Una fábula sueca 18
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El Viernes Santo amaneció con una tormenta que mostraba las maneras furiosas del Antiguo Testamento.

El cielo se había teñido de un negro verdoso que se electrificaba a causa de los rayos que lo atravesaban dejando un rastro fugaz y mágico, una estela salvaje similar a la que dejan en nuestro recuerdo los sueños irrealizables.

La mañana era tan oscura que tuvieron que encender las luces de toda la casa, algo que provocó en Nora un regusto de nostalgia nórdica.

La familia pasó un día muy tranquilo. Los adultos leyeron la prensa, tomaron café con aire sereno y llevaron a cabo con calma los primeros preparativos para la cena.

De vez en cuando surgía entre ellos un comentario espontáneo sobre la visita a la casa de las suecas del día anterior, un latigazo fugaz que iniciaba una pequeña conversación del tipo:

—Mamá, ¿te fijaste en lo mal que olía el garaje?

—Ay sí, Ingrid, hija, calla. Era asqueroso. Casi me viene la comida de vuelta, por Dios. Y también…

Y así seguían hablando unos minutos hasta que parecían obligarse a cortar el tema porque este tendía a ponerse más y más escabroso, diciendo: «Bueno, ya está», y se ponían a hacer cualquier otra cosa.

Precisamente en esa conversación sobre el olor de la cochera, Camilla, que estaba junto a Nora e Ingrid en la cocina preparándose un cuenco con fruta, intervino con timidez:

—Pues el olor…

Y ahí paró.

—¿Qué, hija?

—Pues que… —Dio un mordisco a un plátano. Masticó, tragó y continuó—: ¿Os acordáis de cuando me acerqué al sofá?

—Sí, claro —dijo Nora sonriendo—. Katja no te echó los perros porque no los tenía a mano.

—¡Mamá! —dijo Ingrid también en tono burlón.

—Pues ese olor… —continuó la niña—. Esa peste que había en la cochera…

—¿Qué?

—Pues que venía del sofá. De dentro del sofá.

Nora e Ingrid se miraron.

—Yo creo que estaba por todas partes —dijo Nora.

—No, de verdad, abuela. Yo me acerqué y la peste ahí en el sofá era enorme. Me dieron ganas de vomitar a mí también. Era asqueroso.

—Bueno, ya está, hija —zanjó Ingrid—. Venga, tráeme la regadera que me he dejado en el salón, anda. Que estas dos plantas están muy secas. Ve.

A eso de las cuatro menos cuarto llegaron Viktor y Elise, que se pusieron a hacer sus tareas con diligencia y silencio, medio ocultos en la penumbra de la casa oscurecida a causa de las tormentas que se fueron solapando a lo largo de todo el día y que descargaban una lluvia fina y cansina, recta, desprovista de cualquier ápice de furia o prisa.

Una lluvia agotadora. Los invitados empezaron a llegar un poco más tarde, siendo Naoko y Esteban los primeros, ya que Naoko iba a cortarle el pelo a Gabriel antes de darse la sauna conjunta de rigor.

Obviamente preguntaron por la merienda en casa de las suecas, pero Ingrid, sudorosa y medio mareada, sentada en un banquito de la sauna, dijo que prefería hablarlo en la cena, con un par de copas de vino que la relajasen porque todo había sido «un esperpento».

Cuando salieron de la sauna llegaron las dos parejas con hijos: Jutta y Luis primero, y Guadalupe y Roberto una media hora después.

Los seis niños se saludaron, se agruparon y fueron a merendar algo en la cocina.

Después subieron a la habitación de Adam y Camilla a coger algunas cosas y finalmente se encerraron en el sótano.

Desde allí escuchaban caer la lluvia intensa que emitía ecos metálicos y establecieron un detallado plan de entretenimiento.

Primero jugarían a la PlayStation y después empezarían una partida de Dungeons sobre las ocho y media, con las tormentas dando una tregua y con los niños ya cenados y sumidos en sus mundos élficos, dio comienzo la cena.

Las primeras conversaciones fueron encaminadas a conocer a Patricia, la pareja de Sebastián, y a establecer ciertas posiciones ideológicas en torno a algunos temas de actualidad que Gabriel se encargó de ir sacando entre sonrisas irónicas.

