18 #2
Ernesto y Adam subieron la rampa de tierra que había al final de la calle y se agarraron a las ramas de un enorme árbol de especie indeterminada para encaramarse a un promontorio que se elevaba sobre la casa de Ingrid, que era la última antes del monte si uno miraba al oeste.
En el promontorio había unas cuantas rocas que podían usarse como asiento.
Adam y Ernesto habían jugado allí desde pequeños, aunque a Adam no le gustaba mucho ir desde un día que subió solo porque se había enfadado con Camilla y con sus padres, un par de años atrás.
Cuando llegó, vio que cerca del borde había una nevera de playa, una Colleman nueva, reluciente.
Se dijo que no debía abrirla, ya que sus dueños probablemente volvieran pronto a por ella.
Eso sí, en lugar de sentarse en las piedras, lo hizo sobre la nevera.
Pensó, se calmó y decidió volver a casa a disculparse con sus padres.
Cuando ya iba camino del árbol que hacía las veces de ascensor, se sorprendió a sí mismo volviendo hacia la nevera.
Giró el asa, los cierres se abrieron y levantó la tapa.
Primero fue el olor y, justo después, la imagen.
Eran cinco. Cinco gatitos recién nacidos.
Quietos, medio momificados, con el aire estropajoso de un peluche barato.
Se fijó especialmente en uno de ellos, uno que había muerto con el hocico entreabierto, como queriendo mamar.
Las paredes interiores de la nevera tenían tímidas marcas de arañazos.
Nunca se lo contó a nadie, pero pensó en ello cada día durante mucho tiempo.
Y cuando casi lo había olvidado, los gatitos volvieron con fuerza a su pensamiento el día anterior, pues la vaharada que le sobrevino cuando abrió la nevera era prácticamente idéntica a ese terrible olor del garaje de las suecas.
Y para colmo, Ernesto lo había llevado allí.
Sintió náuseas y le sobrevino un reflujo que sabía a pizza ácida.
—¿Quieres un cigarro? —preguntó Ernesto mientras sacaba un paquete de Marlboro. Acto seguido, encendió uno.
Aquello impresionó mucho a Adam, ya que los paquetes de tabaco eran algo exclusivamente de mayores y aquel Marlboro en manos de Ernesto se veía enorme, descontextualizado, dañino.
—¿Tú fumas?
—Sí, desde hace ya tiempo. ¿Lo has probado?
Adam negó con la cabeza.
—¿Quieres? Mola mucho —dijo tras echar el humo—. Hay que acostumbrarse, pero sabe muy rico.
—No… No, gracias.
Desde el promontorio podían ver el pueblo sumido en una penumbra tristona.
Encima de ellos, las nubes se habían abierto mostrando un mantel de estrellas de nombres homéricos.
Debajo, a unos quince metros, la calle en la que los pequeños jugaban permanecía completamente desierta de coches o transeúntes. Dormida.
—¿Y sabes? —dijo Ernesto tras expulsar una nueva vaharada de humo, mirando hacia el pueblo—. Ya he cogido.
—¿Qué?
—Eso. Cogido, follado. Que estoy cogiendo con la Bibi, la de segundo. ¿Sabes quién es?
Adam no sabía quién era «la Bibi», pero sí que sabía que no quería ver a su amigo fumar, y mucho menos hablar de lo que Ernesto estaba hablando.
—No, no lo sé.
—Sí, hombre, la de los rizos, la que va con Marta. A Marta sí la conoces, no mames, güey. Está contigo en inglés.
—Ah, sí, sí. Ya sé.
A pesar del escaso interés de Adam, Ernesto se puso a contar detalles de su iniciación sexual. Habló de flujo vaginal, de preservativos, de chupetones y de que:
—Es increíble cómo sabe. Comerse una conchita es lo mejor del mundo. Sabe… sabe… No sé, como a algo fresquito, no sé decirte. —Se quedó pensativo—. Sabe a concha, a bizcochito, güey.
Adam, incómodo, estaba a punto de proponer que bajasen a comprobar que los pequeños estuvieran bien cuando ocurrió.
Aunque fue rápido, ambos lo vieron y lo escucharon.
Un fogonazo anaranjado seguido de un sonido ronco y seco, como si un tercio español hubiera disparado un arcabuz en la emboscada a un campamento italiano.
—Ernes, ¿has visto eso?
—Sí, pinche. ¿Qué ha sido?
—La farola. Ha explotado. Mira, ya no alumbra.
Sin mediar más conversación, Ernesto apagó el cigarrillo en el suelo y echaron a correr.
Sin mediar más conversación, Ernesto apagó el cigarro en el suelo y echaron a correr.
Tras bajar por el tronco del árbol, se encontraron con los pequeños, que miraban hacia el fondo de la calle, al punto donde había tenido lugar la explosión.
Ruud llevaba la pelota en las manos y Susana iba subida a una bicicleta Orbea que le quedaba un poco grande.
El cielo se enrojeció un poco, sonó un trueno y, como si alguien hubiera abierto una llave de paso, la noche rompió a llover con una violencia feroz.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Ernesto al tiempo que señalaba al final de la calle. Todo aquel sector había quedado a oscuras y justo debajo de la farola muerta había aparcada una furgoneta negra.
—No sé —dijo Ruud—. La farola ha estallado y justo después ha llegado ese coche. Venía sin las luces puestas y… sin conductor.
