaría en mayúsculas y entre exclamaciones, con un violento: «¡ clanc !
». Sin pensarlo, Ingrid abrió la puerta y encontró a Elina en el suelo, agazapada y gimiendo como un animal aterrado.
—¡Elina! ¡¿Pero qué te ha pasado?!