17 #7
—¡Adiós! —dijo Nora sacando la mano por la ventanilla.
Atravesaron la primera cancela y después la segunda, y mientras recorrían la urbanización y la carretera que rodeaba el lago, cada miembro de la familia habló únicamente consigo mismo.
El lago, una enorme masa color petróleo, reflejaba los cumulonimbos rosados que atravesaban con lentitud el cielo en dirección al oeste, como si quisieran ir a morir junto al sol.
Hileras de cañaverales perfilaban la orilla y parecían simular una empalizada.
Adam se pasó toda la primera parte del trayecto mirando por la ventana trasera del coche, contemplando cómo la casa de las suecas se iba haciendo cada vez más pequeña hasta que terminó por confundirse con el borde del lago.
No tuvieron que pedírselo. Nada más llegar a casa, Ingrid preparó la sauna y la familia entera se metió.
Allí también compartieron un nuevo silencio, como si cada uno de ellos quisiera transpirar con atención aquel ambiente que habían vivido, eliminar de su piel el olor a moho, a sebo, a perro, a sótano, a pelo ensangrentado, a bruja, a pantano, a obscenidad.
Durante la cena, relajados y embriagados por los vapores de la sauna, empezaron las conversaciones, en las que apenas hicieron un par de comentarios aislados y generales sobre el episodio de la tarde.
Las conclusiones afloraron de forma privada.
Cuando Ingrid y Gabriel ya estaban en la cama, ambos leyendo y dejando de leer de vez en cuando para hacer algún comentario sobre la visita, Adam llamó a su puerta.
Pasó y les dijo que quería contarles algo. Se incorporaron con preocupación.
—¿Qué pasa, hijo?
—Nada, mamá. Es que, quería contaros que esta tarde, cuando estábamos en la azotea y bajé al servicio… —Adam se quedó callado, pensando con indecisión.
—Sigue, cariño.
—Pues que me asomé un momento al salón y Elina estaba… rebuscando en tu bolso.
Ingrid y Gabriel se miraron.
—¿Y qué pasó?
—Pues que, al verme, paró de inmediato. Creo que acababa de abrirlo, porque no había sacado nada. Se quedó mirándome al principio, y después se fue a la cocina. Me quedé sentado junto al bolso hasta que llegasteis, para que no volviera a abrirlo.
—Vaya, cariño. Lo hiciste muy bien. No sabes cuánto. Te estoy muy agradecida. Ven aquí.
Ingrid le dio un abrazo que Adam correspondió con incomodidad.
—¿Qué quería, mamá? ¿Robarte?
—No lo sé, cielo. Ya sabes que Elina es una mujer muy rara. Lo mismo solo estaba curioseando, quién sabe. Venga, vete a la cama. Tienes cara de cansado.
—Muchas gracias por contárnoslo, colega —dijo Gabriel.
En cuanto Adam cerró la puerta al salir de la habitación, Ingrid dio un salto y se arrodilló sobre la cama.
—¡Joder! —dijo—. ¡Esto ya es increíble! ¡Iban a robarme el pasaporte!
Gabriel la miró. La miró fijamente y con seriedad durante unos segundos, sin decir nada.
Ella le aguantó la mirada y, de repente, ambos se echaron a reír.
A carcajadas. Entre risas, ironizaron sobre la comodidad y el buen gusto del sofá de obra con teselas, de las salitas de espera a reventar de alcohol, del charco de orina espumeante, de los perros comiendo galletas de la caja.
Cada vez que uno hacía una broma, las carcajadas regresaban con más intensidad, renovadas; y es que no hay nada mejor que la ironía y el humor, sedantes mentales, para disfrazar el miedo.
Estuvieron así durante un rato, comentando todos los pormenores de la visita, riéndose de los perros, de las gafas de Elina y de su cara de idiota irremediable.
Finalmente, antes de apagar la luz, Ingrid fue al baño a orinar.
Cuando salió, ya en tono calmado y serio, dijo:
—¿Sabes lo que menos me cuadra de todo esto?
—Gabriel la miró sin contestar—. Que el argumento de Katja para que fuésemos allí esta tarde fue que Hans no tiene apenas movilidad.
Que está muy mal y que apenas puede caminar.
¿Y cómo entonces una persona sin movilidad ha salido por la ventana del establo y ha atravesado la parcela y la doble cancela para irse a casa del tal Jimmy?
Gabriel se encogió de hombros y abrió las manos.
—Le habrán echado también un buen whisky. Es el hombre de la casa. —Ingrid sonrió—. Yo qué sé, cariño. Aquí no hay nada que tenga mucho sentido.
Apagaron la luz y Gabriel se durmió al instante, completamente fulminado.
Ingrid pasó un rato atrapada en sus pensamientos, que recreaban sin cesar aquella tarde en La Umbría que llevaba recién impresa en su interior como cuando uno mira al sol y cierra los ojos, aquel sótano maloliente que en su mente se había convertido en algo similar al cubil de una bestia grecolatina, aquella jauría de furia contenida y aquellas telarañas abandonadas.
A través de la ventana podría contemplar una luna triste, insomne y llena de cicatrices.
Poco a poco, Ingrid se dejó vencer por el agotamiento, que empezó a sumergirla en una oscuridad de textura acuosa.
Apenas faltaban unas horas.
Unas horas.