—¡¿Sin conductor?! —preguntó Adam.
Pero no pudieron hablar mucho más porque la lluvia creció y creció hasta convertir el aire de la noche en una cortina de agua negra.
—¡Vamos dentro! —dijo Lupita. Su pelo empezaba a chorrear.
Todos echaron a correr hacia el garaje para volver al sótano.
—¡Ahora voy! —gritó Adam, quizás arengado por la inesperada exhibición de hombría de su amigo—. ¡Quiero echar un ojo a ese coche!
—¡Voy contigo! —dijo Ernesto.
El vehículo estaba bañado por la oscuridad lluviosa y de vez en cuando se movía lateralmente, revelando presencia en su interior.
Adam y Ernesto, empapados, miraron a través de los cristales frontales.
Aparentemente parecía vacío. Después se pusieron frente a los cristales laterales, primero los de conductor y copiloto —vacíos, nada, nadie— y, finalmente, frente a los traseros.
En el asiento de atrás había un enorme bulto carente por completo de forma.
—¿Qué es?
—No sé, parecen…
Y en el momento en el que Ernesto iba a decir lo que parecía, llegó el susto.
Sus estómagos se derramaron y sus respectivas reservas de adrenalina saturaron por completo sus cuerpos ante las cabezas negras que se abalanzaron sobre los cristales y los golpearon con violencia, con ansia, enseñando aquellas mandíbulas de bestia mitológica y aquellos ojos encendidos que prendían fuego a la triste oscuridad del vehículo.
Los niños se retiraron y echaron a correr hacia la casa.
Adam fue consciente de que había estado a punto de orinarse encima.
Alcanzaron la parte iluminada y entraron a al garaje.
El ambiente era cálido y reconfortante. No bajaron al sótano, sino que subieron las escaleras, atravesaron la cocina, a rebosar de platos apilados, latas de conservas abiertas y botellas vacías, y llegaron al salón.
El ambiente era caluroso a causa de la chimenea y los adultos hablaban a voces, reían, bebían.
Olía a comida, a alcohol, a perfumes solapados, a tabaco rubio.
Ingrid fue la primera en darse cuenta de la llegada de los niños.
—¡Pero, chicos! ¡Venís empapados! ¿Qué ha pasado?
Chorreando, nerviosos y jadeantes, Adam y Ernesto contaron de forma ansiosa y fragmentada que estaban despejándose en el descampado, en el de arriba, en cuál va a ser, y que había habido una explosión, sí, una explosión, chispas amarillas, cristales y ruido de repente, y que habían bajado y los otros niños les contaron que había llegado sin luces, pues qué va a ser, un coche, un coche no, una furgoneta, bueno pues una furgoneta, ya está, que se movía como si hubiera alguien dentro y llovía mucho y que no había nadie delante pero que detrás, que sí, que sí, sin luces ni conductor, y que detrás vieron algo raro pero que no les dio tiempo, porque perros, sí, sí, perros, yo qué sé, cinco, seis, ¿seis?
, puede ser, y que ladraban, negros, eran negros, pero todo era negro, eso también es verdad, y que corrieron y aquí estaban porque los perros habían golpeado los cristales y ladrado fuerte, tan fuerte que se escuchaba como si estuvieran fuera pero estaban dentro.
—Vale, vale, calmaos —dijo Gabriel—. Venga, id a secaros, que os vais a poner malos. Adam, subid a vuestro baño.
Adam y Ernesto subieron, dejando un rastro de gotitas tras de sí. Cuando desaparecieron, los adultos estallaron a hablar.
—¿Serán ellas?
—¿Te imaginas?
—No, hombre, ¿cómo van a ser ellas?
—Madre mía, me han dado escalofríos.
—Pues yo creo que sí son.
—Y a mí también me han dado. Mira. La piel de gallina.
—Mamá, por Dios.
—Viernes Santo, casi medianoche… Menudo momento tan…
—¿Tan qué?
—No sé… Mágico. Oscuro al mismo tiempo.
—Qué va, qué va. Calma, por Dios, que estáis desvariando. Mirad. El vecino de abajo, ese que tiene el cortijo en Monachil, ¿sabes quién te digo, Gabriel?
—El rubio.
—Exacto, el rubio. Pues ese tiene una furgoneta y varios perros.
Como seis o siete, un montón. A veces se los trae del cortijo para llevarlos al veterinario o a lo que sea, y casi siempre lo hace por la noche, porque están un poco asalvajados y de día se ponen nerviosos aquí en el pueblo, con la gente y eso.
Hubo algunos comentarios de alivio, que Ingrid remató con un:
—Y, además, esas dos no tienen coche. Me lo han dicho varias veces.
—El garaje, desde luego, estaba vacío.
—Cierto.
—Bueno, vacío de coches. Trastos y mierda había para parar un autobús.
Risas.
Pausa.
—¿Y cómo vienen? Al pasaporte y eso.
—Pues no sé. Lo mismo cogen el autobús.
—O las trae alguien.
—Sí, también puede ser.
—Bueno, ¿quién quiere una copa?
Tras un estallido de bastantes «¡yo!» prácticamente solapados, Ingrid arrancó una hoja de papel de un cuaderno pequeño y anotó las bebidas.
—Mirad, ahí viene otro coche —dijo Naoko señalando a la cristalera.
Todos se giraron con rapidez.