Como siempre, Nora iba aplacando y calmando las distensiones con un talante conciliador que le era imposible reprimir y que chocaba de frente con el afán polemista de Gabriel.

Obviamente, el tema de las suecas, latente durante toda la cena, hizo su aparición.

Fue un poco antes del postre, con bastante vino en el cuerpo y un ambiente mucho más distendido.

—Es que fue todo taaaaaaaaan raro —dijo Ingrid tras terminar de relatar la visita—.

Y para colmo, mientras nos estamos despidiendo, me da toquecitos en el cristal, así, ¿sabéis?

, así, y me dice: «Ingrid, Ingrid, baja la ventanilla».

Y claro, yo la bajo, y ella me cuenta otro rollo del padre.

Se pone a decirme que hoy el tal Jimmy lo tendría calmado, así que se pasarían por aquí.

Así, a lo loco. Y, para colmo, va y me suelta: «Es que queremos dejaros tranquilos de una vez».

Tranquilos, dice. ¡Tendrá valor! ¡Después del rato que pasamos allí!

—¿Y han venido? —preguntó Sebastián, que no conocía nada de la historia de las suecas y estaba alucinando con la narración de Ingrid.

—¡Qué van a venir! —exclamó Gabriel—. Si está más que claro: ese hombre está… —Y puso un rostro cómico que pretendía ilustrar mímicamente el concepto de persona muerta.

—A mí lo que más me inquieta —dijo Naoko, que siempre pensaba de forma benévola, con las suecas y con todo el mundo— es el sermón ese que te echó en el sótano.

—A mí eso me ha puesto también la piel de gallina —comentó Carla.

Jutta intervino:

—Por cierto, esa habitación a la que te llevó tiene que ser la que vio el hijo de Matilde, donde tenían al padre atado. Y la que también vio el pobre Juan Carlos. —Hizo una pausa pensativa—. El pobre Juan Carlos… ¿qué habrá sido de él?

—¿Quién? —preguntó Patricia.

Jutta le contó el incidente del vecino, el piloto de avión que las denunció y después desapareció.

—Alucinante —dijo Patricia mientras Sebastián rellenaba sin preguntar las copas que iba viendo vacías—. Que una persona desaparezca después de recibir una maldición. Joder, es que es… muy fuerte.

—Les teníamos que haber preguntado —dijo Gabriel—: oye, ¿qué tal el vecino? ¿Cómo os lleváis con él? ¿Lo veis mucho?

Todos se rieron, y Guadalupe concluyó:

—Sí, sí, ríanse. Pero, híjole, no sería yo quien se enemistase con esas dos. Ni modo.

Viktor y Elise aparecieron para servir los postres y la conversación se desvió hacia una amiga de Naoko que trabajaba para National Geographic a la que, según contaba, le habían echado una maldición tras entrar sin permiso en una casa de una aldea sin nombre de Japón para hacer una fotografía, y todo su cuerpo se había llenado de pústulas gelatinosas que ningún médico acertaba a diagnosticar.

Por su parte, los niños habían terminado la aventura de Dungeons & Dragons y, como ya no llovía, decidieron salir, a pesar de que eran más de las once de la noche.

Cogieron bicicletas, monopatines, balones y un par de tirachinas que Gabriel le había fabricado a Adam con los restos de las podas de un almendro.

Las calles desiertas estaban empapadas y el asfalto reflejaba la luz vaga de las farolas.

El cielo era una gran maraña nubosa y las bocas de los niños exhalaban vapor al respirar el aire que la lluvia había limpiado y humedecido.

—Eh, Adam —dijo Ernesto—. Ven, acompáñame.

—¿Adónde? —preguntó Adam mirando a los más pequeños, que jugaban a marear a Sandra con la pelota.

Aunque Ruud tenía trece años, igual que Adam, era aún muy infantil y prefería compartir juegos con los más pequeños.

Adam también lo era, pero por algún motivo Ernesto lo incluía en su grupo de madurez.

Quizás porque no había nadie más para incluir.

—Ven. Vamos ahí arriba. ¡Eh, Ruud! —Ruud lo miró. Tenía las mejillas arreboladas y los ojos humedecidos y vibrantes—. ¡Échales un ojo a los pequeños, ahora venimos!

—¡Vale! —dijo Ruud levantando un pulgar y dando un toque a la pelota.

—Vente, vamos allí.